martes, 29 de diciembre de 2015

En el 40 aniversario del primer Congreso del Partido (1/3)

Por Humberto Pérez González

TEMAS  -   15/12/2015


El pasado mes de julio (2015) se desarrolló un debate —en el conocido escenario de Último Jueves que convoca la revista Temas— titulado “Los 70: una revisión crítica” al que tuve el honor de ser invitado como panelista. En ese encuentro, en el que cada ponente (descontando el tiempo utilizado por el público asistente en sus intervenciones) solo contaba con unos 15 o 20 minutos para hacer sus exposiciones y expresar sus pareceres, se me quedaron muchas cosas en el tintero.

Adicionalmente, el pasado 17 de diciembre (fecha en que coincidentemente se ha cumplido un año del anuncio del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos) estuvimos conmemorando el 40 aniversario de la apertura del Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC) en 1975, día escogido en aquel momento, entre otras causas, porque en él se cumplían 145 años de la muerte de Simón Bolívar.

Por ambas razones me he sentido motivado a escribir este artículo con apuntes y consideraciones más amplias, y mucho de testimonio y de historia interna, en parte poco o nada conocida, sobre ese período de nuestro proceso revolucionario.

Al parecer, una opinión bastante generalizada entre nuestros intelectuales, incluyendo muchos muy destacados dentro del arte, la literatura y las ciencias sociales, es que los años 70 e inmediatos siguientes representaron un período negativo en la historia de la Revolución. Este criterio, por razones y causas adicionales a las escuchadas en los medios intelectuales, también se ha trasmitido desde otras muy importantes fuentes generadoras de opinión y lamentablemente aún permanece en parte de la población.

Se ha expresado, calificándolo de manera general y totalizadora, que “en él imperó el dogmatismo más rampante” y algunas voces lo han catalogado como “un período perdido”.

Se ha manifestado que, obligados a afiliarnos al CAME, se desarrolló un socialismo estatista, centralizado, exagerado, que asumió esquemas ajenos con calco indiscriminado como consecuencia de compromisos contraídos con la Unión Soviética en primer lugar; algunos señalan que en este período, en lugar de una separación entre Partido y Estado, se creó una estructura paralela en manos del Partido, con una mayor injerencia y dictadura por parte de este, etc. Trastrocando épocas, según entiendo, hay quien señala que en dichos años  se originaron muchos de los problemas que todavía tenemos en el sistema ambiental, debido a la decisión de producir caña a toda costa y expandir el área agrícola indiscriminadamente.

Antes de proceder a desarrollar más en extenso nuestros apuntes y consideraciones me parece útil hacer algunas precisiones y aclaraciones iniciales que pueden ayudar a un mejor y más acotado análisis de lo ciertamente acontecido en los años 70 del siglo pasado, y delimitar lo ocurrido en determinadas esferas y, en general, en lo institucional, político y económico, así como los hechos y conceptos que realmente corresponden a esos años y los que ocurrieron y provienen de etapas anteriores, aunque su presencia y sus rezagos y efectos penetraron y subsistieron en el nuevo período.

Cierto es que en esa década, sobre todo en sus primeros años, rigieron políticas y se produjeron acciones en el terreno de la creación artística y difusión cultural, y también en el de la ciencias sociales, que incluyeron prohibiciones, intimidaciones, aislamientos y bloqueos burocráticos que afectaron el desarrollo, la obra y el trabajo de numerosos intelectuales y, lo que es quizás más significativo y trascendente, dejaron heridas y cicatrices en los afectados, difíciles de olvidar.

Esto último tal vez sea la explicación de por qué se produce la tendencia a generalizar y extender, injusta e indebidamente, los calificativos negativos a todas las esferas y a todo lo ocurrido en ese período del siglo pasado.

Una primera precisión sería la de tener en cuenta que, en el terreno de las ciencias sociales —en el que ciertamente se practicó una política ortodoxa, dogmática y excluyente que afectó a sus profesionales y a la universidad—, ello ocurrió en el área de la filosofía y la sociología; paradójicamente, con respecto a la ciencia social más importante, la economía, se produjo lo contrario: un rescate y un desarrollo a partir del ostracismo, subestimación y virtual eliminación de esta ciencia y de la contabilidad, que habían tenido lugar a finales de los años 60, tanto en la práctica social como en los estudios universitarios.

En cuanto al desarrollo de una economía socialista estatista, altamente centralizada y manejada de manera vertical, fue una práctica que se aplicó y ejerció desde las primeras confiscaciones en 1959 y nacionalizaciones en 1960, como la única manera posible de intentar dirigir y gestionar la actividad de las grandes empresas de capital extranjero y nacional que pasaron, en corto tiempo, a manos del Estado cubano en su carácter de representante de la nación y del pueblo, en circunstancias iniciales de falta de cuadros técnicos y empresariales con experiencia en administrar negocios y de permanente cerco, bloqueo, sabotajes y agresiones por parte del enemigo.

Esta práctica se fue acentuando gradualmente en los años siguientes con la aplicación de la segunda Ley de Reforma agraria en 1963 y con el Sistema Presupuestario de Financiamiento adoptado en la industria de 1962 a 1966, cuya característica era la máxima centralización en la dirección y gestión de la producción en las empresas consolidadas estatales.

Alcanzó su punto culminante en el quinquenio siguiente, en particular cuando, en el año 1968, bajo la llamada Ofensiva Revolucionaria, se estatalizaron todas las actividades privadas y por cuenta propia que todavía existían (con excepción de los campesinos y una pequeña cantidad de transportistas): unos 60 000 pequeños centros de producción y servicios, que incluyeron hasta los sillones de limpiabotas y los carritos ambulantes de granizado.

Tuvo un remate adicional en la agricultura, a finales de los 60 y comienzos de los 70, cuando, abandonada desde hacía tiempo la vía de la cooperativizacion en el campo, se desarrolló la política de ir incorporando a los campesinos a empresas estatales a través de los llamados planes especiales, integrales y dirigidos.

Independientemente de la explicación y justificación en su origen que tiene esta forma de organización y dirección de la propiedad económica, y de las virtudes y pecados que se le puedan señalar, lo indudable es que no fue resultado de los años 70 ni de la afiliación al CAME.

El Partido Único surgió desde los primeros momentos, ante el total desprestigio y consiguiente desaparición de los partidos tradicionales y ante la necesidad vital de establecer la más estrecha unidad y, por tanto, reunir en una sola a todas las organizaciones revolucionarias que habían participado en la lucha y el triunfo de la Revolución, para poder enfrentar con éxito las agresiones cada vez más intensas del imperialismo y de la contrarrevolución interna, unidad que se produjo por la coincidencia en ideas y por iniciativa espontánea de dichas organizaciones.

Aunque no hubiese existido el antecedente del partido de Lenin y del de Martí ni el de la experiencia de los países socialistas de entonces, el partido único, como forma de asegurar la acción unida de todas las fuerzas revolucionarias, fue una necesidad objetiva impuesta por las circunstancias de la lucha en aquellos primeros años y una decisión acertada.

Luego, al estructurarse orgánicamente este Partido hasta denominarse comunista, en octubre de 1965, sin dudas se fue haciendo, aunque con aportes y particularidades propias, a partir de la experiencia de los demás partidos comunistas.

Su fusión y confusión con el Estado y el gobierno se desarrolló en el quinquenio 1966-1970, apartándose de las orientaciones dadas por Fidel y el Che desde los primeros instantes de creación de las ORI y el PURSC, referidas a la necesaria separación entre las dos instituciones.

Esta fusión y confusión se fue produciendo por la concepción equivocada de que Estado, Partido y gobierno debían ser una misma cosa y evitar paralelismos que se entendían innecesarios.

Sobre tal base conceptual se crearon, a nivel central, los llamados sectores de la producción y los servicios, al frente de los cuales se designaron compañeros del más alto nivel y autoridad revolucionaria, que actuaban como jefes máximos dentro de los mismos, tanto del gobierno como del Partido y de los sindicatos. En las seis provincias existentes entonces, la fusión y mezcla de las tres entidades se subordinaba a los Primeros secretarios del Partido o, eventualmente, a los Delegados del Buró Político en el caso de algunas regiones especiales. En la base, esta mezcla se organizaba en lo que se llamó Familias comunistas, Destacamentos y Movimientos de avanzada.

No es tampoco este, por tanto, un rasgo de los años 70.

En cuanto a los mencionados daños al medio ambiente derivados de la tensión sobre la naturaleza, e independientemente de que los años 70 no estén libres de culpas en este sentido, deduzco que el planteamiento se deba a una confusión en cuanto a fechas históricas, pues fue en años previos a 1970 cuando se tensaron todas las fuerzas y se intensificaron las siembras de caña para lograr la meta de los 10 millones de toneladas de azúcar. En 1967 se organizó la Brigada Invasora de equipos pesados Che Guevara, que recorrió el país para limpiar los campos de marabú, pero que también desbrozó el paisaje de palmas, árboles maderables y frutales de prolongado ciclo de crecimiento y maduración productiva, para crear las condiciones que necesitaba la agricultura altamente mecanizada y tecnificada que se pensaba desarrollar. Entre 1967 y 1969 se desarrolló, en los alrededores de la capital, el denominado Cordón de La Habana, con secuelas nada favorables para los campos, sin que se lograran los objetivos propuestos. Considero que fueron estos años y no los 70 los que se destacaron particularmente en afectaciones al medio ambiente.

Como expresé en Último Jueves, después de la primera etapa de profundos cambios que siguió al triunfo de la Revolución, desde 1959 y hasta 1961 en que se declaró su carácter socialista, los años 70 son los de mayores y más abarcadoras e integrales transformaciones de todo el proceso revolucionario hasta nuestros días. A diferencia de las de los primeros años y con ventaja sobre aquellas, se hicieron en forma de sistema, obedeciendo a una secuencia predeterminada y su naturaleza y esencia fue la de iniciar un proceso descentralizador, democratizador y estabilizador como no se había hecho antes, que le diera cobertura a todos los ámbitos de la vida institucional, económica y social del país, de acuerdo con las circunstancias históricas tanto nacionales como internacionales de aquellos momentos, y ha sido la época que más avances se tuvo en todos estos ámbitos.

Dentro de ese período, y como componente fundamental del mismo, tuvo lugar el Primer Congreso del Partido, a finales de 1975, el evento más importante y trascendente de la Revolución después de 1959 o, por lo menos, llamado a serlo. Y si no lo ha sido completamente, es porque las ideas y concepciones que llevaron a él, que se plasmaron en sus documentos preparatorios, en sus tesis, acuerdos y resoluciones, y las perspectivas que a partir de ellas se abrían, fueron descuidadas, abandonadas, engavetadas, deformadas, tergiversadas y contravenidas en la práctica de años posteriores. (Ver Informe Central de Raúl al VI Congreso en abril del 2011 y clausura de Raúl a la Primera Conferencia Nacional del Partido en enero de 2012).

Ello se debió, en parte, a la falta de capacidad, tenacidad, sistematicidad, seguimiento, exigencia y control en su aplicación (Idem) pero en gran parte también a que algunas de las ideas y concepciones aprobadas, sobre todo en el terreno de la dirección y gestión económicas, no gustaban lo suficiente ni satisfacían y convencían a plenitud a toda la dirección del país en aquellos momentos, que las aceptó y aprobó con reservas y desconfianza desde un inicio (Ver entrevista a Fidel concedida al periodista colombiano Antonio Caballero y publicada en la revista española “Cambio 16” de junio de 1990), debido a las similitudes que tenían con los sistemas de dirección económica que se aplicaban en los países del CAME y a las advertencias que había dejado escritas el Che respecto a los riesgos que los mismos representaban para el futuro del socialismo.

Estas reservas y desconfianza llevaron a que todos los incidentes, tropiezos y errores que se producían en la aplicación del Sistema de Dirección de la Economía aprobado por el I Congreso, fueran seguidos con mucha cautela y muchos prejuicios y —alimentados por los hechos y tendencias negativas que comenzaron a manifestarse en los países socialistas europeos, incluyendo a la Unión Soviética, a mediados de los 80 como presagios de su posterior desmoronamiento— afloraron con fuerza en el discurso y el curso de los acontecimientos en nuestro país en la segunda mitad de esa década lo cual tuvo una influencia determinante en la opinión desfavorable que se formó y que aún en parte se mantiene acerca del período que analizamos.

Antecedentes

En su famosa carta al uruguayo Carlos Quijano, en marzo de 1965 y que fuera editada bajo el título de El socialismo y el hombre en Cuba, el Che planteaba que:

“En la imagen de las multitudes marchando hacia el futuro, encaja el concepto de institucionalización como el conjunto armónico de canales, escalones, represas, aparatos bien aceitados que permiten esa marcha [ [...]] Esta institucionalidad de la Revolución todavía no se ha logrado. Buscamos algo nuevo que permita la perfecta identificación entre el Gobierno y la comunidad en su conjunto, ajustada a las condiciones peculiares de la construcción del socialismo.”

Unos meses más tarde, el 28 de septiembre de ese mismo año con motivo del V aniversario de los CDR, Fidel expresaba:

“Nuestra Revolución tiene necesidad de concluir la organización en todos los niveles del Partido. Nuestro Partido necesita ya su Comité Central [...] y vayámonos preparando para nuestro Primer Congreso que deberá llevarse a cabo a finales del próximo año. Y algo más: debemos empezar a preocuparnos para elaborar la Constitución de nuestro Estado socialista.”

En ese mismo discurso y en otras intervenciones que hizo en días inmediatos posteriores durante las reuniones que concluyeron con la constitución del primer Comité Central (CC) del Partido el día 3 de octubre, Fidel abordó la necesidad de organizar el poder local en el transcurso del próximo año y con tal motivo manifestaba que la administración local:

“…el primer beneficio que nos va a traer a nosotros es la descentralización de todas las funciones que deben estar descentralizadas y la administración por las localidades de todas las funciones que pertenecen a la esfera local [...] No hay forma de atender esos problemas desde un organismo centralizado [...] por muy informados que estén los organismos, por muy capacitados que sean los organismos de planificación.”

Entre las Comisiones creadas al constituirse ese primer Comité Central estuvo la de Estudios Constitucionales, presidida por el compañero Blas Roca y encargada de preparar, entre otras normas jurídicas, un proyecto de Constitución.

Los propósitos manifestados por el Che y anunciados por Fidel en esos meses finales de 1965 se vieron obstaculizados e interrumpidos por diversos acontecimientos que ocuparían la atención de la dirección del país en los siguientes cinco años.

Desde la segunda mitad de 1965 y hasta 1967 transcurrió la odisea de las heroicas luchas del Che, primero en el Congo y luego en Bolivia, hasta su muerte en octubre de 1967 y, vinculado a ello, la organización de movimientos mundiales de solidaridad incluyendo eventos de tanta envergadura como los de la Tricontinental, la OSPAAAL y OLAS.

En el acontecer interno de la Revolución en esos años se hicieron más frecuentes los ataques desde lanchas piratas y aviones y desde la Base naval de Guantánamo así como desembarcos contrarrevolucionarios, secuestros de barcos y un nuevo enfrentamiento con la microfracción que concluyó en los primeros meses de 1968.

Pero, además, la dirección del país en ese quinquenio final de los años 60 estuvo concentrada en el titánico esfuerzo de crear una base económica sólida, tomar todas las medidas y ejecutar las acciones necesarias para lograr una zafra de diez millones de toneladas de azúcar en 1970 y alcanzar avances también extraordinarios en otras ramas con énfasis en la producción agropecuaria y, simultáneamente, dar pasos de alto contenido político e ideológico en la educación de las masas, que permitieran, con la creación de esa fuerte sustentación económica y de un hombre nuevo, la construcción simultánea del socialismo y el comunismo en un breve tiempo.

1969 se denominó “Año del Esfuerzo Decisivo” y en él se inició una zafra de 18 meses, que concluyó a mediados de 1970 sin que se pudiera alcanzar la meta propuesta; se lograron solo 8,4 millones, lo que, no obstante, ha resultado la zafra más grande de toda la historia de Cuba. Debe decirse, en justicia histórica, que el objetivo de producir diez millones de toneladas de azúcar no debe calificarse superficialmente como una idea descabellada y peregrina en aras de lograr una meta histórica por simple espectacularidad política. Cuando se llegó, en 1963-1964, a la conclusión de plantearse este propósito (derivada de conversaciones y acuerdos preliminares con la URSS sobre un alto monto de ventas y precios ya privilegiados para el azúcar), este producto era el único recurso exportable del país que podría incrementarse en magnitudes significativas, en un tiempo relativamente corto. Por tanto, resultaba la única vía económica lógica para lograr ingresos por exportaciones que permitirían costear y sostener en lo adelante los programas sociales de educación y servicios médicos gratuitos y los demás saltos de justicia social que se habían dado para responder a las exigencias y expectativas históricas básicas y a las promesas hechas en el programa del Moncada, por las que el pueblo se había entregado de lleno a la lucha revolucionaria y sin lo cual no era posible mantener el consenso y el apoyo a la Revolución. Esos ingresos permitirían, además, cubrir las importaciones de los medios básicos e intermedios y los bienes de consumo necesarios para dar respuesta en general a los requerimientos de nuestra subsistencia y aspiraciones de desarrollo.

En la práctica se trataba de avanzar gradualmente desde los 3,9 millones de toneladas que se produjeron en 1963 (la zafra más baja de aquellos años), a razón de menos de un millón de toneladas por año, durante siete años, hasta llegar a los diez millones en 1970, de los cuales cinco millones eran para exportar a la Unión Soviética. En 1964 se hicieron 4,5 millones y en 1965 se produjeron 6,2 millones, lo que apoyó la verosimilitud de lograr el objetivo planteado: se había crecido a razón de más de un millón anual y restaba solo por aumentar cuatro millones en cinco años, a razón de 0,8 por año, teniendo además como precedente que bajo el capitalismo, en 1952, se había hecho una zafra de 7,3 millones de toneladas de azúcar con variedades de caña de inferior calidad, en cuanto a tiempo de maduración y rendimiento que las que se disponía ya a mediados de los años 60.

La extraordinaria movilización de personas de la ciudad hacia el campo, la gran concentración de recursos en los esfuerzos para lograr la meta planteada y la transferencia no siempre bien organizada de medios previstos y necesarios para otros destinos de producción y servicios, así como su uso vertiginoso y atropellado y determinadas medidas tomadas en la dirección y gestión económica preñadas de subjetivismo y voluntarismo, trastornaron toda la vida económica y social del país, crearon grandes desequilibrios en el resto de la economía nacional y condujeron a esta en su conjunto a un significativo retraso.

No es posible determinar hasta qué punto la situación general creada al arribar a 1970 fue causada por la colosal concentración de esfuerzos y recursos en tratar de lograr los diez millones y hasta qué punto es imputable a la cuota de responsabilidad que tuvieron en ello la política y las medidas tomadas a partir de 1965 en la esfera de la dirección y gestión de la economía, y algunas otras metas de producción y consumo que sí fueron, en gran parte, peregrinas y descabelladas.

Menos en la producción de caña y de azúcar, casi todas las demás actividades de producción y servicios, con unas pocas excepciones, experimentaron un significativo estancamiento o retroceso en sus niveles de actividad y eficiencia.

El sector agropecuario, a pesar de que en los años 68-70 recibió anualmente cuatro veces más fertilizantes y dos veces más plaguicidas que en 1965, decayó en la agricultura no cañera y en la ganadería. La producción de viandas tuvo sus peores años en 1970 y 1971, y en 1975 todavía era inferior a la de 1966. La producción de vegetales solo en 1974 pudo recuperar el nivel de 1964 y la de frutas, en 1972 fue que recuperó el nivel de 1961.

La productividad neta del trabajo en general (a pesar de haberse producido la zafra más alta de la historia) fue, en 1970, 2% más baja que en 1965, y en las construcciones 44% más baja que en 1961. En la industria, decreció a 2,5% anual, en el transporte en 7,6% y en las comunicaciones 3,9% anual. (“Reconstrucción y análisis de las series estadísticas de la economía cubana 1960-1975” concluidas en 1977 por el INIE adjunto a la JUCEPLAN).

El noble y justo empeño de tomar por asalto el cielo del socialismo y el comunismo de manera simultánea y en tan breve lapso no pudo ser logrado por resultar demasiado utópico e idealista, en el impaciente intento de convertir en realidad los sueños de la Revolución, considerando equivocadamente que la voluntad, los deseos y las intenciones de los hombres pueden estar por encima de los hechos y posibilidades objetivas, como reconociera Fidel en su Informe al Primer Congreso.

Pero el impacto de la frustración no anonadó ni arredró a la dirección del país, que hizo un análisis realista y rápido de las experiencias tenidas e inició y orientó de inmediato un valiente, enérgico y decidido proceso de rectificación que desarrollar en los años siguientes, que no por rápido e intenso dejó de ser realizado como resultado de un detenido y profundo examen, en primer lugar, de lo sucedido hasta ese momento en el país.

Naturalmente, se tuvieron en cuenta también, como referencias, las experiencias que se conocían de los demás países socialistas, así como los criterios que varios autores y estudiosos de otros países habían escrito sobre la construcción del socialismo.

Todo ello fue sometido al análisis más riguroso que era posible en aquellos momentos, para tomar en cada caso lo que se entendiera útil y desechar lo que no lo fuera, sin lanzarse a una copia o calco burdo de ninguna experiencia ajena, sino partir de las propias, de todo lo bueno y útil que se había creado y acumulado, e injertarle lo que de las experiencias y criterios foráneos pudiera ser aplicable y adaptable a las condiciones concretas de nuestro país, en las circunstancias internas y externas de aquellos momentos y hacerlo, además, “con mucho cuidado y con un criterio más bien conservador”, como explicara Fidel en su Informe al Primer Congreso. Y —algo muy importante— sin que lo que se iba pensando, concluyendo y decidiendo estuviera subordinado a ningún compromiso económico ni ideológico con el CAME ni con ninguno de sus países integrantes, algo que ha sido característica esencial y permanente de la política y la conducta siempre soberana e independiente de nuestra Revolución, aun en momentos en que han estado en juego la vida y los destinos del país.

Los acuerdos con la URSS en aquellos años y el ingreso al CAME solo fueron una feliz coincidencia: representaron ciertamente muchas ventajas y crearon nuevas condiciones favorables para lograr, en lo económico, lo que se persiguió con la meta y el esfuerzo por los diez millones, manteniendo al azúcar como el producto líder de exportación.

El proceso de los 70 debe entenderse simplemente como una continuación de lo que había quedado interrumpido desde 1965 y como un intento de “escarmiento por cabeza propia” de los errores cometidos hasta 1970, y de crear, en lo interno, las condiciones complementarias que nos permitieran un aprovechamiento eficiente de los recursos que podríamos obtener del CAME, así como dar respuesta, de una manera realista y gradual, con producción y exportaciones suficientes, a lo que la nueva situación nos ofrecía.

Continuará …

No hay comentarios:

Publicar un comentario