domingo, 15 de junio de 2014

EL PROGRESO COMO PROGRAMA POLITICO

Jorge Gómez Barata

No conozco ningún líder de la nueva izquierda latinoamericana que se proclame “pragmático” aunque todos lo son.

Seguramente tienen creencias y afinidades ideológicas, pero no las incorporan a su gestión ni subordinan a ellas los proyectos políticos nacionales. Todos coinciden en que la tarea del momento es el desarrollo con inclusión; algunos como Lula son más explícitos, y señalan al hambre como el adversario, y Rafael Correa ha dicho que el enemigo es la pobreza. De eso se trata.

El discurso ideológico como sostén de los programas políticos no ha sido negado sino trascendido, sirvió para avanzar el tramo más largo y más difícil pero ya no es funcional. No se trata de renunciar a las ideologías, sino de convertirlas en referente y no en metas, no hay que reeducar a las sociedades para que asuman el credo socialista, sino permitirles vivir a su amparo, y no hay que lograr que unas ideas prevalezcan sobre otras sino hacer que todas convivan. No es necesario incentivar la confrontación de clases sino de  atenuarla.

El socialismo del siglo XX, propuesto por Marx, propagado por Lenin y establecido por Stalin, fue un proyecto político de dimensiones desmesuradas que, entre otras cosas, implicaba renunciar al mercado, al dinero, extinguir el Estado, dejar de creer en Dios y sustituir procesos espontáneos por acciones premeditadas y centralmente planificadas.  

Cuando la razón no podía acoger lo propuesto se acudió a metáforas como: “Tomar el cielo por asalto” y “Construir el paraíso en la tierra” para lo cual era necesario suprimir las clases sociales, crear un hombre nuevo, un nuevo código moral y una estética diferente; así como homologar las ciencias sociales y la interpretación de la historia: “El marxismo ―se declaró― es todopoderoso porque es exacto…”

La meta de corregir el curso del desarrollo histórico que equivalía a remover el planeta y colocarlo en una nueva orbita, hizo necesario un enorme esfuerzo para que la gente entendiera de qué se trataba y por qué era necesaria semejante hazaña. El intento por reeducar a la sociedad, consumió enormes caudales de recursos y energías. 

El proyecto no fracasó, sino que se realizó parcialmente. El socialismo cambió a la humanidad hasta donde podía ser cambiada, confrontó al capitalismo y en muchos aspectos le hizo corregir el rumbo, y como parte de ese cambió, él mismo mutó. El socialismo no despareció sino que se renovó, y no depende ya de los énfasis ideológicos de su predecesor.

No es verdad que las ideologías hayan desaparecido pero si lo es que su significado es mucho menor. No importa si Evo Morales es marxista o masón, y las creencias religiosas de Rafael Correa carecen de trascendencia política; seguramente Salvador Sánchez Cerén no cree ahora que la lucha armada sea la opción para avanzar en Centroamérica.

La situación creada es resultado de la dialéctica del desarrollo que incluye avances y retrocesos y que origina cambios, imperceptibles a veces, revolucionarios otras. En conjunto se trata de la evolución de la realidad y del pensamiento.

Son lecciones que tal vez por el asedio a que es sometida y por compromisos históricos, la vanguardia política cubana tiene pendientes. El poder y el mercado, el dinero y la fe son herramientas y la felicidad la meta. Para ser feliz se necesita progresar.   

El adversario hoy no es quien piensa diferente; el enemigo es la pobreza, y el programa más racional es el progreso en torno al cual es posible construir grandes consensos. Allá nos vemos.

La Habana, 15 de junio de 2014

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