Jorge
Gómez Barata
La única duda que cabe
albergar respecto a la declaración del pasado día tres del Secretario de
Defensa Norteamericano, León Panetta reportada por The Washington Post en la
cual se asegura que: “Israel puede atacar a Irán en la próxima primavera…” es
si da luz verde a Tel Aviv o presenta un ultimátum a Teherán.
De consumarse el ataque,
cosa que pocos dudan, Irán pasaría a la historia como el primer país al que se
impidió por medios militares dotarse del arma nuclear y probablemente el
último. Al merecido repudio de la bomba atómica por las masacres de Hiroshima y
Nagasaki se añadiría otra tragedia de grandes proporciones.
Desde que en noviembre de
1979 cuando en respuesta a la acogida al Sha Reza Pahlevi en Nueva York, fue
asaltada la embajada norteamericana en Teherán donde se tomaron como rehenes
unos 60 funcionarios, el presidente James Carter decretara el embargo comercial
y congelara los activos de Irán, ningún diferendo a concitado mayor agresividad
por parte de Estados Unidos y ningún asunto ha ocupado más al Consejo de Seguridad
y a la Agencia de Energía Atómica de la ONU que el proyecto nuclear iraní.
Aunque fue presionado por
su contrincante electoral, Ronald Reagan y aconsejado por los halcones del
Pentágono para que adoptara medidas militares extremas, Carter optó por ejercer
presión sobre las autoridades revolucionarias iraníes y dar oportunidades a la
diplomacia, entre ellas pedir al general Omar Torrijos, presidente de Panamá,
que acogiera al Sha, cosa que ocurrió en enero de 1980.
Aunque la actitud de Carter
puede haber estado motivada por su apego a la búsqueda de soluciones mediante
el diálogo, lo decisivo parece haber sido el clima político creado en la región
por la invasión soviética a Afganistán, que coincidió con la captura de los
rehenes. En plena Guerra Fría, un bombardeo masivo a Irán y el desembarco de
tropas en un área próxima donde operaban 80 000 efectivos soviéticos era una
opción excesivamente peligrosa.
Bajo presiones diversas, en
abril de 1980 el presidente encomendó el
rescate de los rehenes al Pentágono, autor de la operación “Garra de Águila”
que involucró a un comando de tropas especiales, varios aviones, helicópteros,
los portaaviones Nimitz y Kitty Hawk y bases en Alemania, Egipto, Omán y la
isla de Diego García.
A lo extravagante de la operación
que no podía pasar inadvertida a la inteligencia iraní, se sumaron accidentes,
impericias, elementos fortuitos e indecisiones que, antes de ni siquiera
aproximarse al lugar donde estaban los rehenes, aconsejaron al presidente dar
la orden de abortar el operativo. En la retirada, de una acción que en realidad
nunca llegó a ocurrir, dos aviones Hércules C-130 chocaron ocasionando varios
muertos al inglorioso Comando.
Desde el fiasco de bahía de
Cochinos en 1961 cuando bisoñas tropas cubanas al mando de Fidel Castro, en 72
horas de ofensiva continuada liquidaron
una invasión en gran escala, organizada por la CIA y el Pentágono, los
militares norteamericanos no sufrían una humillación semejante. Como lo había
hecho el presidente Kennedy ante la derrota en Cuba, Carter fue a la televisión
y se responsabilizó ante la opinión pública de un revés que probablemente le
costó la reelección. Finalmente en 1980, ya bajo el gobierno de Reagan, los
iraníes liberaron a los rehenes.
El exilio al Sha, la toma
de rehenes, el apoyo norteamericano a Saddam Hussein en la guerra contra Irán y
la constante hostilidad de occidente, pueden haber marcado una línea de no
retorno en la cual se han embarcado seis presidentes norteamericanos: Carter,
Reagan, Bush, Clinton, Bush y Obama, dos ayatolas: Ruhollah Jomeini y Alí
Jamenei, cinco secretarios generales de la ONU: Kurt
Waldheim, Javier Pérez de Cuéllar, Butros Ghali, Kofi Annan y Ban Ki-moon y
tres directores de la OIEA: Hans Blix, Mohamed el Baradei y
Yukiya Amano.
33
años después del derrocamiento del Sha y nueve desde que por primera vez en
2003 Estados Unidos, Europa Occidental e Israel suscribieran la sospecha de que
Irán podía estar desarrollando un programa de armas atómicas, luego de haberse
realizado más inspecciones a su programa nuclear que a ningún otro país y de
aplicarse varias rondas de sanciones económicas y financieras y realizado un
sinnúmero de acciones encubiertas, incluyendo el asesinato de científicos
relacionados con el programa nuclear, las tensiones han llegado a un punto en
el cual la guerra parece inevitable.
En
toda una década en la cual, aparte de algunos excesos retóricos, no se puede
probar un solo caso en que Irán haya realizado acción alguna contra cualquier
otro país y por el contrario una y otra vez ha accedido a que sus instalaciones
sean inspeccionadas, no se conoce un solo gesto, un paso, una alusión y ni
siquiera una palabra de ningún responsable norteamericano o europeo encaminado
a la búsqueda de la distensión que aleje el peligro de una guerra que causará
sufrimientos y ruinas antológicas.
Por
cierto que en declaración el Secretario de Defensa, León Panetta sugiere lo que
pudiera ser una operación con roles compartidos entre Estados Unidos e Israel.
Si Israel fuera el agresor estaríamos ante un tipo de guerra, de ser Estados
Unidos, las operaciones y los objetivos tendrían otra magnitud. Luego les
cuento. Allá nos vemos.
La Habana, 05 de febrero de
2012

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