viernes, 1 de enero de 2010

AGENDA AMBIENTAL: NUEVOS HORIZONTES


Jorge Gómez Barata

La conferencia de Copenhague sobre el cambio climático fracasó porque no buscó un acuerdo para solucionar los problemas de las mayorías, sino que procuró ratificar el status quo y sostener un anacrónico enfoque unilateral que asume carácter global del problema ambiental pero evade la consideración de otros factores. No se puede sentir angustia por las nieves del Kilimanjaro e ignorar la pobreza y la miseria de los africanos que moran en sus laderas. El aire no es más importante que quienes lo respiran.

El mundo comparte con los países ricos el punto de vista acerca del carácter global de los problemas ecológicos, mas los países ricos no comparten con el mundo la necesidad de un punto de vista integral que inevitablemente ha de ser diferenciado. Lo uno sin lo otro impide un consenso real y resta eficacia a los esfuerzos para encontrar soluciones y paliativos.

El hecho de que se acepte que los problemas medioambientales, especialmente aquellos que aluden al clima afectan al planeta en su conjunto, no significa que todos los seres humanos lo padezcan del mismo modo, tengan las mismas responsabilidades ni puedan realizar los mismos aportes para solucionar los problemas. La idea de compartir responsabilidades y más aun la afirmación de que es preciso ofrecer respuestas compartidas son absurdos.

De qué manera puede África, que no logra evitar las hambrunas ni hacer producir la tierra, posee insignificantes niveles de electrificación y carece de todo lo necesario para represar sus ríos y producir electricidad, utiliza la leña y la bosta como combustible doméstico, influir en el clima mundial. Tampoco pueden hacer nada Centroamérica, el Caribe y decenas de otros países cuyos problemas no son el exceso de industrias sino la carencia de ellas.

Mientras, entre otras excentricidades, los europeos se proponen creación de razas de ganado menos flatulentas cuyos procesos digestivos contaminen menos, en África no hay vacas porque ellas no conviven con la mosca tse-tsé y, obviamente: donde no hay vacas tampoco hay leche. Las madres africanas amamantan a sus hijos hasta los siete años porque es su única esperanza de salvarlos; no obstante uno de cada tres muere antes del año por desnutrición, diarreas, sarampión, paludismo o cualquier otra enfermedad que se puede prevenir o curar con comprimidos que cuestan centavos.

Una aproximación correcta supondría menos demagogia y mayor capacidad para desagregar el fenómeno mundial y percibir el modo específico como se manifiesta en diferentes lugares, las urgencias de cada caso y las medidas que en diferentes momentos y lugares deben y pueden ser adoptadas. Otra exigencia es que se consideren todos los aspectos, especialmente los económicos y sociales y se establezcan el mayor número de concatenaciones posibles.

Durante la mayor parte de su existencia, los pueblos y las civilizaciones vivieron aislados unos de otros y progresaron sin tener la menor idea de que habitaban un mismo hogar o tuvieran un destino común. La civilización humana, tal como hoy se le conoce pudiera tener unos mil siglos, mientras que la noción de “humanidad”, cuenta con menos de 500 años y todavía dista mucho de haberse desplegado totalmente.

Tal vez el principal obstáculo para una comprensión universal, sea de tipo ideológico. Lo que ocurre es que la realidad de un mundo profundamente dividido, no sólo por credos y culturas, sino por desigualdades e injusticias, es ocultada por nociones ideológicas que sugieren una identidad planetaria que ni remotamente existe.

Si bien Europa Occidental, Japón, Australia y Estados Unidos han establecido alianzas políticas y militares que configuran una especie de hegemonía del norte, a lo cual se suman o se someten la mayoría de los países, incluyendo naciones nacidas de la desintegración de la ex Unión Soviética y los países que integraron el campo socialista, incluso Rusia; fenómeno que crea el espejismo de un mundo políticamente coherente, no ocurre así en términos económicos y sociales. Ninguna apariencia y ninguna maniobra mediática logran ocultar la dicotomía desarrollo-subdesarrollo ni omitir el paradigma de la dependencia.

Los apretones de manos, las sonrisas, la retórica y las fotos en familia, no logran ocultar la relación imperial y los lazos de dependencia entre Estados Unidos y las ex metrópolis coloniales, respecto a los países pobres y subdesarrollados. Esa dicotomía expresa no sólo una diferencia sino una profunda contradicción que impide un consenso real.

Tal vez tan peligroso como la acumulación de CO2 en la atmósfera sea la incapacidad para comprender la naturaleza de los problemas, abordarlos en sus aspectos económicos y sociales, asumir las realidades de la pobreza e impedir que se creen dificultades artifíciales para su erradicación. De la actual confusión pueden surgir divisiones y complicaciones políticas que deformen el verdadero sentido de las luchas. No se trata de levantar abstractas consignas acerca de salvar al planeta sin asumir el hecho de que en ese entorno existen más de mil millones de hambrientos.

En medio del desconcierto en Copenhague ocurrieron hechos que debido a las manipulaciones y a la falta de transparencia aun no han sido evaluados en todo su significado, se trata de la presencia de cuatro grandes países tercermundistas, devenidos poderosas economías: China, Brasil, India y Sudáfrica, que pudieran asumir un liderazgo y que por razones circunstanciales, por momentos se alinearon con Estados Unidos y Europa y otras veces los confrontaron pero que, en cualquier caso son un factor capaz de influir el curso de los eventos futuros.

Queda muy poco tiempo para la reunión de movimientos sociales en torno al cambio climático convocada por el presidente Evo Morales y es preciso impedir que la confusión y el desconcierto de Copenhague se trasladen a Bolivia, cosa que no es imposible.

La Habana, 01 de enero de 2010


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