lunes, 23 de diciembre de 2013

RUSIA EL ANÁLISIS: El ocaso de los oligarcas

El presidente ruso Vladimir Putin en un encuentro en el Kremlin de Moscú. Afp

FRANCISCO HERRANZ - El Mundo.es -  21/12/2013 

La meteórica llegada al poder de Vladimir Putin fue consecuencia directa del desaforado poder que acapararon durante una década los Jodorkovskis y compañía. En los duros 90, una docena de estos magnates amamantados por el Komsomol terminó controlando todo el tejido productivo del país, desde el petróleo y el gas de Siberia a los minerales estratégicos de la costa del Ártico, pasando por la industria pesada de los Urales.

Durante esos años, personas famosas como Boris Berezovski oRoman Abramovich, o menos conocidas como Vladimir Gusinsky, Vladimir Potanin u Oleg Deripaska, actuaron casi como jefes de clanes mafiosos, repartiéndose la gigantesca tarta de recursos naturales que representa la Federación Rusa. Prácticamente, todos forjaron su carrera desde posiciones previas ventajosas o haciendo negocios oscuros protegidos por las primeras medidas aperturistas decretadas por Mijail Gorbachov, como, por ejemplo, la ley de Cooperativas de 1988.

Los empresarios que menos escrúpulos tuvieron se hicieron inmensamente ricos a raíz de la privatización masiva iniciada en 1992 por un joven viceministro rubicundo. El plan del reformistaAnatoli Chubais, fiel aliado del presidente Boris Yeltsin, consistió en la emisión de 'vouchers' o bonos que fueron entregados a cada ciudadano ruso. El valor nominal de cada uno de esos bonos era de 10.000 rublos, cifra suficiente en aquel entonces para comprar dos coches de fabricación nacional. Sin embargo, como demostró la realidad, su coste real era muy inferior. La gente malvendió esos papeles del Estado a banqueros especuladores o incluso los utilizó como posavasos. En definitiva se privatizaron en seis años 130.000 empresas públicas mediante el sistema de 'vouchers' y de subastas de acciones. Y la mayor parte de los activos cayó en manos de tiburones como el ahora amnistiado Jodorkovski.

Prendió entonces el capitalismo más salvaje. En Moscú crecieron como setas los casinos y los kioscos abiertos las 24 horas del día. Los precios se dispararon. La corrupción no tenía freno. La seguridad jurídica no existía. La mafia campaba a sus anchascobrando con absoluta impunidad la "krysha", el impuesto a cambio de protección. Los ajustes de cuentas a tiros se volvieron algo común. Hasta la integridad territorial de Rusia estuvo en entredicho gracias al desafío independentista de Chechenia.

Ese caótico caldo de cultivo propició la llamada 'crisis del rublo' de 1998, que acabó con el Gobierno de Viktor Chernomidin, a la postre un oligarca gasístico reconvertido en político. La inestabilidad política entró en una espiral sin control donde los primeros ministros cesaban con inédita rapidez. El país se sumió en una crisis sin precedentes.

Yeltsin, demasiado ocupado en su lucha a muerte contra las fuerzas comunistas, había acabado sometido y atrapado en la tela de araña de esa elite sedienta de dinero. Enfermo y agotado, el presidente ruso entregó las llaves del Kremlin a una persona que le garantizaba, por un lado, una jubilación tranquila y, por otro, el fin del reinado de los oligarcas. Y Putin cumplió con creces la promesa dada al zar.

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