jueves, 19 de julio de 2012

ÁFRICA, LAS REGLAS Y LAS EXCEPCIONES

Jorge Gómez Barata

Con las explicaciones simplistas, los clichés y las manipulaciones intencionadas de los procesos históricos en función de intereses políticos circunstanciales ocurre lo mismo que con las respuestas que se da a los niños para salir del paso: solo funcionan hasta que crecen…

Así ocurre con la explicación fácil que entre  60 y 100  años después de la independencia sigue culpando a las ex metrópolis por las circunstancias sociales y económicas, incluso políticas del entorno afroasiático, lo cual ancla el pensamiento obstaculizando la búsqueda de opciones. 

De los 54 países africanos sólo uno no fue colonia: Etiopia, un país tan estable que mantuvo el mismo sistema político durante más de un milenio y que más recientemente fue gobernado durante 43 años por el mismo hombre: Haile Selassie. Se trata de un dictador antediluviano al que una coyuntura convirtió en la primera víctima del fascismo y que para determinado sector se constituyó una especie de paradigma en la lucha por la emancipación del negro, cosa que nunca fue.

Haile Selassie, el Ras (rey, príncipe o emperador), cuyo nombre original era Tafari Makonnen, presuntamente descendiente del rey Salomón y de la reina de Saba, es el único africano que ha dado lugar a un movimiento cultural y político extra continental que, abrazado por Bod Marley y Marcus Garvey, llegó a integrarse a la lucha de los negros norteamericanos por los derechos civiles y a los procesos políticos caribeños y antillanos: el Rastafari.

Con más de un millón de kilómetros cuadrados y unos ochenta millones de habitantes, Etiopia es el segundo país más poblado del continente y uno de los menos urbanizados, el 80 por ciento de sus habitantes residen en el campo y alrededor del 50 son analfabetos; en cambio se trata de uno de los pocos países del Tercer Mundo cuyo idioma oficial no es una lengua europea y de los elegidos que en 1945 estuvieron entre los 51 fundadores de la ONU.

En 1935 el régimen fascista de Benito Mussolini ocupó Etiopia y obligó al exilio a Selassie, lo cual si bien contribuyó a desproveerlo de su fantasiosa aureola mística, le aportó relevancia política internacional. Por una exquisita paradoja, al concluir la guerra, cuando las colonias europeas se liberaban del colonialismo, Haile Selassie fue  restablecido en el trono.

En el entorno africano de los años  60 y 70  dominado por el nacionalismo y por políticas de desarrollo y posiciones políticas próximas a los enfoques de la izquierda, el Ras etíope era un anacronismo, cosa que explica el respaldo al movimiento de inspiración izquierdista protagonizado por el coronel Mengistu Haile Mariam, quien en 1974 derrocó a Haile Selassie y forzó una orientación “socialista” de matriz soviética que no aportó soluciones a los graves problemas estructurales de un país que parecía detenido en el tiempo.

Obviamente, un ambiente más crítico frente a las inconsecuencias hubiera sido preferible  a las concesiones que para presentar una falsa imagen de cohesión tercermundista permitieron  que las organizaciones creadas para la lucha antiimperialista y anticolonialistas fueran copadas por elementos reaccionarios, cosa que la ha convertido en inútiles. El contradictorio y trágico escenario creado por la debacle de la opción nacionalista afroasiática debería servir de alerta acerca de lo que significan las concesiones políticas.

Al suspender a Paraguay del MERCOSUR y de UNASUR, los gobiernos avanzados de América del Sur están indicando que aprendieron la lección. En la política el número no siempre equivale a fuerza. La próxima Cumbre del Movimiento de países No Alineados dirá para qué sirve la cantidad sin calidad. Allá nos vemos.

La Habana, 19 de julio de 2012

No hay comentarios:

Publicar un comentario