jueves, 10 de marzo de 2016

ÉRASE UNA VEZ LAS TABLAS

Jorge Gómez Barata

Tal vez en la política no exista un ejercicio tan paradójico como pactar tablas. Quien las propone lo hace porque ganar no es la única opción, y quien las acepta obvia el riesgo de no conseguir nada y se ahorra el estrés que supone una batalla sin salida. Para Cuba, que nunca soñó con vencer a los Estados Unidos, tablas está bien.

Barack Obama, quien parece comprender que su país tampoco gana mucho y necesitaría actos barbaros para torcerle el brazo a Cuba y decidió descontinuar la política que por más de cincuenta años desplegaron diez de sus predecesores. Raúl Castro aceptó la mano que por primera vez empuñó, no un garrote ni una zanahoria, sino un ramo de olivo. El pragmatismo condujo a la Habana.

A diferencia de la anterior visita de un presidente norteamericano a Cuba, ocurrida 88 años atrás, y pletórica de agasajos, la de Obama es la de un sobrio contendiente que se aproxima a un adversario que puede volver a ser vecino. La plaza sitiada hasta la víspera, lo recibe con los cañones enfundados y las opciones abiertas.

Se trata de rudos adversarios por más de cincuenta años que, con la misma determinación con que se enfrentaron en el pasado, mediante el diálogo y las acciones afirmativas, dan pasos al encuentro para comenzar a desmontar una confrontación, que tal como reconoció Barack Obama, perdió sentido. Raúl Castro ha sido receptivo.

Pese a la vecindad y las asimetrías, o quizás debido a ellas, el desencuentro entre Estados Unidos y Cuba dio lugar a una sucesión de conflictos que dura siglos. El más reciente fue abierto con el triunfo de Fidel Castro en 1959, la instauración del socialismo, y la alianza con la Unión Soviética, y llegó a ser antagónico e insoluble. Bahía de Cochinos y la Crisis de los Misiles de 1962 fueron los episodios más difíciles. Si bien no es agua pasada, tampoco mueve molinos. 

Hace ochenta y ocho años que un presidente americano no recala en La Habana, son demasiados, y ello tal vez hace más notables las diferencias entre el país y el pueblo que conoció Calvin Coolidge, y el que encontrará Barack Obama.

El primero alternó con una clase política criolla, proveniente en su mayoría de la alta oficialidad del Ejército Libertador, y con apenas un cuarto de siglo de experiencia republicana; mientras la de hoy ha transitado un largo e intenso camino de búsquedas, reveses y conquistas, vivido experiencias magnificas y traumáticas, y está lista para acomodarse en un peldaño superior.

Estados Unidos puede dar a Cuba lo que necesita: libertad para comerciar y producir, y paz para vivir, lo demás es asunto de los cubanos. Seguro lo resolverán, y sus vecinos vivirán para verlo. Ojalá todos disfruten los buenos momentos que se arriman. Amen.

La Habana, 10 de marzo de 2016


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