martes, 3 de febrero de 2015

EMBAJADA EN LA HABANA

Jorge Gómez Barata

Cuentan que desde la azotea de la embajada americana se obtiene la mejor vista de La Habana, porque desde allí no se divisa la embajada americana. Es una exageración, el edificio no afea la capital cubana, sino que suma méritos a su variada, atractiva y eclíptica arquitectura.

Al construirse en 1953, la esbelta edificación era la más grande y alta de las sedes extranjeras en La Habana, y la más moderna de las dependencias diplomáticas norteamericanas en el mundo. Cuando al restablecerse las relaciones entre Estados Unidos y Cuba la instalación recupere su condición original, en tamaño y altura cederá ante la embajada de Rusia, edificada en tiempos de la Unión Soviética.

Ubicada en El Malecón, la más famosa, larga y transitada avenida de Cuba, el edificio fue construido según un proyecto de los arquitectos Wallace Harrison y Max Abramovitz. El diseño de las áreas verdes y la zona de parqueo estuvieron a cargo del arquitecto Thomas D. Church, y el mobiliario de Knoll Associates. Cuenta con siete plantas y recuerda la sede de la ONU en Nueva York.   

Antes de trasladarse a la nueva locación, la embajada norteamericana radicó en el edificio Horter en Obispo 115, una de las más antiguas calles de La Habana Vieja. El Horter fue terminado en 1917. Próximo a la embajada se encontraba la más famosa de las librerías cubanas, la Moderna Poesía, establecida en 1890 y reedificada en 1935, cuando adquirió la fisonomía que aún conserva.

El Malecón habanero, donde se encuentra la única edificación norteamericana en La Habana, es uno de los emblemas de la capital. Formada por una calle de seis vías, un muro de concreto, una ancha acera y un conjunto de edificaciones, su construcción, realizada a tramos, se prolongó durante 30 años.

Además de acoger paseantes, en el Malecón se pesca, se fotografía y sobre todo se enamora. Debido a que su muro sirve de asiento a miles de personas, alguien lo llamó “El banco más largo del mundo”.

En cualquier caso, disponer de un edificio acreditado y confortable, coherente con el más avanzado o moderno de los paisajes urbanos cubanos en el cual se inserta, la embajada norteamericana deberá operar en concordancia con los cambios políticos operados en el último medio siglo.

En el más optimista de los escenarios la sede diplomática debería servir a los fines de restablecer, en un contexto político enteramente nuevo, los vínculos entre dos estados soberanos, y entre dos pueblos a los que la geografía y la historia han vinculado durante más de 500 años. Ojalá fuera así. Allá nos vemos.

La Habana, 03 de febrero de 2015


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