lunes, 1 de octubre de 2012

LA LINEA ROJA EN EL GOLFO (II)

Jorge Gómez Barata
Es difícil dilucidar qué cálculos hicieron creer al almirantazgo japonés que sorprendiendo a la Flota Norteamericana en Pearl Harbor (7/12/1941) podía establecer la hegemonía militar en el  Pacifico. Un día después, el Congreso estadounidense le declaró la guerra, seis meses más tarde la armada del Pacifico había duplicado su tonelaje y 4 años más tarde el Imperio del Sol Naciente firmó la rendición. Nadie puede cambiar la historia pero si constatar que Japón no necesitaba aquella guerra para ser lo que es.
Seguramente las autoridades iraníes conocen esas experiencias y la afirmación de que: “La mejor manera de ganar una guerra es evitándola”, principio que me parece válido aun cuando para alcanzar victorias, hijas del pragmatismo y la prudencia, sea necesario aplazar ciertas metas.
Uno de los elementos característicos de las recientes agresiones es el reemplazo de los hombres por la técnica y, debido a que las políticas imperiales han descartado el colonialismo de viejo estilo, no necesitan invasiones ni exponer masas de soldados. Difícilmente haya otro gobernante norteamericano lo suficientemente torpe como para repetir el error de Bush en Afganistán e Irak.
Es notable no sólo la disminución de bajas de las potencias agresoras, sino también la escasa capacidad de los sistemas defensivos para destruir la técnica militar. Esos resultados se deben sobre todo a que las estructuras de los sistemas políticos occidentales que, a pesar de sus carencias, no dejan las manos completamente libres a halcones, militaristas y representantes del Complejo Militar Industrial, especialmente en cuanto a los muertos propios aunque para nada importan los ajenos.
Mientras en el Frente Soviético Alemán durante la II Guerra Mundial la vida operacional de una pieza de artillería era de cinco meses, la de un tanque de cuatro meses y la de un avión de sólo tres, en Irak y Afganistán, después de una década de operaciones, los norteamericanos se retiran con su técnica básicamente intacta.
Todos los análisis coinciden en que la agresión a Irán asumirá la forma de una operación aeronaval masiva, compleja y altamente letal, con un componente mínimo de tropas terrestres mediante la cual Estados Unidos tratará de anular las capacidades militares de Persia, intentando quebrar la capacidad de resistencia militar y estimulando la subversión interna para cambiar su régimen político.        
Una de las complejidades de esta mega operación es que entre Israel e Irán existen distancias de entre 1500 y 2000 kilómetros y entre ambos están los territorios de Arabia Saudita, Siria, Irak y Jordania, lo cual ofrece ventajas a los agresores que disponen de portaaviones, bases adelantadas y de suficientes aviones cisternas para reabastecer en el aire, facilidades con las que el Estado persa no cuenta.
Esas y otras circunstancias conceden a la cohetería una relevancia que no ha tenido en ninguna otra operación y abre interrogantes respecto a las capacidades defensivas. No existe ninguna prueba convincente acerca de la viabilidad de los sistemas anticoheteriles, sobre todo cuando ambos adversarios tratarán de vencer por abrumadora saturación. Estas circunstancias reevalúan las capacidades de la industria militar para reponer buques, aviones, cohetes y proyectiles. En la II Guerra Mundial los norteamericanos ganaron la batalla naval del Atlántico cuando fueron capaces de producir más buques de los que los alemanes podían hundir.
Desde luego que cualquier análisis técnico, además de las correlaciones de fuerzas (cuantitativas y cualitativas) y las capacidades industriales, deberá tomar en cuenta el estado moral de las tropas, la justeza de la causa por la cual se combate y la capacidad del liderazgo para conducir la lucha. En cualquier caso, con la guerra todos pierden y no hay alternativas a la paz que es la verdadera victoria. Allá nos vemos.
La Habana, 01 de octubre de 2012

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