lunes, 17 de marzo de 2014

OTRA CRISIS Y NUEVAS ALIANZAS

Jorge Gómez Barata

En 1991 cuando el socialismo había desaparecido en Europa Oriental, en la Unión Soviética se creó un insostenible clima político, que socavó la unidad monolítica de la nomenclatura. En 1991 Mijail Gorbachov fue apartado del poder y arrestado, protagonizando el primer golpe de estado en un país socialista, y el primer cambio de gobierno al margen de las estructuras del Partido Comunista.

El grupo encabezado por Boris Yeltsin capitalizó la situación, y comenzó a desmontar la estructura de poder, en primer lugar del partido comunista, que en noviembre de 1991 vio como sus propiedades (locales, archivos, cuentas bancarias, medios de difusión) fueron confiscados, dispersada su estructura organizativa y finalmente prohibido por decreto.

Un elemento esencial de aquel desenlace fue la “cuestión nacional”, expresada en la inconformidad de las repúblicas y territorios de continuar perteneciendo a la “Unión”. En marzo de 1991, unilateralmente, Lituania declaró su independencia, y en abril lo hizo Georgia, y en septiembre Lituania, Letonia y Estonia.

Con lo que quedaba del inmenso estado soviético: Rusia, Armenia, Azerbaiyán, Bielorrusia, Kazajstán, Kirguizistán, Moldavia, Tayikistán, Ucrania y Uzbekistán se intentó crear una nueva entidad: la  Comunidad de Estados Independientes (CEI). Los esfuerzos fueron vanos. El 21 de diciembre de 1991 el Congreso de Diputados del Pueblo refrendó lo que ya era un hecho: la disolución de la URSS.

De ese modo el más ambicioso proceso revolucionario y la obra de ingeniería social más vasta que fuera nunca concebida se fue a bolina. A pesar de su entidad nacional, los 15 nuevos países resultantes de la dispersión de la URSS, excepto Rusia, carecían de estructuras estatales propias y de experiencia para el autogobierno y, sin el poder soviético y el partido comunista, único existente, quedaron acéfalos.  

La mayoría de aquellas entidades, incluida Rusia, habían poseído una nomenclatura, pero carecían de una clase política que fuera ponente de un proyecto político, por lo cual, por gravedad y no exactamente porque hubiera sido consensuado con el pueblo, la restauración capitalista se impuso como única opción.

Al intentar instalar un capitalismo donde no había capitalistas ni burgueses, y donde la única organización política existente mostró las debilidades acumuladas durante toda una época, en la cual, en lugar de hacer política, la administró; el espacio naturalmente perteneciente a las clases y sus vanguardias quedó a merced de las mafias, que en lugar de salvar a sus países, los saquearon, hasta que con Vladimir Putin regresó el autoritarismo, hasta hoy única fórmula política realmente exitosa en Rusia y los espacios ex soviéticos.

Putin, que en una confrontación con occidente y los Estados Unidos no puede esperar el apoyo de las mafias rusas y ex soviéticas ni de los capitalistas vernáculos, ha encontrado en el Partido Comunista de la Federación Rusa, de Ucrania y de otros territorios ex soviéticos a unos inesperados compañeros de viaje.

 De esa extraña y sorpresiva dinámica (de pronóstico reservado) pudiera surgir un nuevo fenómeno político, que comenzando por la re anexión de Crimea con Rusia como centro, intente reconstruir alianzas político–militares que planteen situaciones nuevas, incluso más allá de los espacios ex soviéticos.

Por primera vez desde el fin de la Unión Soviética, los partidos comunistas reconstruidos después de la crisis y alguno de los cuales suspiran por el regreso de la URSS, lo cual conciben bajo el liderazgo ruso, pasan de la oposición al oficialismo, y de adversarios, se tornan en acompañantes de Putin.  Hay tela por donde cortar. En fin. Allá nos vemos.

La Habana, 17 de marzo de 2014

No hay comentarios:

Publicar un comentario