lunes, 5 de marzo de 2012

SOCIALISMO. CAMINO O ENCRUCIJADA

SOCIALISMO: ¿CÓMO LLEGAR? 

Jorge Gómez Barata

Muerto Lenin y excluido Trotski, Bujarin, Zinóviev, Kamenev y otros cientos de integrantes de la vanguardia bolchevique, los debates teóricos, ideológicos y políticos al interior del socialismo cesaron durante alrededor de 80 años, tiempo más que suficiente para empobrecer la teoría revolucionaria hasta la indigencia.

Cualquier indagación o hallazgo que se apartara del canon era rechazado por “revisionista” y todo el pensamiento occidental, incluyendo el marxista era repudiado. Eso explica por qué las ciencias sociales en los países del socialismo real, a pesar de gastar multimillonarias sumas, reunir decenas de academias de ciencias sociales, institutos y centros de investigación, disponer de miles de doctores y publicar cientos de millones de ejemplares, no aportaron nada a la teoría y la práctica del socialismo.

  La explicación radica en el hecho de que la capacidad de innovación característica de la ciencia y del pensamiento avanzado, imprescindible para el progreso social y cultural, comienza en el momento exacto en que se trasciende lo establecido. Todo el que reta las verdades de una época no tiene necesariamente la razón, pero quien no lo hace se condena al estancamiento. Donde no haya libertad para dudar y para pensar diferente, tampoco existirán oportunidades para crear. 

Tanto Fidel como Raúl Castro, han reconocido “No saber cómo se construye el socialismo”; es probable que en 1921 cuando adoptó la Nueva Política Económica, Lenin hubiera llegado a la misma conclusión que luego fue compartida por Den Xiaoping y otros líderes socialistas a quienes les faltó tiempo, oportunidad o valor para confesar el equívoco. Tal vez no se trata de “saber cómo se hace”, sino de comprender que el socialismo “no es una sociedad que se construye”, al menos no en el sentido como los soviéticos creyeron que se hacía, sino un nivel de desarrollo que se alcanza. 

El malentendido no se resolverá mientras no se admita que entre la obra científica de Marx y aquello que luego se presentó como resultado de la aplicación de su teoría a la práctica y que mezcló la experiencia soviética con interpretaciones torcidas, que dieron lugar a conclusiones pseudo científicas que presuntamente servirían de base a la “construcción del socialismo”, existe una contradicción insoluble.

Para Marx el desarrollo histórico es un proceso básicamente sujeto a leyes, determinado por la economía y regido por una cierta dialéctica interna; todo lo cual se negó en el momento en que apareció la idea de que el curso de la historia de la humanidad podía ser corregido para “construir conscientemente otra sociedad”, empeño que podía equivaler a mudar de órbita al planeta.

En 1917, en una coyuntura histórica en la cual se juntaron: las consecuencias que para Rusia significó la Primera Guerra Mundial, el auge de la lucha política que condujo a la abdicación del zar y el establecimiento de un gobierno liberal en Rusia; así como la inconformidad y la rebelión de las masas rusas ante las nuevas autoridades por la penuria económica y el continuado envío de campesinos a los frentes, tuvo lugar la Revolución Bolchevique.

Lenin, que a la solidez de sus convicciones unía constancia y consagración ejemplar, talento y habilidades políticas excepcionales, capacidad para convocar y organizar, que le permitieron forjar una vanguardia política cohesionada, al frente de los bolcheviques, la más eficaz organización política de su tiempo, se hizo con el poder e intentó meter la historia por un atajo proclamando que la revolución concebida por Marx había triunfado.

No se trata de señalar que la proclama fue un error, sino de destacar la enorme confianza en sí mismo y en las potencialidades del pueblo ruso, necesarias para intentar que la voluntad suplante la historia y convertir un programa político avanzado en una especie de demiurgo, capaz de recrear la realidad.

Los hechos no avalaron su propuesta, ante la cual además se interpuso la hostilidad que guió la mano homicida de Fanny Kaplán, la contrarrevolución y la reacción imperial, la fatalidad que lo hizo enfermar y la muerte que le negó la oportunidad para conducir la rectificación que había concebido. El resto está descrito.

Una de las peores consecuencias de lo que se creyó era la teoría cuya aplicación conducía a la “construcción del socialismo”, facturada en la Unión Soviética y luego exportada y en algunos casos impuesta a los países del socialismo real, fue la mezcla de simplificación, determinismo y voluntarismo que condujo a la creencia de que, más o menos automáticamente, los cambios en la economía se reflejaban en la superestructura, incluso en la conciencia social.

Hoy se sabe que al estatizar la economía no necesariamente se socializa,  que el hecho de que la economía sea estatal no hace socialista al Estado y que no por proclamarse socialista un país lo es. 

Afortunadamente Marx es reconocido como un científico vigente y el socialismo como alternativa avanzada; lo nuevo y esperanzador es que ahora, quienes eligen ese curso no están obligados a observar la liturgia y pueden tomar distancia, incluso ignorar los estériles enfoques doctrinarios formados por dogmas y simplificaciones que hasta hace 20 años estuvieron vigentes. 

Nadie sabe a ciencia cierta cómo se construye el socialismo y ni siquiera se puede asegurar que tal formulación sea válida; en lo que hay certezas es que mientras más se progresa, se amplían los márgenes de justicia social, se acrecienta la participación, es menor la exclusión y el ambiente es más democrático, más cerca se está del socialismo. Allá nos vemos.

La Habana, 05 de marzo de 2012

No hay comentarios:

Publicar un comentario