miércoles, 4 de mayo de 2011

JUAN PABLO II: NO SOLO UN BEATO MÁS

Jorge Gómez Barata

Me plugo por el clima de tolerancia y apertura que hizo posible presenciar por la televisión cubana la beatificación de Juan Pablo II, cuyo ascenso saludé en 1978 por ser polaco y arzobispo de Cracovia, una ciudad que conocía y en cuya universidad (Uniwersytet Jagiellonski) experimenté la emoción de andar corredores y aulas en las que estudió y trabajó Nicolás Copérnico. Karol Wojtyla fue también el único Papa al que, en La Habana, he visto en persona y de cuyo pensamiento tengo alta estima.

Son tales los merecimientos de Juan Pablo II, entre otros percatarse que es en América Latina donde hay más católicos, descubrir al Africa negra para la Iglesia con una visión renovada de la negritud, el que realizó la labor evangélica más vasta llegando con su prédica directa a 129 países, que no necesita añadidos circunstanciales.

Aludir al aporte del beato a la presunta derrota del marxismo e igualarlo a un conspirador mundano, pareció un acto de oportunismo ideológico que restó altura al alegato de Benedicto XVI que, en ese instante, más que al representante de una fe grandiosa, recordó al político conservador que fue el obispo Joseph Ratzinger que a destiempo, como uno de aquellos soldados japoneses aislados a los que nadie avisó que guerra había terminado, 20 años después procura sumar ventajas políticas en el lugar y momento equivocado. Se trató, a mi juico de una pizca de incoherente mal gusto.

El siglo XX, punto de inflexión en la historia humana, planteó a la Iglesia Católica y en especial a algunos papas la responsabilidad de incursionar desde las posiciones de la fe y la espiritualidad en los grandes virajes de la historia política.

León XIII, que condujo la Iglesia durante 25 años entre 1878 y 1903, fue contemporáneo con Carlos Marx y 43 años después del Manifiesto Comunista, mediante la encíclica Rerum novarum, el más importante documento social de la Iglesia Católica en todos los tiempos, coincidió en la crítica al capitalismo decimonónico, llamado también “salvaje”, promovió la inserción de los laicos católicos en la vida política y dio a la Doctrina Social de la Iglesia una expresión orgánica al auspiciar los partidos y movimientos políticos de inspiración cristiana

Benedicto XV (1914-1922) ofició durante la gran matanza que fue la Primera Guerra Mundial, no pudo sustraerse a la condena de la guerra y lidió con el triunfo de los bolcheviques.

Pío XII (1939-1958) presenció el ascenso al poder de Hitler y Mussolini, fue testigo del holocausto judío y de la Guerra Mundial, del bombardeo atómico a ciudades japonesas y de los comienzos de la Guerra Fría; no se destacó por la condena a los nazis y su culpa puede haber sido mantenerse excesivamente distante de la crisis en el mundo real.

Ninguno de los papas de la pasada centuria vivió experiencias políticas personales comparables a las Juan Pablo II, la figura del momento en la Iglesia y el Papa de reinado más prolongado (1978-2005), primero no italiano en casi 500 años, polaco para más señas. Seminarista clandestino bajo la ocupación nazi en su Polonia natal, ubicado en el vórtice de la Guerra Fría, protagonista en las últimas fases de la lucha contra el socialismo real, testigo de la transición en Polonia, del derrumbe de la Unión Soviética, del atentado a las Torres Gemelas y del advenimiento del III milenio en la Era Cristiana.

Si era interés del papa Benedicto XVI añadir a la obra apostólica y a la vocación misionera de Juan Pablo II meritos políticos, pudo haber comentado la forma en que se refugió en los estudios del teatro clásico polaco para del único modo en que le era posible, reivindicar la identidad nacional en la Polonia ocupada; pudo haber descrito sus estudios universitarios y sacerdotales de modo clandestino bajo el yugo nazi y su ordenamiento en 1946, meses después de que su patria fue liberada del fascismo.

Debido al enfoque erróneamente ateísta incorporado al socialismo real, ser anticomunista no es un merito que sume santidad a un cura, obispo y cardenal católico, en realidad todos lo son, máxime uno que vivió toda su vida adulta y realizó su obra pastoral en el más martirizado de los países europeos, (único borrado del mapa durante 100 años), predicó en la Europa de la Guerra Fría, en el país donde se expresaron más obviamente los defectos con los cuales el stalinismo deformó al socialismo real.

En esos contextos, en Wojtyla habría que destacar más que la militancia anti comunista, la fe en el destino final de su pueblo, la moderación y la capacidad para arbitrar a favor de un tránsito sin violencia.

En la Polonia socialista, sin disfrutar de privilegio alguno, sin hacer concesiones, pero también sin llamar al extremismo, promovido por la jerarquía, considerado por la feligresía y acatado, respetado o temido por las autoridades, en 32 años, Karol Wojtyla recorrió el camino de cura a Papa. Ser anticomunista no contribuyó decisivamente a la santidad de Juan Pablo II.

Juan Pablo II no organizó el sindicato Solidaridad, no llamó a los trabajadores a las protestas y a las huelgas, no fue responsable de los errores que a lo largo de 40 años cometieron los sucesivos gobiernos polacos; no fue él quien implantó el estado de sitio ni amenazó con la intervención soviética. Fue un crítico y un adversario del régimen establecido en Polonia, actuando siempre como un patriota preocupado por el pueblo y el país. No llamó a la guerra ni a extremismo alguno.

En realidad lo que hizo grande a Juan Pablo II y justifica su beatificación fue su humanismo, la apuesta por los pobres, sus dotes de predicador, su tolerancia frente a otras expresiones de fe religiosa y su confianza en la juventud.

El Papa que vi de cerca en La Habana y que llamó al mundo a abrirse a Cuba y a Cuba a abrirse al mundo, exhortó a los jóvenes cubanos a crear un proyecto de vida basado en el trabajo y en la generosidad; puede ser beato o santo, porque antes fue un gran hombre y un ejemplar de ser humano cuyas mejores virtudes pueden ser resaltas sin acudir a atavismo ideológicos que Ratzinger pudo haberse ahorrado porque nada aportan. Bienaventurados los beatos. Allá nos vemos.

La Habana, lunes 2 de mayo de 2011

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