jueves, 19 de julio de 2012

NO SE ARREPENTIRÁN DE LEERLO: Moneda de cambio

PEDRO HERNÁNDEZSOTO -  LA HABANA -19 JUL 2012
Si me lee a menudo sabrá de mi costumbre de pasar un momento cada día, tan solo un momento, por el mercado de los bajos de mi casa, al ir o regresar al trabajo u otro lugar.
Salía de allí el martes pasado y alcancé en la puerta a una encorvada viejecita, vecina. Siempre viste con pulcritud y corona sus níveos y cortos cabellos con una visera blanca, una media gorra para resistir mejor el fuerte sol de Cuba. La conozco de vista, no se su nombre, es simpática, educada y buena conversadora. Caminaba apoyada en su moderno bastón de aluminio (con cuatro patas terminales, cada uno con tacos de goma) y se disponía a bajar los tres escalones que nos separaban de la acera.
“Déjeme ayudarla”, le dije, tomándola por el brazo. “Se defenderme sola”, me contestó,  mirándome a los ojos y esbozando una sonrisa.  No obstante continué semisosteniéndola hasta finalizar el descenso.
“¿Sabe usted que edad tengo?”, me interrogó entonces con algo de orgullo, sin perder el mohín y mirándome con fijeza. “Algo pasada de los ochenta” respondí, rápido y cortés. ¡Ja, ja, ja! carcajeó para añadir con celeridad y convicción: ¡Noventa cumplidos y todavía me defiendo! Le confesé de inmediato, de corazón: ¡Ojalá yo pueda llegar a ellos!
¿Y cuántos aparento yo? le dije para continuar el coloquio por unos pasos en pareja. “Unos sesenta”, contestó. “Setenta y tres cumplidos” riposté. “Pues no los parece, aparenta sesenta”, reafirmó ella, sin perder el tono jovial. De inmediato empezó a buscar algo en su cartera, extrajo unos pedacitos de papel presillados por la parte superior, y me los ofreció al tiempo que me comentaba: “Son almanaques que hago a mano en mi tiempo libre, este es el último que me queda del 2012, los del 2013 no he podido comenzarlos pues se me acabó el papel”.
Aprecié aquella obra, hecha con dedicación y sobre todo amor, mucho amor. “¿Cuánto me cuesta?”, inquirí, dispuesto a pagarle aquello que de seguro era un ingreso importante para la señora. Un “…son para regalar, solo debe darme las gracias”,  me sorprendió y conmovió de inmediato.
“Muchas gracias. Quizá yo pueda conseguirle algunas hojas” dije en franca desventaja, ya algo tartamudo; y continuó “mayoreando” ella: “Y cuánto me cobrará usted a mí? ¿Es muy caro?”
Entonces me recuperé y finalicé arriba en aquel “rapid trance” que me iluminó aún más la mañana: “Mire, le propongo algo, usemos usted y yo siempre la misma moneda de cambio, solo démonos las gracias”.
Y nos separamos muertos ambos de la risa. Ayer le llevé unas cuantas hojas a su apartamento. Por eso hoy me satisface tanto escribir estas líneas…
 

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