jueves, 1 de octubre de 2009

CONCERTAZZO EN LA HABANA (I)



Jorge Gómez Barata


Lamento escuchar que el concierto PAZ SIN FRONTERAS (II); realizado por Juanes y sus amigos y acogido sin reservas por las autoridades culturales cubanas es historia. En realidad preferiría asumirlo como un comienzo o como parte del proceso del deshielo en torno a la Isla y dentro de ella.


El Papa fue exacto al indicar que se trata de una doble vía: “Que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra Cuba”. Ignoro el significado exacto que Juan Pablo II atribuyó a sus santas palabras, que para mí significan: fin del bloqueo y de la hostilidad de los Estados Unidos, expresión de una política amenazante que envalentona y protege a la contrarrevolución, crea riesgos de seguridad y da lugar a la mentalidad de “plaza sitiada” que justifica tanto aprestos y precauciones defensivas, limitaciones necesarias y también prohibiciones arbitrarias y absurdas.


Es magnífico que haya sido en el terreno consagrado de la emblemática Plaza de la Revolución de La Habana, lugar de culto a José Martí y expresión de la disposición participativa del pueblo cubano, el escenario donde la fe, la cultura y la tolerancia se dieron las manos en la memorable tarde del pasado 20 de septiembre. Ningún otro lugar es más simbólico ni encierra significados mayores.


La magnífica idea de promover el concierto como una actividad colocada al margen de los problemas y las pasiones políticas así como la seriedad de las autoridades cubanas que no hicieron nada que contradijera la voluntad de los promotores y naturalmente la respuesta del público, fueron las claves de un triunfo que no puede ser medido por las entradas vendidas, por el precio de una butaca y ni siquiera por la calidad del espectáculo. El éxito del Concierto por la Paz en La Habana estriba en haberse realizado.


Que se recuerde, el Concierto por la Paz es la única actividad realizada en la Plaza de la Revolución de La Habana que no ha sido auspiciada por el gobierno ni por ninguna organización o institución cubana, el único evento en ese lugar y en esa escala para el cual no se realizó propaganda alguna, ni se exhortó a nadie a asistir. Usando la terminología corriente, para todos, excepto para los participantes, el CONCERTAZZO fue una actividad estrictamente privada, inédita, única en su tipo, aunque no irrepetible.


Si bien desde que surgiera la idea a su realización transcurrieron varios meses y las semanas previas fueron de intensa actividad organizativa y de un desmesurado debate político a nivel mundial, en Cuba donde los medios de difusión se rigen por políticas estatales, las mayorías sabían muy poco acerca del proyecto que se destapó una o dos semanas antes. El Ministerio de Cultura y su representante el Instituto de la Música, no hicieron afiches, no hubo menciones de radio o televisión y ni siquiera se promovieron los artistas participantes.


Descontando a los del patio y a algunos más o menos conocidos, los principales promotores del evento, aunque famosos en todo el mundo, eran en Cuba poco conocidos. Excepto la parte de la juventud capitalina enterada, a pesar de los 17 premios Grammy, muchas personas ignoraban quien era Juanes, tenían una vaga idea acerca de Miguel Bosé y aun una figura tan bella y carismática como Olga Tañón, excepto por contadas apariciones en programas grabados de televisión asociados a Puerto Rico, se conocía poco, todo ello sin hablar de Ileana Padrón o Cucu Diamantes de cuya existencia nadie que conozca tenía noticias. Tanto los organizadores como las autoridades culturales cubanas, cada uno por sus razones se abstuvieron de toda publicidad en la Isla.


La publicidad virtualmente nula fue una de las características más exóticas de un evento que sin embargo reunió a más de un millón de personas un día que no era de fiesta, bajo un sol abrasador y con una temperatura ambiente de 30 grados centígrados. De hecho no quedó para la historia un afiche, un almanaque, una postal o una credencial y como nadie pagó ni siquiera se conserva la mitad de una entrada.


El gobierno se limitó a dictar medidas para la regulación del tránsito, disponer un discreto patrullaje policial, asegurar la infraestructura de la Plaza de la Revolución, tales como: baños, agua, ofertas comerciales ligeras y servicios médicos de primeros auxilios y, como era su obligación, proveer la seguridad de los participantes que aunque no eran invitados del Estado, no por eso dejaban de ser su responsabilidad.


Para el gobierno cubano invisibilizarse, abstenerse y dejar hacer, fue también un estreno y tal vez una enseñanza acerca de que a veces su presencia puede no ser imprescindible; al fin y al cabo, siempre hay una primera vez.


La Habana, 01 de octubre de 2009

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