lunes, 28 de febrero de 2011

¡STRIKE THREE! ¡OUT!

Jesús Arboleya Cervera

Estados Unidos persigue a Julian Assange, fundador de Wikileaks, acusándolo de terrorista y espía. La verdad es que la causa no es que haya planeado atentados -cosa que no se le ha ocurrido-, ni que haya develado secretos de Estado -cosa que no ha podido-, sino que su pecado ha sido desnudar ante el mundo la incompetencia de los diplomáticos norteamericanos.

El caso de Cuba resulta paradigmático. Con honrosas pero escasas excepciones, por esta plaza ha pasado cada uno, que una antología de sus dislates sería una best seller de literatura fantástica, mezclada con una buena dosis de tragicomedia.

Como botón de muestra, tengo ante mí un cable de Michael Parmly, ex jefe de la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana, el cual, con fecha 5 de junio de 2006, intenta ilustrar a sus jefes en Washington sobre el significado sociológico de un juego de béisbol entre los equipos de Industriales y Santiago de Cuba, verdadero clásico de la pelota nacional, que tuvo lugar en el famoso estadio Latinoamericano.

Sus experiencias de tan inusual baño de pueblo comienzan con una emocionada descripción del juego, lo compara con un desafío de la llamada Seria Mundial norteamericana y relata los acontecimientos casi inning por inning. Imagino que, más allá de la vocación de comentarista deportivo que pudiera tener el funcionario, por la importancia política que asigna al espectáculo llegó a considerar que de su desenlace dependía el futuro del país.

Parmly describe a los fanáticos industrialistas, el equipo de la capital, como “criollos descendientes de españoles”, una terminología que nos remonta al siglo XVII cubano, y a los santiagueros como a los negros –quizá le faltó decir libertos-, convirtiendo el desafío en reflejo de la guerra de razas que afirma se desarrolla en la nación, para arribar al iluminado descubrimiento de que estamos en presencia de “dos cubas” potencialmente irreconciliables.

Pasando por alto que se encontraba en el barrio del Cerro, al diplomático norteamericano le llamó la atención escuchar tanta música afrocubana en el estadio y achaca la conga a los santiagueros, toda vez que, según su lógica, en Cuba solo los negros bailan rumba y ninguno vive en La Habana, lo que nos conduce a la conclusión de que a los industrialistas les correspondería tocar flamenco y gritar olé como en las corridas de toros.

Se escandalizó con los insultos de los habaneros al pitcher rival, “pitch, mommy, pitch”, dice que gritaban los descendientes de españoles, y traduce mommy como “guajira”, asignándole a la palabra un contenido racista que no aparece en ningún diccionario. Menos mal que no entendió cuando le gritaban “amarillo”, porque su conclusión hubiese sido que la guerra era contra los chinos, colocándonos en el epicentro de un conflicto mundial, al lado, por cierto, de Estados Unidos, que no se conforma con los avances de la nación asiática.

Aunque no sonó ni una “galleta”, está claro que tanto alboroto de los primitivos cubanos asustó al funcionario y, según comenta le dijeron sus fuentes cubanas -al parecer algún vivo con ganas de tomar whisky gratis-, el nivel de “violencia” que se apreció en el estadio era promovido por el propio Gobierno, con el fin de “alejar las mentes de los fanáticos de sus problemas reales.”

No por patético, incluso ridículo, deja de ser preocupante tamaña ignorancia de la cultura de un país y aterroriza pensar que por este tipo de personajes transita la política exterior de la mayor potencia mundial.

Parmly llegó a Cuba con el aval de ser considerado un “especialista en cambios”. En su carrera había circulado por Rumania, Yugolasvia y Afganistán antes de llegar a la Isla con pretensiones de experto, toda vez que una de sus abuelas había nacido en Cuba, aunque abandonó el país en 1920 para casarse con un General norteamericano –quizá de paso en alguna de las ocupaciones que se acostumbraban entonces-, por lo que parece que los cuentos de cuna de la señora dejaron al niño en la colonia.

La aspiración confesa de Parmly era convertirse en el arquitecto del “golpe suave” que condujera al derrocamiento del Gobierno cubano y para ello repartió dólares a diestra y siniestra, además de convertir a la SINA en el club social de una “oposición” que su sustituto, Jonathan Farrar, en otro cable también hecho público por Wikileaks, evaluó como unos “desconocidos (…) más preocupados por conseguir dinero que en llevar sus presupuestos a sectores más amplios de la sociedad cubana”.

Si Parmly hubiera querido analizar las secuelas del racismo en Cuba le hubiese bastado con leer lo escrito por verdaderos especialistas en la materia, asistir a cualquiera de los foros donde usualmente se discute el tema o revisar lo dicho por los principales dirigentes del país, toda vez que se trata de un asunto al que se le ha conferido una máxima atención durante muchos años.

Pero eso hubiese sido un ejercicio intelectual demasiado pretensioso para el funcionario norteamericano enviado por W. Bush a Cuba. Además, su objetivo no era ese, sino complacer a jefes y acólitos, haciéndose eco de las campañas propagandísticas más disparatadas, a las que agregó su propia xenofobia.

En resumen, Parmly se ponchó en el Latino, pero de esto no se enteró nadie hasta que Wikileaks nos hizo el favor de darlo a conocer al mundo.


Tomado de Progreso Semanal

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