jueves, 27 de febrero de 2014

PARA UCRANIA CON AMOR

Jorge Gómez Barata


Vista del río Dniéper con puentes en Kiev, Ucrania. Foto de archivo 

Desde la compra de Luisiana, el despojo territorial de México y el Tratado de París que le otorgó a Cuba, Puerto Rico y Filipinas, Estados Unidos no lograba un botín tan jugoso como el que acaba de obtener en Ucrania que, descontando a Rusia, es el mayor país de Europa con 603.700 km².

Cuando hace más de treinta años estuve en Ucrania me interesaba por los puentes de Kiev y el río Dniéper. ¿Por qué? me preguntó una profesora que me acompañaba. ─Porque en las memorias y relatos de los generales y  mariscales rusos y del propio Stalin la ciudad y el río son temas recurrentes. “Es típico ─me dijo la ofendida joven─; el mundo nos conoce por nuestras desgracias y por relatos ajenos”.

“Kiev ─me ilustró─ es la madre de las ciudades rusas. Rusia nació aquí. La Rus (término que dio origen a ruso) de Kiev fue el más antiguo de los enclaves eslavos y el mayor estado europeo de la Edad Media y el Dniéper es el tercer río más grande de Europa. Económicamente es como el Nilo para los egipcios y confesionalmente como el Jordán. En sus aguas San Vladimiro bautizó a los primeros cristianos rusos. Su historia es más larga que su curso (2.285 km.) A su paso por Ucrania, Rusia y Bielorrusia, sus aguas humedecen y fertilizan medio millón de kilómetros cuadrados”.    

Me resulta imposible escribir sobre Ucrania y Kiev sin aludir a las emociones vividas al visitar la catedral de Santa Sofía y de la Asunción en la ciudad de Vladimir, que forman parte del misterio mariano y de la devoción universal por la madre de Jesús.

A salvo de repetir el error de escribir sobre Ucrania por referencias ajenas que aluden a sus tragedias, es preciso enfatizar que pese a su antigüedad como nación, es uno los estados independientes más jóvenes del mundo. Parte del imperio ruso y luego de la Unión Soviética su independencia data del 24 de agosto de 1991. 

Tal vez por esa trágica particularidad es más condenable la actitud de Europa que en sus afanes hegemónicos y en sus empeños por controlar los espacios ex soviéticos y llevar a la OTAN prácticamente hasta el interior de Rusia, no ha vacilado en sacrificar violentamente la institucionalidad democrática que daba en Ucrania sus primeros paso en dos mil años.   

Lo más peligroso ahora es que a lo largo de su historia y sucesivas dominaciones, se formaron en Ucrania intereses y comunidades rusas, polacas, alemanas, judías, tártaras, húngaras, austriacas que en esta hora plantean el peligro de la desmembración territorial y la desunión. Otro día le contaré de esos riesgos y otras experiencias de aquel magnifico lugar y de su generoso pueblo. Falta hablar de Odessa, de Crimea y del mar Negro, de alguna manera un lago ucraniano. 

Al mirar una foto al pie de la escalera en la cual, en 1925 Serguei Eisenstein filmó El Acorazado Potemkín, duele evocar a Ucrania como un sitio de desastre. Espanta el rustico salvajismo conque la democracia europea se desmiente.  Allá nos vemos.

La Habana, 27 de febrero de 2014


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