viernes, 13 de abril de 2012

LOS QUE NO CREEN TAMBIÉN VAN AL CIELO…

Jorge Gómez Barata

Previo a la visita del papa Benedicto XVI a Cuba, en busca de juicios diferentes a los propios acerca de cómo construir una relación entre comunistas y católicos, no en términos filosóficos (lo cual es hoy sencillo) sino asociada a la cuestión del poder y de la gestión social (ejercidos por el Estado) y la Iglesia cuya acción social se basa en un liderazgo espiritual y promueve la realización de su Doctrina Social por sus propios medios y con sus propias fuerzas (las organizaciones cristianas laicas), conversé con el padre Jacinto, un amigo cura jubilado que me asiste en asuntos eclesiásticos.

— ¿Qué te trae por aquí?

—Una pregunta.

—Adelante. 

—Si los que no creen pueden ir al cielo y los creyentes pueden militar en el Partido comunista: ¿Cuál es el problema? 

—Problema no hay; excepto lo que unos y otros inventamos. La cuestión es ética y la ética no es de clase ni confesional, es humana y es eterna; aunque la época la condiciona y la dota de perfiles específicos, las esencias son siempre las mismas. Lo que salva las almas no es la creencia, es la fe que es la misma para marxistas y cristianos, creyentes o no creyentes.

—A qué fe común se refiere usted. Ya leí ¿En qué creen los que no creen? Y no encontré un credo común.

—También leíste Monseñor Quijote de Graham Greene, te recomiendo el comentario de Ramón Rami Porta sobre la obra: “…Greene hizo una distinción clara entre creencia y fe. Una creencia es lo que podemos aceptar como verdad, basándonos en la información objetiva asequible y en argumentos racionales…La fe implica un esfuerzo adicional: tenemos que aceptar algo basados en muy pocas evidencias o en ninguna evidencia objetiva en absoluto…Tanto el ateo como el creyente tienen fe: fe en el comunismo y fe en Dios. El proceso intelectual es el mismo: la aceptación de algo o alguien que no conocen realmente. Sin embargo, sus dudas los unen más que su fe…”

—Muy bien padre. Pero el gobierno tiene que gobernar, proponer metas a la sociedad y conducirla. Afuera hay niños que educar, enfermos que asistir, homosexuales que entender, delitos que juzgar y una miríada de otros asuntos que no se pueden encaminar a partir de los criterios de la iglesia.   

—Tampoco tienen porque hacerlo en contra de los criterios de la Iglesia. Tal vez hay una zona común que únicamente aparecerá cuando el diálogo y la reflexión la iluminen y cuando el Estado, además de certezas reconozca que tiene dudas y las exponga sin complejos. Basta ya de debatir con la Iglesia: prueben a colaborar.

— ¿Usted cree que la Iglesia quiera hacerlo en temas puntuales?

—Pregúnteles. Nadie ha pedido que la gestión social que concierne al Estado se ajuste a los puntos de vista de la Iglesia, a lo sumo y en la medida de lo posible se aspira a que los criterios, no solo de la Iglesia sino de toda la sociedad sean tomados en cuenta en el diseño de las políticas. La “cosa pública” no es estatal, es social. Ustedes tienen una política ultra liberal respecto al aborto, el divorcio y ahora en relación con los homosexuales que han pasado de prohibidos a obligatorios. Para diseñar esas políticas: ¿Alguna vez escucharon criterios diferentes a los de ustedes mismos? 

       —En resumen usted  cree que todo se reduce a la ética.

—No dije eso, sino que la ética es la zona común porque es inherente a la condición humana. Si te fijas en los Diez Mandamientos todos tienen un contenido ético y por lo menos ocho son compatibles con el más rabioso ateísmo.

—Es por eso que los que no creen pueden ir al cielo

—Es por eso. Los que no creen van al cielo si han sido buenos. Al cielo van los buenos y, en la medida en que en el Partido estén también los buenos, los creyentes pueden compartir el espacio. En el cielo y en la tierra la honradez es la medida de todas las cosas.

El padre estaba fatigado y yo abusaba. Me despedí. “Allá nos vemos”— me dijo— y no olvides: “La verdad es mezcla”.

La Habana, 14 de abril de 2012

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