Jorge Gómez Barata
Sería
difícil definir si las concentraciones
aeronavales de Estados Unidos en el golfo Pérsico, el Océano Indico y el mar
Arábigo son para amenazar a Ahmadineyad o para contener a Netanyahu.
Se conoce que las posibilidades militares de cualquier país
se sustentan en tres variables: capacidad para atacar, resistir y contraatacar.
Israel puede atacar a Irán pero tal vez no pueda paralizarlo ni impedir su
réplica que puede ser contundente.
Estados Unidos y Rusia son los países militarmente más
poderosos porque a sus enormes capacidades de ataque basadas en fuerzas
coheteriles y aeronavales estratégicas y grandes ejércitos mecanizados, suman
una invulnerabilidad derivada de eficaces sistemas defensivos, capacidades
industriales y poblaciones que les permiten recuperarse de los golpes
iniciales, reproducir los medios perdidos y cubrir las bajas.
La profundidad estratégica del territorio de la Unión
Soviética (22 millones de kilómetros cuadrados) anuló la estrategia alemana de
“guerra relámpago”, estiró hasta lo insoportable las líneas de abastecimiento e
hizo imposible la retirada. El dilema del Alto Mando Alemán, no era sólo cómo
tomar las ciudades soviéticas sino llegar a ellas. Protegido por los océanos
Atlántico y Pacífico, Estados Unidos, estuvo siempre fuera del alcance de
Alemania y de Japón.
Entre otras cosas, soviéticos y norteamericanos ganaron la
guerra porque fueron capaces de producir más barcos, tanques, aviones, y
submarinos y de movilizar más hombres de los que alemanes y japoneses podían
destruir o matar. La bomba atómica se fabricó a diez mil kilómetros de donde
fue lanzada, en Nuevo México, un lugar inaccesible para el enemigo. Los tres
artefactos atómicos utilizados costaron 2000 millones de dólares de entonces,
cifra que sólo Estados Unidos podía gastar.
Israel no tiene nada parecido a esas posibilidades. Con una
extensión de 21 946 km² y un territorio donde la mayor distancia entre
una frontera y otra es de poco más de 100 kilómetros y la menor de diez, sin
bosques, grandes ríos ni elevaciones que
sirvan como obstáculos naturales que favorezcan su defensa y costas al
Mediterráneo, es un territorio vulnerable.
Si bien el
Estado judío ha suplido sus carencias con unas fuerzas armadas, aunque
relativamente pequeñas, extraordinariamente motivadas, excelentemente
entrenadas, con impresionante movilidad y dotadas con los más modernos
armamentos suministrados en cantidades ilimitadas por Estados Unidos lo cual,
unido a una doctrina militar ofensiva y a una eficaz capacidad de intimidación,
le ha proporcionado un empuje
impresionante y una enorme sagacidad para explotar el éxito. No obstante,
Israel carece de aquello que los militares llaman profundidad estratégica.
Las fuerzas amadas de Israel han probado ser competentes
para realizar operaciones relámpago en sectores terrestres, avanzar sobre sus
adversarios con enormes masas de blindados, infantería mecanizada y miles de
bocas de fuego con total dominio del aire, arrollando ejércitos árabes mal
preparados con mandos incompetentes y escasamente motivados.
Lo nuevo es que ninguna de esas posibilidades son
utilizables en una guerra contra Irán, situado a 1500 kilómetros y con tres
estados de por medio y a donde habría que entrar por mar o aire para librar una
lucha en teatros lejanos y soportar bajas que pueden sumar decenas de miles de
hombres.
Anulada su mejor arma, que son las tropas terrestres
mecanizadas, Israel subordinaría todo el éxito de sus operaciones contra el
país persa a la eficacia de su aviación que, carente de portaviones, está
obligado a operar desde aeródromos distantes más de mil kilómetros a los que
deberá ir y regresar volando por encima de tres países presuntamente hostiles
donde tal vez no encuentren fuego antiaéreo, aunque tampoco ninguna
colaboración.
A todo ello súmese la actividad de Hamas, Hezbolá, la
Organización para la Liberación de Palestina en su retaguardia y nadie debe
omitir el hecho de que si Irán es capaz de resistir la embestida inicial y
conservar capacidad para contragolpear, Jordania, Arabia Saudita, Siria e
incluso Egipto pueden verse tentados a saldar viejas cuentas.
Definitivamente, sin Estados Unidos involucrado a plena
capacidad, la guerra de Israel contra Irán no será fácil ni breve y el
pronóstico es reservado. Tal vez en una escala mínima, la certeza de la
destrucción mutua asegurada contenga los aprestos bélicos y den un chance a la
paz. Falta que hace. Allá nos vemos.
La Habana, 19 de febrero de 2012

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