domingo, 13 de noviembre de 2011

CUBA: LAS RAICES Y LOS BIENES

Jorge Gómez Barata

Se afirma que el término “bienes raíces” procede del inglés donde se dice: Real Estate que podría traducirse como “bienes reales” (en el sentido de verdaderos); mientras otros afirman que originalmente se refería a “bienes del rey” debido a que, en la época feudal, el poder se sustentaba en la tierra de la que los monarcas eran amos. La alusión a las raíces se asocia a la capacidad de fijar ciertas cosas, como los árboles y las casas al suelo y a veces hacerlas inseparables.

Parece que por razones culturales, más allá del lenguaje y del Derecho, a nivel de la conciencia social se establece una relación en virtud de la cual, como por ósmosis, la tierra traslada a las cosas enraizadas en ella algunas de sus excepcionales cualidades. La tierra es eterna, no se crea ni se destruye y aunque cambie de propietarios y modifique su fisonomía, no se traslada de lugar, puede ser poseída pero no consumida. En términos filosóficos, la tierra nunca pertenece al hombre, sino a la inversa.

El progreso que trajo al escenario a la revolución tecnológica y al capitalismo cambió las bases del poder político, que dejó de asociarse a la tierra para vincularse más a la industria, el comercio, las finanzas y el dinero, excepto en Iberoamérica donde como en los tiempos feudales, la dominación de la oligarquía se afianzó en el latifundio y la plantación, bases del esquema económico agro exportador. En términos estrictamente civilizatorios, la preponderancia de la tierra recuerda a un anacronismo.

En Cuba la estatización de la mayor parte de las tierras y la prohibición del comercio de viviendas, provocó fenómenos económicos y sociales indeseados e incluso contrarios a los propósitos que tales estructuras y limitaciones perseguían.

Una persona, a la que supongo entendida, me comentó que autorizar la compraventa de viviendas, sólo en La Habana, significa lo mismo que construir 50 000 nuevas casas. En todo el país la cifra pudiera sobrepasar las 200 000 y otro añadió que entregar las tierras incultas a productores privados equivalía a hacer crecer la nación. Nadie debe temer: las casas y las tierras serán reposeídas, cambiarán de dueños pero no irán a ninguna parte ni dejarán de ser patrimonio de los cubanos.

De un plumazo, sin gastar un centavo ni una libra de cemento y sin realizar ningún llamamiento, se avanza en la solución del problema de la vivienda a miles de familias, se otorga solvencia económica a otros tantos y se convierte en agricultores productivos a muchas personas que de consumidores netos se transforman en productores. El anecdotario pudiera ser infinito.

Una persona cuyo padre falleció hace diez años, cerró su casa y fue a vivir con su madre; otro que enviudó y para no vivir solo se mudó con la hermana; una pareja que por razones personales decidieron acompañar a la suegra anciana en lugar de atenderla a distancia y dejaron vacía su morada y un joven que vivía con sus abuelos en una mansión enorme, se quedó como único ocupante y ahora, más que disfrutar, padece por la posesión de una casa con cinco dormitorios y demás facilidades para él solo.

En todos los casos se trata de personas pobres que cuentan con un valioso patrimonio que hasta hace muy poco era más carga que beneficio mientras, cerca de ellos hay otros igualmente desafortunados, aunque con miles de pesos, que no tienen un techo sobre sus cabezas porque hasta el más reciente decretazo no podían comprar ni fabricar sin violar la ley.

La magia no termina con la solución habitacional. Todo aquel que vende una vivienda que le sobra o no utiliza, adquiere solvencia económica, puede consumir e invertir, viajar o ayudar a algún pariente necesitado. De muchas maneras el dinero que es el combustible que mueve la economía interna sale del fondo de los cajones, circula y se redistribuye, al final llega a las arcas del Estado que lo utiliza para cubrir gastos sociales.

Con medidas de esa naturaleza y otras en curso, bienes inmovilizados y personas improductivas, se integran a la dinámica económica. No es la “mano invisible del mercado” la que obra milagros sino la racionalidad que desata los nudos que obstaculizan el desarrollo de las fuerzas productivas de los que habla el presidente Raúl Castro.

A propósito de las reformas económicas en marcha (oficialmente actualización del modelo) alguien comparó a la economía cubana, un lugar donde para 11 millones de habitantes existen más de 50 universidades y centros de educación superior que, en 50 años han graduado un millón de profesionales y uno de los sitios donde existen más ingenieros, agrónomos, veterinarios por hectáreas, con un corcel al que le recortan las riendas. No hay que invertir ni crear nuevas capacidades, tampoco dejar hacer al caballo, basta con aflojar y dejarlo galopar.

En este caso las bridas están formadas por preceptos de una concepción antediluviana del socialismo, prohibiciones absurdas, prejuicios infundados y exageraciones contra el mercado, la propiedad y el dinero. Tal vez a todo eso se refiere el presidente cuando exhorta y presiona para: “Desatar los nudos…” El más reciente alude a la liberación del mercado de bienes raíces en la Isla.

Tal vez no sea tan difícil dictar otras como por ejemplo en lugar de luchar contra la corrupción en las aduanas, cerrarlas y admitir que los cubanos que viajan o viven en el extranjero menos: drogas, armas, pornografía y algunos otros rubros socialmente peligrosos, puedan traer lo que quieran libre de impuestos. El país gana, se reduce el gasto público, se agilizan los servicios en los aeropuertos y se suprime un foco de corrupción. Nadie pierde y mucha gente será más feliz, excepto claro está, aquellos que lucran con las prohibiciones.

También pueden liberarse las remesas enviadas desde el exterior de todos los gravámenes, autorizar a particulares con licencia a importar, permitir que se formen pequeñas y medianas empresas y legislar para impulsar la cooperativización que es una forma de propiedad social y otras acciones.

Nadie debe temer a que la libertad introduzca la anarquía. En realidad un Estado popular, fuerte y legítimo como el existente en Cuba, con un poco más de democracia y transparencia puede lograr exactamente lo contrario. La libertad, la iniciativa y el orden no son adversarios ni compañeros de viaje del socialismo sino elementos de su esencia. Allá nos vemos.

La Habana, 13 de noviembre de 2011


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