miércoles, 31 de octubre de 2012

La noche de las cien bombas y su contexto insurreccional


Por Giraldo Mazola*
El 8 de noviembre de 1957 se llevó a cabo en La Habana la operación conocida como la noche de las cien bombas, de extraordinario impacto en el enfrentamiento a la dictadura de Fulgencio Batista.
La increíble y sorpresiva fuga de Sergio González, el Curita, de la prisión de El Príncipe el 22 de octubre del mismo año marcó una nueva etapa en la lucha insurreccional en la capital. Varios detenidos, aprovechando el descuido de los guardianes del vivac y con la complicidad de los familiares que acudían a la breve visita, pasaron de la zona destinada a los abogados al área de los visitantes, y al concluir el tiempo de la misma bajaron uno tras otro con ellos y de ahí salieron a la calle por el lado del hospital ortopédico.
René Rodríguez, expedicionario del Granma que después del desembarco fue enviado a La Habana para dirigir los grupos de Acción del Movimiento Revolucionario 26 de Julio, había sido convocado de nuevo para la Sierra Maestra. Aldo Vera (traidor), designado para sustituirlo, es capturado días después herido de gravedad junto con Odón Álvarez de la Campa (traidor), al explotarles una bomba eléctrica que preparaban.
La inesperada reincorporación del Curita, experimentado combatiente habanero, a los contingentes de la capital propició el surgimiento natural del nuevo jefe de acción de los capitalinos. Unido a su ética religiosa, origen y formación proletaria, Sergio tenía un innato sentido del valor de la unidad revolucionaria, que fortaleció en sus contactos clandestinos y en prisión con revolucionarios de otras organizaciones, incluso de aquellas que aún no apoyaban la lucha armada.
No pretende este trabajo reseñar las múltiples acciones combativas ejecutadas en 1957 a lo largo del país, sino destacar el impacto de algunas llevadas a cabo en la capital, que no lograron su objetivo.
La unilateral y cobarde postergación del ataque por uno de los altos oficiales de la Marina, incorporados en último momento a esa conspiración, dejó aislados a los combatientes que realizaron la toma de la base de Cayo Loco en Cienfuegos y a los capitalinos que participaban en el plan.
Como consecuencia de ello el comando de Otto Díaz fue acorralado en Ayestarán, una céntrica calle de La Habana, donde cayeron tres de sus cuatro integrantes: Félix La Guardia, Raúl Marcuello y Armando Gamboa. Ramón Funes escapó con vida pero fue asesinado poco después.
El comando al que pertenecía Arsenio Franco, el Gallego, igualmente fue disuelto en desigual combate en la Habana Vieja; al día siguiente él logra escapar herido de un cerco policiaco en Guanabo donde capturan a Armando Cubría (traidor), entonces segundo jefe de los grupos de Acción, y a Jorge Rodríguez Sierra, Malagamba (traidor).
Ese mismo mes, el día 27, el propio Gallego a la salida de la farmacia de la Dra. Isabel Rico Arango, en L y 23, quien actuaba como centro de contacto entre combatientes del MR-26-7 y dirigentes de los grupos de Acción, se enfrenta a varios esbirros y aunque resulta herido de cuatro balazos sobrevive y no es asesinado.
El 29, miembros del Directorio Revolucionario comandados por Guillermo Jiménez, en coordinación con combatientes del Movimiento, intentan ajusticiar a Luis Manuel Martínez, aunque solo queda mal herido. Martínez era dirigente de la llamada juventud batistiana y se dedicaba a tratar de desprestigiar al movimiento revolucionario mediante un programa televisivo. Con este atentado se cumplía un acuerdo entre el DR y Ramón Vázquez, Eduardo Otero, el Negro Morúa y Antonio Sánchez, del MR- 26-7, que se percataban de la necesidad de pasar a la ofensiva en La Habana uniendo las fuerzas para mantener la moral de combate tras los sucesos del día 5 y el desmembramiento de la dirección de los grupos de Acción del MR-26-7.
Los combatientes capitalinos, apenas con unas pocas armas, poco podían hacer en una ciudad donde se concentraban los aparatos represivos de la tiranía. La rigurosa censura de prensa ocultaba los innumerables hechos heroicos que sucedían en el país con el propósito de desestimular la protesta popular. Se presentaban los asesinatos de combatientes como victorias del gobierno y los medios masivos hacían loas al aparente ambiente de paz, que no era otra cosa que el sometimiento al orden de las bayonetas.
En la Sierra Maestra el núcleo guerrillero se fortalecía y preparaba su ulterior expansión con la apertura de los frentes que dirigirán Raúl y Almeida.
Después vendría la invasión a occidente de Camilo y el Che, todo al año siguiente. Pero aún la influencia de su desarrollo, que posibilitaría bascular a nuestro favor la iniciativa y alcanzar victorias estratégicas y la derrota final de la tiranía, no se había alcanzado.
El Directorio recién iniciaba la preparación de un foco guerrillero en El Escambray.
Sergio apreció con certero olfato político que, aunque el espíritu revolucionario de los habaneros no había decaído, era necesario demostrar que pese a los golpes recibidos los combatientes capitalinos se mantenían en pie de lucha, lo que resultaría una importante motivación para intensificar el acopio de armas destinadas al frente principal en la montaña, y los aportes financieros de la población al movimiento revolucionario. En la prisión de donde acababa de escapar fue madurando esta idea.
A la vez que organiza laboriosamente otras acciones prepara con absoluta dedicación y control todos los detalles de lo que después se ha denominado la noche de las cien bombas. Concibe esta acción con un amplio criterio unitario y en ella participan revolucionarios de todas las organizaciones que consideran la lucha armada como vía principal de enfrentamiento a la tiranía.
El viernes 8 de noviembre de 1957, apenas dos semanas después de su fuga, se escucharon en La Habana alrededor de cien explosiones sincronizadas al filo de las nueve de la noche, coincidiendo con la hora del cañonazo. El hecho probaba la capacidad de actuación de unos doscientos hombres y mujeres, entre los que estaban ejecutantes directos, los que proveyeron y trasladaron la dinamita, los que prepararon las bombas y petardos, y los que apoyaron los acontecimientos de diverso modo.
La acción tenía como objetivo fundamental dar un golpe que estremeciera la ciudad, que se conociera por toda la población, que fuera imposible ocultar e hiciera bien evidente la capacidad organizativa del MR-26-7 y la incapacidad de los esbirros para contenernos. Sergio, el gran organizador, indicó y exigió a todos que teníamos que hacerlo sin que hubiese un solo herido inocente.
Se acopió la dinamita necesaria y en diversos sitios se confeccionaron los artefactos explosivos, a partir de indicaciones expresas de Sergio, para evitar un accidente que frustrara el objetivo político que se quería alcanzar. Cada dos cartuchos se unían con papel engomado y se les ponía una mecha, pero sin introducirlos en niples metálicos, ni combinarlos con tornillos o tuercas. María Trasanco, activa y modesta combatiente, fue una de sus eficaces colaboradoras, así como Ricardo Gómez.
Sergio estaba convencido, y así lo trasmitía a todos con entusiasmo, que la población apoyaría esa muestra de valor y se burlaría de la incapacidad de los aparatos represivos. Sus pronósticos se cumplieron.
Esa noche los patrulleros desconcertados circulaban con sus sirenas aumentando el estruendo; la población a través de “radio bemba” comentaba la audacia de la juventud rebelde. De ese enjambre de noticias debe haber surgido el calificativo de: noche de las cien bombas.
En el vivac de La Habana centenares de compañeros, sujetos entonces a prisión preventiva, escucharon con satisfacción el estrepitoso repicar de las explosiones, con lo que renovaban sus ansias de lucha.
Al no poder capturar a nadie directamente vinculado a esos hechos, los esbirros asustados por la masiva demostración amenazaban a los detenidos esa noche en el Buró de Investigaciones o estaciones de policía con hacerles pagar por semejante acción que los tomó por sorpresa.
En esta gesta varios compañeros tuvieron una participación destacada, incluso algunos cayeron durante la operación o fueron asesinados después como su entusiasta organizador Sergio González; otros ya han fallecido. Me limito a mencionar a aquellos que de una forma u otra estuvieron presente en los hechos como los mártires Gerardo Abreu, Fontán, Rogelio Iglesias Patiño, Pao, Ifraín Alfonso, Cheché, Elcires Pérez González, Fernando Alfonso Torices, el negro Morúa y Marcelo Salado; también los combatientes Ramón Vázquez Montenegro, el cojo, Luis Manuel Calzadilla, René de los Santos, Wilfredo Rodríguez y Rogelio Montenegro.
*Diplomático, periodista y combatiente de la lucha clandestina que participó en esa acción.

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