viernes, 19 de septiembre de 2014

OPOSICIÓN MODERADA

Jorge Gómez Barata

Sorprende el modo como el presidente Barack Obama asume el proceso político en Siria, adoptando como opción la ayuda con armas, dinero, y respaldo político a la “oposición moderada”. Asistida por una potencia extranjera que la financia, la entrena, y la provee de armas para la búsqueda violenta del poder, la oposición no es legítima ni moderada.  

Los procesos civilizatorios que condujeron a la Revolución Industrial, a las revoluciones sociales del siglo XVIII, y a la formación de los estados nacionales, impulsaron también el pensamiento político formado por el liberalismo, el socialismo, el capitalismo, la democracia, y el “Estado de Derecho”. Con la práctica de legitimar el poder mediante elecciones, la oposición se integró estructuralmente al sistema político.

Esas realizaciones llegaron a un clímax a mediados del siglo XX cuando tales preceptos fueron codificados como parte del derecho Internacional. La Carta de la ONU convirtió en vinculantes el respeto a la independencia, la soberanía y la autodeterminación nacionales, y en ley la igualdad soberana de los estados.

Aquellos cambios fueron inequívocamente liderados por el presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt, el líder soviético Iosiv Stalin, y el británico Winston Churchill, conocidos como los Tres Grandes, que formaron una alianza anti fascista y crearon la ONU, desde entonces, eje del derecho internacional.

El camino hacia la consolidación de la democracia en los ámbitos internacionales pasó, entre otros eventos, por las revoluciones de Norteamérica y Francia, la lucha por la independencia en Iberoamérica, dos guerras mundiales, y revoluciones en México, Rusia, China y Cuba, la confrontación entre el capitalismo y el socialismo, y la Guerra Fría. Fue obstaculizado además por golpes militares y dictaduras, y por la intervención imperialista. 

Durante décadas el imperialismo norteamericano y la Internacional Comunista desplegaron la batalla entre los dos sistemas sociales. La confrontación fue saldada por la alianza de Estados Unidos, la Unión Soviética y Gran Bretaña para combatir el fascismo, y la aparición de unos 50 nuevos estados como resultado de la descolonización. Con las precariedades conocidas, la coexistencia pacífica se impuso.

Todavía después del triunfo de la Revolución Cubana y liderado por ella, hubo en América Latina un período de intensas luchas armadas, y se libró la guerra de Vietnam, las batallas de liberación nacional en las colonias portuguesas, la lucha contra el apartheid, por la liberación de Namibia, y la zaga angolana.

Curiosamente en esos procesos, con sus propias motivaciones, argumentos y estilos, Fidel Castro y John F Kennedy coincidieron en un pensamiento, según el cual, la cooperación para el desarrollo sustituía la injerencia política y los procesos violentos. Kennedy, autor de ideas como la Alianza para el Progreso y los Cuerpos de Paz, no vivió para avanzar, cosa que pudo hacer Fidel Castro, que impulsó la creación de ejércitos de médicos, maestros, y constructores que hacen política en “estado práctico”, y promueven revoluciones indoloras.

No desecho la idea de que países avanzados contribuyan al despliegue de la democracia y del progreso, ni es desatinada la defensa de la legitimidad de la oposición, que para ser genuina debe ser nacional y pacífica, surgir y ser coherente con el entorno político que alude. Lo inaceptable es la pretensión imperialista de imponer modelos políticos a cañonazos.

En su evaluación sobre Siria, Obama parece equivocado. No es el único caso ni la única persona. El Congreso de su país, Europa y sus gobernantes lo acompañan. Ninguno parece comprender que, con bombas, metralla y opositores prefabricados y armados, la democracia se desvía hacia un “ramal ciego”.

Excepto Estados Unidos, no existe ninguna fuerza política en ninguna parte que privilegie la violencia y los medios militares para alcanzar la democracia. Allá nos vemos.

La Habana, 19 de septiembre de 2014


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