sábado, 29 de junio de 2013

BRASIL. ADMINISTRAR EL ÉXITO

Jorge Gómez Barata

El hecho político más desconcertante de la última década en América Latina es la rebelión de las masas brasileñas y los mayores enigmas son: ¿Por qué? ¿Contra qué? ¿Para qué?

La rebelión en Brasil no es atribuible a la oposición, a actividades enemigas, penetración ideológica ni a actitudes antigubernamentales. Más sorprendente aun es que la presidenta lejos de confrontar a quienes la critican y abuchean se suma a ellos y en lugar de defender el sistema propone una reforma política. 

La sublevación brasileña no tiene puntos de contacto con los indignados españoles, griegos o norteamericanos; ningún parecido con el Mayo francés y nada que ver con la Primavera Árabe en Túnez, Egipto o Libia. No hay semejanzas con las sublevaciones anti socialistas en Polonia, Rumania y otros países; no recuerda al Caracazo, ni parece manipulada por partidos o camarillas políticas; por ningún lado se visibiliza un planteo ideológico doctrinario y no existen perfiles anarquistas.

Los manifestantes brasileños no pretenden derribar al gobierno ni tomar el poder, no presentan reivindicaciones gremiales ni demandan: “Váyanse todos”. No hay en las manifestaciones violencia injustificada, ira ni odio, aunque  tampoco se trata de un carnaval a ritmo de samba.

Las expresiones de descontento popular no ocurren en un país empobrecido o estancado, tampoco en uno donde las desigualdades y la pobreza, la desdicha y la desesperanza hagan desgraciadas a la gente; los suyos no son gobernantes impopulares; sino todo lo contrario. En tres elecciones sucesivas, Lula y Dilma han cosechado alrededor de 60 millones de votos cada vez y el presidente saliente era más popular después de ocho años en el poder que al asumirlo.

Quienes protestan son ciudadanos del país que en una década se colocó entre las diez primeras economías del mundo y en 2016 puede ser la quinta; un lugar donde en 10 años, gracias a programas gubernamentales como: Hambre cero, Bolsa de familia, beca de familia, luz para todos,   cuarenta millones de personas dejaron la pobreza y la precariedad integrándose al mundo del trabajo. Ningún pueblo en América Latina recibió tantos beneficios y ningún Estado sudamericano se consagró tanto al bienestar popular.

El Brasil, que sanó algunas de las llagas del neoliberalismo sin incurrir en los excesos del populismo, logró que el Estado, a la par que recuperaba su autoridad se hiciera más consciente de sus obligaciones para con el bien común. Lula probó que no era necesario esperar a ser rico para ser justo, inyectó dinero y dio a los pobres oportunidad de consumir. El crecimiento del mercado interno se reflejó en la bonanza de la economía, en la elevación del nivel de vida y en programas sociales que sin ser suficientes representaban un avance enorme.

En la política, tan importante como encajar los fracasos y los reveces, es administrar los éxitos; cosa que no ha podido hacer la presidenta que electa con 55 millones de votos, ha perdido capital político porque su administración se volvió autista, miró para el lado equivocado y olvidó que al profundizarse la cultura política de las masas se eleva su espíritu crítico. No se puede estimular y a la vez frenar al pueblo. 

Es probable que tras 11 años en el poder, las cúpulas ─nacional y locales─ del Partido del Trabajo, se institucionalizaron y con las mieles del poder se burocratizaran y en algunos casos se corrompieron. El partido que supo maniobrar desde abajo para conquistar el éxito, se acomodó, no soportó el desgaste, perdió identidad obrera y contacto con sus bases y comenzó a parecerse a otras camarillas.

Afortunadamente la presidenta parece haberse percatado que las masas no la atacan sino que la empujan, no para detener a Brasil sino para llevar por buen camino el crecimiento.

La derecha tiene poco que ganar con esta crisis y la izquierda mucho que aprender. Las masas ofrecen apoyo político pero en ninguna parte lo otorgan de una vez y para siempre y jamás entregan cheques en blanco. El pueblo cree en sus vanguardias en la medida en que estas lo merecen y el mandatario no lo es porque tiene el poder sino porque tiene un mandato. Los hechos están a la vista. Allá nos vemos.

La Habana, 29 de junio de 2013

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