Jorge Gómez Barata
No se necesita ser papa para creer que:
"…La ideología marxista en la forma en que fue aplicada ya no corresponde
a la realidad"; ni es preciso emular a Carlos Marx para saber que el
cristianismo nunca aportó todas las respuestas a los grandes problemas sociales
como tampoco lo hizo ninguna corriente de pensamiento; no porque fueran
fallidas sino porque la historia no funciona con arreglo a doctrina alguna,
sino que más bien ocurre lo contrario.
Más de dos mil años antes de que los
sistemas de ideas seculares, como el liberalismo y el marxismo intentaran
fundar sistemas políticos y ejercer el poder a partir de doctrinas económicas,
jurídicas y políticas, las grandes religiones procuraron hacerlo aplicando los
preceptos de la fe inspirados en textos considerados sagrados, entre ellos:
Antiguo y Nuevo Testamento, la Torá y el Talmud, el Corán y otros. Aquellos
intentos fallidos están descritos en tablas de arcilla, papiros, pergaminos,
libros de historia, investigaciones científicas, ensayos y documentos de la
Iglesia.
Desde que, alrededor del año 772, el
papa Adriano I estableció el poder temporal, es decir el poder político real de
la Iglesia sobre determinados territorios, que luego se constituirían en los
Estados Pontificios (752-1870), los papas, por sí mismos o en connivencia con
reyes y príncipes gobernaron en Europa.
Para hablar sólo de occidente, como
parte del ejercicio de aquel poder, la Iglesia católica se asoció al estrato
político para mediante alianzas explicitas o de modo directo, gobernar. De la
necesidad de homologar las jerarquías eclesiásticas con las temporales surgió
la figura de los “príncipes de la Iglesia.” La denominación de “sacros” o
sagrados de los imperios romanos, germánico, carolingio y otros no fueron
adornos retóricos sino evidencias del papel que en ellos desempeñaba la
Iglesia.
Desde 1095 hasta alrededor de 1270 los
papas, en alianza con príncipes y monarcas fueron los inspiradores y
organizadores de las Cruzadas, grandes expediciones militares encaminadas a
establecer el poder cristiano sobre el Oriente Cercano, entonces conocido como
Tierra Santa, el papel de las órdenes religiosas en aquellos eventos dan fe del
rol de la Iglesia en operaciones políticas y de conquista “non sanctas”.
Otro ejemplo de la vinculación del clero
con el poder fueron las Bulas Alejandrinas (1493), mercedes concedidas por el
papa Alejandro VI a los reyes católicos de España que en realidad fueron
licencias para la ocupación y la anexión del Nuevo Mundo y que sirvieron de
base al Tratado de Tordesillas, primer acuerdo político global y primer reparto
del mundo entre España y Portugal bajo la mirada aprobadora del papa.
En Iberoamérica los vínculos de la
Iglesia con la conquista, luego con las oligarquías y las burguesías nativas y
el protagonismo desde posiciones conservadoras y contrarrevolucionarias de las
jerarquías católicas en cuanto evento político ha tenido lugar en la región en
lo últimos quinientos años, son antológicos.
En la segunda mitad del siglo XIX cuando
la maduración de las revoluciones sociales europeas y norteamericana consumaron
la separación de la Iglesia y el Estado, hecho asociado al repudio de la clase
obrera al capitalismo salvaje, se desataron amplios movimientos políticos, como
resultado de la cual apareció el marxismo, que pisó la escena como adversario
del capital, no de la fe ni de la Iglesia.
En las circunstancias creadas en Europa
a partir de 1845 en adelante, cuando además del marxismo aparecieron los
sindicatos, el movimiento obrero y los partidos políticos de izquierda, la
Iglesia regida entonces por Vicenzo Gioacchino, León XIII, papa entre 1878 y
1903, reaccionó auspiciando el movimiento de los laicos cristianos que se
expresó en la organización de partidos políticos, sindicatos, organizaciones
juveniles y femeninas inspirados en la Doctrina Social de la Iglesia, luego
conocidos como social y demócrata cristianos.
En aquel contexto, León XIII dio a
conocer la encíclica Rerum Novarum, hasta hoy el más importante documento de
política social de la Iglesia Católica que, si bien confronta al marxismo por
la posición atea y anticlerical de algunos de sus representantes, también cargó
contra los excesos de liberalismo y del mercado, igualmente refractarios al
clero.
A los hechos políticos de la época se suma la tradicional
posición conservadora de la Iglesia que hasta el mismo siglo XIX rechazó las
novedades científicas. No hay nada especial en la reacción de la curia ante las
doctrinas económicas y los postulados filosóficos de Marx; antes fueron
silenciados y castigados, entre otros muchos: Girolano Savonarola, Nicolás
Copérnico, Miguel Servet, Giordano Bruno y Galileo Galilei condenados no por
confrontar la fe sino por contradecir los dogmas. En la misma época de Marx y
de León XIII, Darwin, hombre de fe, fue excomulgado no por su posición
contraria a Dios sino por su ciencia.
Aunque se trata de una dialéctica
demasiado complicada para ser simplificada en unas líneas, los procesos
civilizatorios no se ajustan a los preceptos de los sistemas filosóficos o
teológicos o a las teorías mundanas, sino a la inversa. Hoy día se sabe que es
errónea la tendencia a convertir la teología cristiana, islámica, sintoísta,
hindú o budista o las tesis filosóficas, las doctrinas económicas en programas
políticos, pretensión en la cual han errado faraones, papas, emires y ayatolas,
los burgueses e incluso los marxistas que en este asunto no tiraron la primera
piedra.
En fecha reciente el profesor Nicolás
Ríos, uno de los laicos cubanos que fundaron el Partido Liberación Radical, el
primero de inspiración cristiana en la Isla, recordó que en el Encuentro
Eclesial Cubano de 1986, por cierto época que coincidió con el Proceso de
Rectificación de Errores liderado por Fidel Castro, la Iglesia cubana tomó
distancia del diferendo entre marxismo y cristianismo por considerarlo un
debate filosófico y un virtual “diálogo de expertos”;
posición compartida por el Estado cubano y por el Partido Comunista que incluso
abrió su filas a los creyentes.
Por otra parte, los sectores
avanzados de la izquierda socialista, incluyendo militantes cubanos han
examinado desde diversos ángulos y criticado exhaustivamente las deformaciones
introducidas en el marxismo, entre ellas el haberlo plagado de dogmas
convirtiéndolo en una virtual religión de Estado, terreno en el cual resulta
difícil añadir algo sustantivo. En sentido estricto, excepto en los ámbitos
académicos, el debate aludido por Benedicto XVI está trascendido. Allá nos
vemos.
La Habana, 25 de marzo de
2012

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