Jorge Gómez Barata
Afortunadamente
cuando los europeos llegaron a América y a lo largo de los siguientes tres siglos cuando a escala
del Nuevo Mundo se realizó una operación de saqueo de magnitudes incalculables,
el petróleo no era conocido, carecía de valor comercial y estaba a buen recaudo
en las entrañas de la tierra; de otra manera hubiera corrido la misma suerte
que el oro de México, Perú y Centro América, la plata de Potosí, las maderas
preciosas, las plantas y las plumas de los pájaros, incluso los pueblos
originarios.
Conocido desde
tiempos inmemoriales cuando brotaba espontáneamente de la tierra o era
artesanalmente extraído de los esquistos (aceite de piedra), el petróleo que
se utilizó como medicina, elemento
ceremonial o para alimentar el fuego, a partir del siglo XIX se convirtió en
sostén del progreso industrial, condición en la que debutó en 1859 en los Estados
Unidos.
Para fortuna del
pueblo y de los empresarios norteamericanos, al asociarse con el liberalismo
económico, una innovación introducida en el Nuevo Mundo por los revolucionarios
que fundaron los Estados Unidos, el petróleo permitió potenciar los enormes
recursos naturales de América del Norte, poblada por masas de emigrantes
europeos, caracterizados por cierta ilustración, dominio de oficios y capacidad
de innovación; así como con ambiciones y
afanes de progreso ilimitados, aportando un dinamismo al desarrollo industrial
norteamericano que hasta hoy se sostiene en los hidrocarburos, cosa que no
ocurrió en ninguna otra parte.
La paradoja es casi
increíble: el petróleo que enriqueció a los Estados Unidos y les permitió
convertirse prácticamente en la civilización del acero, el automóvil, el nylon,
los plásticos y los polímeros, no tuvo esos efectos en ninguna otra parte y en
algunos lugares ha llegado a mencionarse como una maldición. El petróleo que
enriqueció a los estadounidenses, empobreció a Venezuela, complicó a México y
con dinero fácil corrompió a las oligarquías del Oriente Cercano.
La explicación de
semejante aberración sólo puede ser una: así como para los elefantes, por su
tamaño y su fuerza no existen depredadores, tampoco los hay para Estados Unidos,
un país al que nadie ha ocupado, explotado ni saqueado nunca. Los paquidermos,
demasiado grandes para ser comidos, tampoco se comen a ninguna otra criatura,
cosa que no puede decirse de los capitalistas norteamericanos. Hace años,
cuando realicé el descubrimiento quedé perplejo: excepto Estados Unidos, ningún país petrolero se ha desarrollado.
La historia petrolera
de los Estados Unidos está ligada a una impactante cadena de éxitos que en poco
más de 100 años le permitieron transitar de colonia a superpotencia, mientras
la misma sustancia en Venezuela, México, Arabia Saudita, Irán, Irak, Kuwait y
otros estados del golfo Pérsico, todos explotados por transnacionales
norteamericanas y europeas, se vincula con interminables tragedias, saqueo,
invasiones, guerras, ostentación, dilapidación
y pobreza, luchas internas y con el entreguismo y el encumbramiento de
envilecidas oligarquías nativas.
Con el petróleo
ocurre como a los alimentos: hay de sobra mas no alcanza. También Marx mencionó
la paradoja de las crisis de sobreproducción: “Se sufre frío porque se produjo
mucho carbón”. Por mucho que sean las existencias de petróleo y comida, las
ambiciones son más y, aunque no intento probarlo ni trataré de abrumar a los lectores con cifras, estoy
convencido de que con el petróleo ocurrirá como con el carbón: será sustituido
antes de que se termine.
Hay mucho más
petróleo que el que la humanidad puede consumir antes de que, en los próximos
cincuenta años, las energías sustitutivas, principalmente la electricidad y el
calor generados gratuitamente por el sol, el viento, las mareas y otras formas
ahora no convencionales lo hagan obsoleto.
Bastaría un ejemplo.
En los esquistos (en griego significa “escindido” rocas o piedras laminares
entre cuyos espacios se filtra (y se almacena) el aire y el agua pero también
petróleo y el gas), en las arenas alquitranadas, en la turba y en ciertos
lodos, hoy poco explotados por su alto costo y efectos contaminantes, hay
reservas de petróleo 500 veces mayores que todas las de crudos actualmente
comprobadas, sin contar que el carbón, existente en casi todo el mundo también
puede ser convertido en petróleo.
A la capacidad de
producir combustibles a partir de los vegetales, incluso del pasto y de los
desechos de cosecha, habría que añadir las posibilidades que abren las
tecnologías actuales las cuales permiten extraer petróleo de sitios antes
inaccesibles, entre otros, las profundidades marinas y bajo los hielos.
Tampoco albergo la
menor duda de que existen o pueden crearse tecnologías suficientemente
eficientes para atenuar, reducir e incluso suprimir los desastrosos efectos que
para el medio natural y el clima tienen los gases de efecto invernadero
emitidos por el petróleo, el gas y el carbón.
De lo que se trata no
es de incapacidad técnica para hacerlo como de la renuencia a asumir los costos
que ello conlleva. Para contaminar menos hay que gastar más y no existe ningún
capitalista dispuesto a hacerlo, excepto
que los estados se lo impongan, cosa que muchos no hacen. El afán de ganancias
y la codicia y no el azufre o el CO² son los responsables de la situación
actual.
No hace mucho
disfruté de un documental científico referido a
investigaciones destinadas a prever la hipótesis de que en algún
momento futuro, la tierra pudiera ser
amenazada por el impacto de un asteroide gigantesco, en cuyo caso, además de
tratar de destruir el objeto agresor, existe la opción de modificar la órbita
de la tierra y apartar el planeta de la ruta de colisión. Obviamente, quien
puede hacer eso también puede poner filtros a las chimeneas y reciclar los
gases.
Cierta vez Fidel
Castro, que a sus méritos políticos suma los de ser uno de los grandes
pensadores de nuestro tiempo, fue lapidario al decir: “Cese la filosofía del
despojo y cesará la filosofía de la guerra.” Dan deseos de parafrasearlo para
decir que con un “tilín” menos de egoísmo no habría hambre ni contaminación y
por supuesto tampoco crisis energéticas ni guerras por el petróleo.
En la confrontación
generada por la geopolítica del petróleo hay de todo, incluso filosofía. Allá
nos vemos.
La Habana, 31 de
enero de 2012

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