lunes, 19 de noviembre de 2012

DE LA CULTURA POLITICA (I)

Jorge Gómez Barata

Al estudiar los sistemas políticos y las formas de gobierno concebidas por las élites intelectuales avanzadas y que, a partir de soportes filosóficos clásicos asumen formas en diferentes países, no dejan de sorprendernos las analogías y las paradojas.

Regida por sistemas políticos anteriores a Jesucristo, la humanidad avanzó grandes tramos. Entre otros habría que considerar los modelos de: China, Egipto, Grecia, Roma, Japón, Medio Oriente, las monarquías europeas, así como los imperios indoamericanos y africanos originarios. Es de Perogrullo afirmar que existe una historia milenaria que transcurrió a lo largo de milenios y que produjo las maravillas del mundo antiguo, mientras la democracia liberal cuenta con poco más de 200 años y el debate entre capitalismo y socialismo unos 150.

Con días de diferencia hubo elecciones para legitimar los liderazgos políticos de las dos mayores economías mundiales, lo que equivale a decir, en los dos países más exitosos del planeta que son también de los más diferentes: Estados Unidos y China. En Estados Unidos, un país del Nuevo Mundo, rige la Constitución y el sistema electoral más antiguo del planeta, diseñado en el siglo XVIII mientras que en China, una civilización registrada más de mil años antes de Cristo, el orden político y los mecanismos electorales vigentes tienen apenas 50 años.

El modelo político norteamericano, incluyendo el sistema electoral, fue resultado de una revolución anticolonial y antimonárquica de signo liberal, mientras que en China la andadura por la modernidad política comenzó por la promoción de ideas occidentales a partir de las cuales, a principios del siglo XX se introdujo una precaria república.

Aquel empeño liderado por Sun Yat-sen fue rebasado por el Partido Comunista Chino (1921) y Mao Zedong que, a partir del marxismo-leninismo y del modelo soviético, encabezaron la última etapa de la lucha anti japonesa y la revolución socialista y en 1949 fundaron la República Popular China, que pasando por avatares diversos, avanzó hasta edificar la segunda economía mundial en el único país que cuenta su población en billones.

No existen dos procesos políticos más diferentes que la elección presidencial en Estados Unidos y China. En el primero se trata de un intenso proceso que dura más de un año e involucra a toda la nación. El día final acudieron a las urnas más de 130 millones de personas y el candidato ganador obtuvo casi 60 millones de votos. Mientras que en China se trata de un ejercicio básicamente institucional realizado al interior del Partido Comunista cuyos ochenta millones de afiliados eligen unos 2000 delegados que en un breve congreso seleccionan al Comité Central de poco más de 200 personas, que de su seno destacan al Secretario General del Partido, principal autoridad política del país a quien luego el parlamento ratifica como presidente de la Nación.  

Muchos norteamericanos están insatisfechos con su sistema electoral al que no le faltan críticos, cosa que seguramente ocurre también en China; aunque lo cierto es que hasta el momento a ambos, el suyo le resulta eficaz y no se percibe un rechazo mayoritario.

La moraleja pudiera ser que bajo diferentes sistemas electorales y modelos políticos pueda lograrse la cohesión que una sociedad necesita para progresar y proveer la felicidad que sus ciudadanos demandan y que no termina con el bienestar económico, cosa que las elites saben. El tema es largo y corto el espacio. Luego les cuento más. Allá nos vemos.

La Habana, 19 de noviembre de 2012

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