domingo, 18 de septiembre de 2011

LA UNIVERSIDAD CUBANA EN TIEMPO REAL (II), Tiempos de Reforma

Jorge Gómez Barata


En términos estrictamente prácticos, la educación general es un derecho, mientras la enseñanza superior es una opción. Un bachiller puede hacerse médico, ingeniero, sociólogo, bailarín o cura; es una elección personal alimentada por vocaciones y conveniencias y sostenida por una combinación de esfuerzo familiar y apoyo estatal o institucional. En Cuba, durante un largo período, por razones diversas se perdieron esos límites: un millón de graduados universitarios en 50 años, 20 000 anualmente. No fue un error, sino una etapa necesaria y magnifica.

No conozco a nadie con una visión tan atinada acerca del significado de la enseñanza en sus dimensiones de: derecho humano, conquista social y respaldo al desarrollo como Fidel Castro que, no conforme con encabezar la Revolución social, se consagró por entero a impulsar una revolución educacional. Su más reciente aporte fue tratar de municipalizar la universidad, de lo cual prometo hablar.

Con la magia de las revoluciones: los analfabetos fueron alfabetizados, la enseñanza convertida en gratuita y todos los niños y jóvenes escolarizados. El sistema escolar cubano se comportó como una ola: alrededor de 1960 comenzó el boom de la primaria (1˚-6˚ grado). En los años setenta, la presión se desplazó a la enseñanza secundaria básica (6˚a 9˚grados) y a partir de tres años después al bachillerato y la formación técnica y profesional de nivel medio (grado 12˚). Desde fines de los setenta la oleada comenzó a invadir las universidades. La Revolución nunca pensó en regular el acceso sino en facilitarlo y no en crear cupos, sino capacidades.

Para apoyar primero a todas las familias, se creó un plan de becas que en su mejor momento benefició a parte de los estudiantes de secundaria, virtualmente a todos los de preuniversitario y tecnológicos, incluso a buena parte de los universitarios. Se construyeron miles de instalaciones para la educación y nunca faltaron textos, materiales ni menaje escolar, siempre hubo para los comedores que servían tres comidas en las becas y merienda y almuerzo a los externos.

Todo ello se complementaba con un masivo sistema de educación de adultos; además de escuelas para estudiantes con necesidades especiales, establecimientos para la enseñanza artística, escuelas deportivas, centros de enseñanza militar y otras instituciones docentes de todos los niveles.

No obstante, salvo áreas especificas como la medicina, algunas investigaciones aplicadas y nuevas ramas, tan colosal esfuerzo educacional no redundó en resultados económicos equivalentes ni se expresó de modo simétrico en avances y rendimientos de la industria, la agricultura, la productividad del trabajo, la innovación y la invención; tampoco en un auge de la Pedagogía, el Derecho, las Ciencias Económicas y Políticas, incluso la Historia, la Sociología y la Filosofía.

Con la crisis derivada de la desaparición del socialismo real y de la Unión Soviética, fenómenos que se sumaron al bloqueo; el voluminoso sistema educacional cubano se deterioró hasta casi tocar fondo y, si bien es cierto que la educación superior sobrevivió como una conquista de la revolución; debe ser objeto de una profunda revisión que ha de ser realizada con criterios realmente renovadores.

En la rectificación, que como parte de las reformas en el modelo de gestión económica en marcha en Cuba, la universidad deberá reinventarse: adoptar estructuras más racionales, alcanzar esquemas de financiamientos que la hagan viable, elevar las exigencias para estudiantes y profesores, priorizar la investigación, categorizar los centros, privilegiar la investigación científica, regular los estudios de posgrado y hacerlos racionales, disminuir las atribuciones de las burocracias y sintonizarse con los estándares internacionales.

Una universidad no es una escuela más grande que las demás donde las asignaturas son más complicadas, los estudiantes adultos y los profesores más viejos, sino laboratorios, talleres y espacios de creación en los cuales el talento y la energía joven empalman con la investigación, la innovación, la cultura y el pensamiento avanzado. La misión de la Universidad no termina con transmitir conocimientos sino que debe generarlos. Se trata de un espíritu y de una ética que hace de los universitarios “minorías excelentes”.

Hubiera preferido no citar ejemplos; mas no quisiera pasar por alto algunos hitos de nuestra universidad. En la época de la colonia, cuando en la isla imperaba el dogmatismo, el escolasticismo y el clericalismo, desde el Seminario de San Carlos y San Ambrosio emergió un pensamiento pedagógico y político avanzado; no conozco ninguna investigación sociológica de la realidad cubana más oportuna y reveladora que la Encuesta de Trabajadores Agrícolas (1956-1957) realizada por la Asociación Católica Universitaria, ni una revista teórica de la categoría del Pensamiento Crítico publicada por la Universidad de La Habana.

En 2005, en la Universidad de la Habana, Fidel Castro recordó: “…En esta universidad…me hice revolucionario, me hice marxista-leninista y adquirí los sentimientos que a lo largo de los años he tenido el privilegio de no haberme sentido nunca tentado, ni en lo más mínimo, a abandonarlos alguna vez.…” Una universidad que ostente semejante galardón, puede más. Allá nos vemos.

La Habana, 18 de septiembre de 2011

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