
LA OEA
Jorge Gómez Barata
Si como ocurre con las personas hubiera una infancia de las naciones, se trataría de un período en el cual los traumas, los déficits alimentarios, las carencias y los excesos, dejan secuelas que comprometen el desarrollo y ocasionan daños irreversibles. Aplicadas a la sociedad esas circunstancias dan lugar a deformaciones estructurales.
Frecuentemente, al examinar la situación de América Latina, en el esfuerzo por subrayar el nefasto papel desempeñado por el imperialismo norteamericano, se soslaya que antes hubo entre 300 y 400 años de ocupación, dominación y saqueo colonial a la que luego Estados Unidos le sumó sus prácticas imperiales. Unos y otros factores, entre los que habría que precisar la exclusión de las culturas y los pueblos originarios, la importación de esclavos, las políticas económicas y sociales, la estructura clasista, así como los modelos políticos instaurados, en conjunto dieron lugar al subdesarrollo.
Las actuales dificultades para avanzar tanto en el desarrollo económico y social, como en el perfeccionamiento de los modelos políticos, en la integración económica y en la unidad política, no pueden comprenderse al margen de aquellos procesos donde tuvieron sus orígenes.
Francisco de Miranda, precursor de la independencia y de la unidad latinoamericana nació 26 años antes de la independencia de las 13 Colonias Norteamericanas y 40 antes de la Revolución Francesa, eventos en que participó y con cuyos líderes alternó, experiencias que contribuyeron a modelar sus ideas acerca de la unidad iberoamericana, pensamiento que influyó en el proyecto de creación de una confederación de naciones latinoamericanas, esfuerzo que en 1826 Bolívar, sin éxito trató de concretar.
Sesenta años después, en 1889 aquellas ideas fueron retomadas, no por algún líder latinoamericano, sino por los Estados Unidos, bajo cuyos auspicios, en Washington, 18 repúblicas latinoamericanas se reunieron en la Primera Conferencia Internacional Americana, no para cumplir el sueño de Bolívar sino para hacerlo irreconocible. Bajo la egida estadounidense se avanzó en la creación de la Unión de Repúblicas Americanas y la Unión Panamericana hasta que en 1848, al calor de la constitución de la ONU, 21 estados iberoamericanos adoptaron la Carta de la OEA, a la cual más tarde se sumaron Canadá y los países del Caribe.
A diferencia de la ONU, que fue resultado de un consenso alcanzado por una eficaz alianza en la lucha antifascista, encabezada por un liderazgo mundial que, sin deponer sus diferencias ideológicas y políticas, concedió la prioridad necesaria a la derrota del eje nazi y a la creación de mecanismos de seguridad colectiva para evitar la guerra, la OEA fue un fruto temprano de la Guerra Fría y el más importante de los pasos dados por Estados Unidos para codificar el panamericanismo e institucionalizar la doctrina Monroe.
Nacida de la mano norteamericana, la OEA se desarrolló como instrumento de su política exterior. Con la única excepción de la decisión adoptada en la Cumbre de las Américas en Puerto España de revocar la expulsión de Cuba acordada bajo presión estadounidense en 1962, no hubo un solo caso en el que la OEA fallara a favor de ninguno de los países latinoamericanos que han sido atropellados e invadidos militarmente por los Estados Unidos, ni siquiera en 1982 cuando Inglaterra y Argentina se enfrascaron en una guerra por las Islas Malvinas, la organización salvó la honrilla.
Desde su fundación la OEA ratificó y de hecho se sometió al Tratado de Río de Janeiro, conocido como Tratado Interamericano de Asistencia Reciproca, suscrito en 1947 y en el cual se estableció la obligación de cualquier país de reaccionar frente a un ataque a otra Nación del hemisferio, lo cual subordinó la política exterior de todos los estados de la región al status político de Estados Unidos, entonces enfrascado en la Guerra Fría con la Unión Soviética.
En las presentes circunstancias, cuando un grupo de naciones del hemisferio han adoptado cursos de acción política que conllevan el rescate de su soberanía nacional, que en los hechos implican una ruptura de los lazos de dependencia respecto a Estados Unidos, cosa que el imperialismo asume como un acto hostil, la OEA, se revela no sólo como un ente ambiguo, sino totalmente incapaz de reorientarse y asumir un papel significativo en los procesos en curso. Bajo nuevos liderazgos se ha abierto paso un consenso de que es preciso crear una nueva organización política exclusivamente latinoamericana y caribeña.
Esa entidad, tal como se acaba de decidir en la Conferencia de la Unidad Latinoamericana efectuada en la Rivera Maya, tiene el cometido de marchar al encuentro de los procesos integracionistas en curso y dotarlos de un perfil político inequívocamente unitario.
Desde luego que las dificultades son inmensas porque no todos los gobiernos comprenden del mismo modo el carácter de la coyuntura política latinoamericana, algunos prefieren dar a sus relaciones con Estados Unidos un carácter exclusivamente bilateral, otros desconocen las contradicciones y algunos le son todavía incondicionales. El acuerdo adoptado no suprime ninguna de las diferencias presentes en un difícil proceso.
No obstante, el avance es formidable y la consolidación del proceso posible, tornarlo irreversible es la tarea estratégica.
La Habana, 01 de marzo de 2010
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