jueves, 29 de marzo de 2012

La foto que faltaba

Opinión
Por Washington Uranga

Tomado de Página 12

Faltaba esa foto y finalmente se dio. Es la que refleja la reunión entre Benedicto XVI y Fidel Castro, para ponerle el broche a una gira papal por México y Cuba que, aunque se promocione como “visita pastoral”, ha tenido un fuerte contenido político (como sucedió cada vez desde que Juan Pablo II inauguró este tipo de desplazamientos papales por el mundo). El encuentro con Fidel no tiene parangón con aquella primera visita del propio líder de la revolución cubana al Vaticano, en 1996, para una audiencia con Juan Pablo II que derivó luego en la visita del Papa polaco a Cuba dos años después y, allí, una nueva reunión con Castro. Este tiene menor importancia, pero sigue siendo políticamente relevante.

Aquellos acercamientos tuvieron el sentido de comenzar a desandar un camino plagado de desentendimientos entre la Iglesia y el Estado cubano, como fruto de las diferencias políticas e ideológicas, de la militancia católica contra la revolución y de la intransigencia comunista frente a la religión. Lo que parecía irreconciliable dejó de serlo y aquella foto fue la manifestación simbólica de ese hecho político. Para Cuba, la visita de Juan Pablo II fue una forma más de mostrarse al mundo y de romper la idea de aislamiento. También de echarle en cara a Estados Unidos el anacronismo del bloqueo en medio de las dificultades del llamado “período especial” que impuso fuertes restricciones a la calidad de vida de la población. A cambio, la Iglesia comenzó a recuperar espacios y reconocimientos que había perdido de manera simultánea a la disminución de su feligresía. La sociedad cubana sigue siendo profundamente religiosa, aunque la Iglesia Católica vio seriamente reducidas sus filas a favor de otros cristianos (protestantes, evangélicos) y, sobre todo, de los sincretismos que resultan de la mezcla entre las devociones populares católicas y las religiones de raíz afro.

La visita de Benedicto XVI ha tenido otro contexto. La revolución cubana está en pleno proceso de revisión. Y si bien antes de llegar a Cuba Ratzinger advirtió que “el marxismo ya no responde a la realidad” y una vez en territorio cubano pidió “mayor apertura” para la Iglesia, también criticó, una vez más, el bloqueo norteamericano. Los funcionarios cubanos –enfrascados en un proceso de reformas que nadie atina a decir hasta dónde llegará, pero que hoy tiene muestras evidentes en la economía– se encargaron de poner un límite. El vicepresidente del Consejo de Ministros, Marino Murillo, sostuvo que “en Cuba no habrá reforma política”. Una declaración más que formal, porque lo cierto es que la reforma política comenzó junto con las transformaciones económicas. Y, en un hecho que era poco previsible una década y media atrás, la Iglesia Católica ha venido jugando un papel de mediación incluso para conseguir mejores condiciones para los disidentes. A cambio, el Papa no recibió a los opositores, aunque elípticamente se refirió a ellos cuando en una plegaria suplicó a la Virgen “por las necesidades de los que sufren, de los que están privados de libertad, separados de sus seres queridos o pasan graves momentos de dificultad”. Siguiendo un estilo muy propio de la política de equilibrios de la diplomacia vaticana, antes el arzobispo de La Habana, Jaime Ortega, había hecho declaraciones a L’Osservatore Romano que dejaron mucho más conforme al gobierno que a los opositores.

Desde la otra vereda, Fidel Castro apuntó a las coincidencias entre “los marxistas y los cristianos sinceros”. Antes de irse, Ratzinger aseguró que “Cuba y el mundo necesitan cambios”. Todos de acuerdo.

La “visita pastoral” a Cuba ha sido, nuevamente, una gran puesta en escena de las nuevas condiciones del diálogo político entre la Iglesia y el Estado cubano. En un momento por demás difícil, cuando muchas cosas que parecían inamovibles entran en revisión, al gobierno le sirve mejorar sus relaciones y acercar posiciones con la Iglesia. Por lo que significa en Cuba, pero sobre todo por lo que el Vaticano representa en el mundo como poder simbólico y real, más allá de las estrechas dimensiones de su territorio. El catolicismo, en crisis institucional y de pérdida de feligresía, no puede desaprovechar ninguna circunstancia para ampliar su margen de influencia.

Salvando las distancias, la visita de Benedicto XVI a un México atravesado por la violencia, especialmente por la presencia del narcotráfico, tuvo también ribetes políticos. Ante un pueblo muy religioso, a pesar del anticlericalismo institucional heredado de la revolución mexicana, tanto el presidente Felipe Calderón como los principales líderes de la oposición hicieron cola para mostrarse junto al Papa. Y todos se apoyaron en el discurso pacifista de Benedicto XVI, aunque esto tenga pocos efectos prácticos en la caótica realidad mexicana.

Pero en México también se está cerrando un ciclo de las relaciones entre la Iglesia y el Estado laico y antieclesiástico. El deshielo había comenzando en 1979 con la primera visita de Juan Pablo II para participar de la Conferencia General de los Obispos Latinoamericanos en Puebla. En esa ocasión, la personalidad y la popularidad del Papa polaco derribaron muchas barreras formales del Estado anticlerical. Y allí comenzó otra etapa que ahora tiende a plasmar en reconocimientos institucionales a la Iglesia Católica, que llegan incluso a abrir la posibilidad de la participación de los sacerdotes en política.

En definitiva, una “gira pastoral” que, como siempre, tiene muchas lecturas y consecuencias políticas.




El Papa condenó de forma elíptica el bloqueo económico a la isla

Misa y encuentro con Fidel

Benedicto XVI dio una homilía ante 300 mil personas en la Plaza de la Revolución. Y al despedirse declaró que rechazaba “las medidas económicas impuestas desde afuera”. 


Fidel Castro se interesó por la opinión de Ratzinger sobre las dificultades que afronta el mundo.

En el último día de su gira latinoamericana, el papa Benedicto XVI hizo historia en Cuba con una homilía en La Habana para 300.000 personas y un encuentro de media hora con el líder de la Revolución, Fidel Castro. En su despedida de la Isla, el Papa rechazó “medidas económicas restrictivas impuestas desde afuera”, en alusión al bloqueo económico impuesto por Estados Unidos desde 1960. “¿Qué hace un papa? ¿Cuál es su función?”, preguntó en un clima relajado el mayor de los Castro a Joseph Ratzinger durante el encuentro de ayer.

Por la mañana, en una Plaza de la Revolución con la escultura del Che y una verdadera marea de cubanos como testigos, el Papa ofició una misa y pidió cambios para la isla y el mundo. “Es de reconocer con alegría que en Cuba se han ido dando pasos para que la Iglesia lleve a cabo su misión insoslayable de expresar pública y abiertamente su fe. Sin embargo, es preciso seguir adelante y deseo animar a las instancias gubernamentales de la Nación a reforzar lo ya alcanzado y a avanzar por este camino de genuino servicio al bien común de toda la sociedad cubana”, pidió el Papa. A la plaza también llegó el presidente Raúl Castro, secundado por el canciller Bruno Rodríguez y autoridades eclesiásticas de La Habana. Peregrinos de todos los puntos, así como de otros países, incluido Estados Unidos, arribaron a ese teatro de grandes epopeyas revolucionarias. Benedicto también pidió mayores libertades para la Iglesia Católica, cuyas relaciones con el gobierno cubano fueron hostiles durante décadas luego de la Revolución de 1959, lo que incluyó en su momento la excomunión del entonces presidente Fidel Castro por parte de Juan XXIII en 1962. Aquellas sanciones se aplicaban automáticamente a quienes profesaban el comunismo. Sin embargo, la Iglesia cubana ocupó un rol más protagónico de mediación entre la sociedad y las autoridades con la llegada al poder de Raúl Castro, que alcanzó su máxima expresión en 2010, cuando el cardenal Ortega negoció con el mandatario la libertad para decenas de opositores presos.

A bordo del “papamóvil”, el Sumo Pontífice recorrió la explanada antes de llegar al altar levantado para la ocasión. Durante el breve trayecto, los fieles saludaron con pañuelos y banderas de Cuba y El Vaticano a Benedicto, quien devolvió a su paso aquellas demostraciones de afecto. Poco antes de su llegada, los manifestantes habían traído en procesión desde la Catedral de La Habana la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, uno de los motivos de la visita del Papa, al celebrarse este año el 400º aniversario del hallazgo de su imagen.

Sin embargo, el punto álgido de la visita de Benedicto XVI a Cuba se dio horas después, cuando el Papa mantuvo una reunión con Fidel en la Nunciatura Apostólica, embajada de la Santa Sede. A catorce años de su entrevista con Juan Pablo II, Fidel le dio la mano a otro papa, Benedicto XVI, de quien dijo que tenía la cara de un ángel. El portavoz del Vaticano, Federico Lombardi, fue el encargado de informar sobre el encuentro, del que se filtraron algunos detalles. Según Lombardi, el comandante tenía mucho interés en conocer el pensamiento de Ratzinger sobre diferentes aspectos y le hizo numerosas preguntas.

La primera pregunta fue sobre el cambio de la liturgia de la Iglesia Católica y el Papa le explicó a Castro la puesta al día de la misma para afrontar los nuevos tiempos de evangelización.

También le preguntó “¿Qué hace un papa? ¿Cuál es su función?”. Benedicto XVI le expresó el sentido de sus viajes por el mundo para confirmar en la fe a los cristianos, así como el servicio de la Iglesia a los pueblos.

Fidel Castro se interesó por la opinión de Ratzinger sobre las dificultades que afronta el mundo actualmente, la multiplicidad de religiones o la problemática de la ciencia que no logra dar respuesta a todos los problemas de la humanidad.

El Papa habló de la dificultad que encuentran los hombres en las sociedades en las que Dios está ausente, así como de la relación entre fe y razón y de libertad y responsabilidad. Fidel le pidió que le envíe algunos libros sobre esos temas. El ex presidente cubano fue recibido en la Nunciatura por el cardenal secretario del Estado vaticano, Tarcisio Bertone, con quien ya se ha visto en otras ocasiones. Mientras llegaba el Papa, Fidel le dijo que deseaba ardientemente las beatificaciones de Juan Pablo II y la madre Teresa de Calcuta. “Ambos hicieron mucho por Cuba, especialmente la monja, que entregó su vida por los más pobres de los pobres.” El Papa dijo que estaba muy contento por cómo había sido recibido en Cuba y expresó su gratitud por la bienvenida. Fidel le contó a Benedicto XVI que había seguido por televisión todo el viaje del Pontífice a la isla caribeña. En un momento del coloquio se produjo una broma que demostró, según Lombardi, la cordialidad de la cita. Fue cuando Castro bromeó sobre las edades de ambos. El Papa tiene casi 85 años, la edad del líder de la Revolución. El pontífice, sonriendo, le respondió: “Sí, soy un anciano, pero todavía sigo haciendo mi deber”. Fidel acudió a la Nunciatura acompañado de su esposa, Dalia Soto, y dos de sus hijos, que también saludaron a Ratzinger y después posaron para los fotógrafos.

Ya en el epílogo de su histórica visita, el Papa cumplió con el deseo de Raúl Castro y el pueblo de Cuba, al criticar el bloqueo comercial y económico impuesto por Washington a la Isla desde 1960. A punto de abordar su vuelo hacia Roma, y sin mencionar a Estados Unidos, Ratzinger se manifestó en contra de lo que llamó “medidas económicas restrictivas impuestas desde afuera”.

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