jueves, 1 de mayo de 2014

EL UNO POR CIENTO Y LOS DEMAS

Jorge Gómez Barata

Las evidencias históricas prueban que acabar con los ricos y suprimir a la llamada clase media, no necesariamente significa mejorar la condición de los pobres y que la consigna de proletarizar la sociedad resultó tan fallida como la demagogia del capitalismo popular que promovió la tesis de convertir a los proletarios en propietarios. Las revoluciones de México, Rusia, China y Cuba enseñan que los procesos históricos son mucho más complejos.

Tal vez por haber corroborado esas realidades percibo con reservas ciertas consignas o slogan, a veces metáforas que esconden cierto jacobinismo, presuntamente radical y anticapitalista y que en ocasiones son asumidas por elementos de izquierda como bandera. En algunos casos esas figuras, trascienden épocas y fronteras, en otros son de corta vida y se olvidan rápidamente. Su efecto más grave es levantar falsas expectativas.

Recientemente, como parte de la crítica general al capitalismo, circulan reflexiones acerca de que en Estados Unidos y otros países desarrollados, el uno por ciento de la población dispone de mayores riquezas que el 99 por ciento restante. Algunos autores asocian el dato a las luchas sociales y políticas y llegan a sugerir que aquella mayoría puede rebelarse contra la minoría rica y opresora. En cualquier caso esa percepción que contiene granos de la verdad amerita un examen no sólo cuantitativo, sino también cualitativo.

Aunque existen fortunas de origen dudoso, algunas se han amasado mediante prácticas explotadoras y depredadoras y en todas interviene la extracción de plusvalía, lo cierto es que el núcleo del primer anillo de la riqueza, está formado por empresarios que han fomentado enormes empresas emblemáticas del progreso, creadoras de millones de puestos de trabajo y que son vitales para el funcionamiento de la economía mundial.

De ese círculo forman parte elementos favorecidos por los fabulosos lucros en las esferas del arte, el cine, los espectáculos, el deporte y la ciencia. Aunque esas personas forman parte de los pilares del sistema, no son individualmente responsables de la situación económica y social del mundo contemporáneo.

Es importante observar que entre el uno por ciento escandalosamente rico y los más  desfavorecidos, existe una franja formada por cientos de miles de acomodados que no son multimillonarios, una inmensa clase media (alta, media y baja), la llamada aristocracia obrera, profesionales, literatos, artistas y otros millones de personas satisfechos con el actual estado de cosas y con su situación personal.

Del llamado 99 por ciento, en Estados Unidos, los países desarrollados, las naciones emergentes del Tercer Mundo, China y Rusia y otros, forman parte, además de los sectores populares y aquellos que son víctimas de la opresión y el abuso, la discriminación, los desempleados, las minorías, los emigrantes (documentados o no), los sobrevivientes de los pueblos originarios y también elementos marginales, inadaptados, delincuentes y otros estratos sociales.

En algunos razonamientos en torno a las mencionadas cifras, se percibe la idea de que el uno por ciento poseedor de más dinero que el 99 restante, son el sostén del sistema y probablemente haya quienes crean que si ellos fueran liquidados, el capitalismo sufriría un revés, el movimiento progresista avanzaría un trecho y el mundo sería mejor. Este modo de pensar asume que el 99 por ciento aludido pudiera ser la base social del cambio.

Una de las carencias más notables de los enfoques anticapitalistas basados en generalizaciones, es la ausencia de estrategias y de ideas claras acerca de los rumbos a tomar y de propuestas acerca de cómo será el orden social sustituto del capitalismo, cosa tanto más importante después del fracaso de la propuesta soviética y de la certeza de que los experimentos a escala social son excesivamente peligrosos.

Lo más cercano a un planteamiento serio de la lucha política a escala global y a nivel de cada país es el logro de niveles cada vez mayores de justicia social, el establecimiento de gobiernos identificados con las aspiraciones y necesidades populares, ponentes de programas asociados al bien común y la movilización de fuerzas sociales para alcanzar conquistas graduales. La definición de lo que es posible alcanzar en cada lugar y momento es una prueba de la madurez política de las vanguardias.

Para ser progresista y promotor de ideas avanzadas, socialistas e incluso revolucionarias, ante todo es preciso ser realistas. Soñar con un mundo mejor y trabajar por alcanzarlo, no es lo mismo que delirar ni fantasear y mucho menos convocar a aventuras. Allá nos vemos.

La Habana, 01 de mayo de 2014


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