sábado, 9 de abril de 2016

Movimientos indígenas y participación política

Ollantay Itzamná

Analizan la participación política de indígenas en México, Guatemala y Ecuador. Foto: ONU/Eskinder Debebe

En Abya Yala, en las últimas décadas, en especial a raíz del reconocimiento jurídico de los derechos de los pueblos indígenas, y la “conmemoración” del quinto centenario de la invasión-colonización europea, muchos/as indígenas hemos acelerado nuestros procesos de reconstitución identitaria y territorial como pueblos.

A tal punto que, en la presente década, los diferentes movimientos sociales en defensa de la tierra-territorio, el agua, los bosques, y demás bienes comunes, están dinamizados y/o acuerpados por sectores indígenas organizadas en resistencia.

En países como México, Guatemala, Ecuador, Perú, Bolivia …, con altos porcentajes de población indígena, los actuales movimientos sociales son movimientos de organizaciones indígenas. Pero, en ninguno de estos casos, con excepción de Bolivia y Ecuador, estos movimientos lograron convertir su mayoría demográfica en mayoría política. Es decir, no lograron espacios significativos en la administración de los estados.

En México, Guatemala, Perú, países con población mayoritaria indígena, los movimientos indígenas no hemos logrado ni tan siquiera tener una organización política propia (bajo nuestro control) para participar electoralmente y disputar el poder político monopolizado por los ricos. Los casos de Bolivia y Ecuador son diferentes.

Si no tenemos un instrumento político (organización política propia), los movimientos indígenas, por más que poblacionalmente seamos mayoritarios, jamás podremos acceder a los espacios de poder para transformar los estados coloniales.

Los partidos políticos tradicionales, tanto de la derecha, como de la izquierda, en el marco de sus parámetros y limitaciones culturales e ideológicas, jamás nos asumirán como sujetos plenos de derechos. Mucho menos como potenciales gobernantes o tomadores de decisiones para reconstruir nuestros destinos como pueblos autónomos e interdependientes.

Para el pensamiento occidental, sea liberal o socialista, el sujeto político ideal siempre será el individuo ilusionado por el espejismo de la modernidad, ansioso del desarrollo suicida, preso de la razón lineal utilitarista, deseoso de los títulos y privilegios individuales. Por eso, los partidos políticos, lejos de promover la homeostasis o bienestar de la comunidad, premian y generan nuevas élites de privilegiados a costa de las mayorías históricamente empobrecidas.

Los movimientos indígenas no logramos construir nuestro instrumento político propio, y convertir nuestra mayoría demográfica en mayoría política, porque aún subsistimos colonizados política y electoralmente. No en pocos casos, las ONGs, las agencias de cooperación internacional, las iglesias, entre otras, fijaron en nuestros imaginarios la errónea idea de: “Para ser un movimiento genuino debemos mantenernos apolíticos”.

Muchos/as de nuestras hermanas/os que lograron acceder a los espacios de poder por elección popular, mediante partidos políticos de izquierda y/o de derecha, reproducen y encumbran los vicios de la política electoralista corrupta como virtudes políticas. De este modo, ellos/as, lejos de estimular o promover procesos de decolonialidad política o de acompañar esfuerzos de articulación de instrumentos políticos de liberación, terminan afianzando la apatía política en los movimientos indígenas.

En Guatemala, Perú o México, las y los indígenas en espacios políticos no logramos superar el culturalismo o folclorismo político  (exigiendo cuotas o dádivas al Estado blacoide y racista). Demandamos superficiales reformas al Estado, más no promovemos procesos de transformaciones estructurales. Hablamos de incidencia política, más no de autodeterminación de los pueblos indígenas. Demandamos desarrollo y reformas agrarias (sin redistribución de tierras), más no la restitución de nuestros territorios ancestrales, ni el buen vivir para todos. Hablamos de resistencia social, más no de la construcción del poder político. Mucho menos de la resistencia y/o subversión económica (cambio de los patrones de consumo).

En otras palabras, a los movimientos indígenas, el sistema neoliberal y los estados coloniales nos siguen definiendo la agenda. Ellos deciden qué y cómo debemos demandar y qué no. Hace falta, pues, atrevernos a engendrar nuestro propio brazo político, similar a lo que hicieron en Bolivia, y transitar de la resistencia social hacia la construcción del poder político horizontal y ascendente. 

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