domingo, 3 de abril de 2016

¿DÓNDE ESTA EL ERROR?

Jorge Gómez Barata

Aunque en Europa, Estados Unidos y otros países la cohabitación originada cuando los poderes ejecutivos y legislativos son ejercidos por partidos diferentes, da lugar a problemas prácticos, no suele conducir a antagonismos ni debilitan el sistema político, sino que justifican la pertinencia de la separación de poderes. No ocurre así en América Latina. 

Entre las complejidades del proceso latinoamericano, principalmente allí donde se han establecido gobiernos de izquierda, figuran los conflictos de legitimidades que, entre otras cosas, revelan la inmadurez del sistema, incapaz de funcionar con eficiencia y armonía en aras de los intereses nacionales, y con las reglas sobre las cuales se han fundado. 

Si bien es cierto que los gobiernos de Venezuela, Brasil, Ecuador y Bolivia son encabezados por mandatarios legítimamente electos, también son institucionalmente legales los parlamentos y tribunales que los confrontan. Curiosamente unos y otros son electos prácticamente por las mismas personas.

Aunque las fuerzas reaccionarias de esos y otros países cuentan con el apoyo mediático de la derecha, que ejerce un férreo monopolio, y tienen además importantes apoyos externos, lo cierto es que, a pesar de conspiraciones, manipulaciones, agresiones, guerras económicas y amenazas, los mandatarios de izquierda reiteradamente logran mayorías electorales.

Todos los presidentes latinoamericanos de izquierda, allí donde el proceder es legal, han sido reelectos. Algunos han logrado enmendar las constituciones para hacerlo, y en casos como el de Uruguay, líderes como Tabaré Vázquez se reciclan luego de recesar un período.

Con todos los elementos en contra el chavismo ha ganado alrededor de veinte consultas electorales en Venezuela. En Brasil Lula cumplió dos períodos, y Dilma Rousseff también fue reelecta. Lo mismo ocurrió con los Kichner en Argentina, con Evo Morales en Bolivia, y Ortega en Nicaragua.

 Ninguna campaña propagandística ni acciones de otro tipo, impidieron a las mayorías llevar al poder a quienes mejor representaban sus intereses. En honor a la verdad, han sido las masas latinoamericanas, es decir los electores, los que haciendo uso del voto han desplazado del poder a las oligarquías, y entronizado la democracia, que ha sido aprovechada por las izquierdas y los gobernantes progresistas para aplicar sus programas.

La izquierda latinoamericana ha sido perseguida, reprimida, y aislada por las fuerzas reaccionarias internas y externas, pero ello no explica la incapacidad y la falta de eficiencia que en muchos lugares, a pesar de cumplir programas de beneficio popular, no logran consolidar sus conquistas, y lejos de hacerse más fuertes se tornan  vulnerables.

Aunque el hecho de llegar al poder por vía electoral en un momento determinado no significa que la izquierda detentará para siempre esa función, no hay razones externa que por sí solas expliquen concluyentemente los fenómenos de pérdida de popularidad de algunos líderes y movimientos que incurren en errores que los separan de las bases que los eligieron.

No es buena práctica atrincherarse en buscar las causas de esos fenómenos negativos solamente fuera del desempeño propio, eludir el examen autocrítico, aplazar una y otra vez el estudio a fondo de las estrategias políticas, para determinar por qué el fenómeno se repite prácticamente en todas partes, y adoptar medidas para impedir que ocurran una y otra vez.

La izquierda necesita además que crear foros y órganos eficaces para examinar y divulgar sus experiencias, colegiar tácticas, y encontrar fórmulas eficaces para ejercer el poder y asumir los cambios coyunturales. Allá nos vemos.

La Habana, 03 de abril de 2016


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