lunes, 25 de julio de 2011

ODIO Y TERROR: DE AUSCHWITZ A OSLO

Jorge Gómez Barata

Mientras descendia la escalera que yo trataba de remontar, un estudiante/trabajador, visiblemente agotado y molesto porque algún burocrata con poca sensibilidad y algún poder lo ha obligado (junto con otros miles) a realizar examenes de fin de curso los domingos, me comentó:

—Profesor vio la masacre de Noruega. ¡A eso conduce la política y el radicalismo! Al lado de esos excesos las manifestaciones de la Puerta del Sol y de Atenas son fiestas.

Debido a que siguió su camino no pude escuchar los razonamientos que lo condujeron a tan tremenda y a mi juicio errada conclusión. Seguramente sospechó que lo confrontaria y prefirió ocuparse de otras prioridades más domingueras.

De haber podido le hubiera comentado que, aunque sería prudente evitar simplificaciones y generalizaciones apresuradas, el terrorismo no es hijo de la política sino de la antipolitica y quienes lo practican —en cualesquiera de sus formas, máscaras y pseudo juntificaciones— se colocan al margen de los procesos reales que, aunque imperfectos, cuentan con soportes legales, alguna participación popular, aspiraciones de transparencia, accionar social consensuado y aceptable status moral.

El fascismo con su secuela de xenofobia, chovinismo, racismo e intolerancia y la aplicación de tal ideologia durante la ocupación nazi durante la II Guerra Mundial, restaron vigencia a la violencia como opción política, incluso hicieron retroceder la idea de la lucha de clases, abriendo amplios espacios al reformismo socialdemocrata.

El eructo en el banquete provino de donde menos podía esperarse: de los judios victimizados por el fascismo y cuyos cabecillas sionistas se beneficiaron con la mayor manipulación de la historia, concluida con la partición de Palestina para obtener territiorios hacia donde, de modo indoloro, enviar a las minorias hebreas que por siglos y generaciones se asentaron en Europa y no tenian ningun deseo de dejar Austria, Alemania, Polonia, Inglaterra, Bélgica o Rusia para colonizar los desiertos árabes.

De haber podido le hubiera explicado al casi indignado joven la integralidad de los procesos sociales. La historia que comenzó en Auschwitz, continuó con el atentado al hotel “Rey David” en 1946 y la Masacre de Deir Yassin en Palestina en 1948, dio lugar a criaturas tan retorcidas como Timothy McVeigh, Osama Ben-laden y Anders Behring Breivik y a hechos tan repugnantes como la masacre de Munich en 1972, el atentado contra la Asociación Mutual Israelita en Argentina (AMIA) en 1994, la voladura de un edificio federal en Oklahoma City en 1995 y el 11/S en Nuea York que obedecen a una misma lógica.

El odio, la frustración, la violencia institucionalizada en forma de terrorismo de estado allanaron el camino que va desde las Cruzadas contra el Islam, los progons y el holocausto judio, el 11/S y Noruega.

La mala noticia es que la historia dictada por la violencia y la guerra no terminan en la espléndida ciudad del norte de Europa, habitada por uno de los pueblos más laboriosos y pacificos del mundo a cuyo parlamento, no por gusto, el creador de los galardones, concedió el privilegio de otorgar cada año el Nóbel de la Paz.

Por cuestionable que resuelte, la política es parte sustantiva de la cultura, un mecanismo de acción social, la única manera de crear grandes consensos, identificar metas que pueden ser compartidas por cientos de millones de personas y el modo de avanzar hacía la aspiración de instalar democracias funcionales en las cuales la libertad y la participación popular, la administración del poder, el buen gobierno y la transparencia, excluyan la violencia como opción.

De lo acaecido en Noruega podran extraerse muchas conclusiones pero no se necesita ninguna para condenar el más repudiable acto terrorista cometido nunca en Europa. Si hubiera manera de codificarlo, asesinar friamente a casi un centenar de adolescente en nombre de la intolerancia y el odio es mucho más que un crimen contra la humanidad.

No obstante, en gesto que indica el profundo respeto a la institucionalidad, la justicia noruega permitirá al victimario exponer sus argumentos. Esa idea de la libertad y la decencia es lo que el terror quisiera suprimir.

No tengo dudas de que Noruega; un pequeño país que afrontó con herosimo impar la ocupación nazi y su conmocionada juventud de hoy que, sin conocer pobreza ni violencia ni dañar nunca a nadie, es sometida a una situación extrema; resurgirá y como mismo un poeta quizo para su hogar arrasado por la guerra y la violencia: “Regresará del llanto…” y vivirá libre y orgullosa, cuando ya nadie recuerde a los terroristas que la han enlutado. Allá nos vemos.

La Habana, 25 de julio de 2011

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