domingo, 12 de octubre de 2014

SOCIALISMO: REALIDADES Y EXPECTATIVAS

Jorge Gómez Barata

A partir del siglo XVIII, con la introducción de la democracia, los modelos políticos más avanzados han necesitado del consenso y conseguido estabilidad mediante la combinación de realidades y expectativas. Aunque, a la larga las primeras prevalecen, en períodos limitados, las vanguardias políticas con capacidad de convocatoria, son capaces de generar la movilización social a partir de programas, metas, incluso utopías. Así ocurrió con el socialismo del siglo XX.

Paradójicamente, aunque partió de una base científica, el socialismo de inspiración soviética propuso metas tan altas y diversas que resultaron idílicas e inalcanzables. Basado en la prédica de que todo sería mejor en el futuro, se promovieron expectativas cuya realización requería de condiciones económicas y sociales que nunca existieron. Las metas no alcanzadas se convirtieron en elementos de desmovilización social.

El socialismo debutó en Rusia, una sociedad no sólo atrasada y arruinada por la Primera Guerra Mundial y por la Guerra Civil, sino políticamente primitiva; no obstante cuando en 1940, Alemania, una de las naciones más poderosas del mundo, la invadió, el país pudo resistir y derrotar al fascismo. ¿De dónde salió el poderío económico e industrial para semejante hazaña?

La respuesta se encuentra en el heroísmo masivo desplegado por los pueblos de la Unión Soviética, en su cohesión social, sus motivaciones políticas y en la pertinencia de las decisiones adoptadas en cada etapa. En los primeros 10 años, las políticas económicas de la revolución pasaron por tres períodos: Comunismo de Guerra, Nueva política Económica (NEP) y Planes quinquenales

Desatada la Guerra Civil y la intervención extranjera (1918) la dirección bolchevique llamó a la movilización general y la fundación del Ejército Rojo para cubrir los frentes en Rusia, Polonia, Ucrania, Bielorrusia, el Báltico y se decretó el llamado Comunismo de Guerra.

Aun sin concluir la Guerra Civil, Lenin predicó la necesidad de poner fin al Comunismo de Guerra y pasar a la Nueva Política económica, mediante la cual se restablecieron las condiciones económicas anteriores, implantando una especie de “capitalismo de estado”.

En conjunto aquellas medidas propiciaron una reactivación de la economía que se aproximó a los niveles anteriores a  la guerra. En 1922, en un país arruinado, con grandes hambrunas y que en menos de diez años (1914-1921) vio morir a más de 15 millones de personas, se fundó la Unión Soviética.

El auge del fascismo y del anticomunismo y las necesidades de desarrollo, demandaron un impulso a la industrialización del país. Así en 1929 aparecieron los Planes Quinquenales, que permitieron centralizar los recursos para dirigirlos en función del desarrollo de la industria pesada, la industrialización, la producción de maquinaria, armamentos, energía y materiales de construcción. En aras de aquellas prioridades se sacrificaron el consumo y el confort, logrando ritmos de crecimiento no igualados ni siquiera por China en la actualidad.

 El dinamismo que hizo posible el establecimiento del poder soviético y que no vaciló en cambiar con diligencia lo que en cada momento debía ser cambiado, inexplicablemente fue sustituido por sesenta años de inmovilismo y estancamiento, en los cuales se sacralizó lo existente y ninguna reforma económica o política fue aplicada con audacia, certeza y profundidad.

Me inclino a pensar que el éxito del socialismo en las primeras etapas se relaciona, no sólo con el progreso económico, sino con la capacidad para generar incentivos ideológicos y con las posibilidades para imbricar ambos elementos y asegurar la cohesión social e instalar en la conciencia social la convicción de que en ese sistema, las aspiraciones individuales y colectivas pueden ser realizadas.

Cuba necesita un despegue económico que satisfaga las necesidades materiales; así como una renovación del pensamiento revolucionario que sea capaz de crear nuevas motivaciones, promover otros consensos y cohesionar nuevamente a las masas.

Obviamente es más fácil proclamar esas necesidades que realizarlas. Para eso existe la vanguardia política que dispone de un activo revolucionario vigente y de un enorme capital político. El momento exige no una defensa a ultranza del status quo ni una restauración, sino una profunda renovación. La Revolución sabe cómo hacerlo. Allá nos vemos.

La Habana, 12 de octubre de 2014

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