martes, 3 de mayo de 2016

+ CAMBIOS EN CUBA

Jorge Gómez Barata

A propósito de un reciente evento, comenté: “El papa Francisco, único mandatario extranjero con derecho a nombrar funcionarios públicos en Cuba, accedió a liberar de su cargo por edad a Monseñor Jaime Ortega Alamino, Obispo de La Habana, y Cardenal de Cuba, nombrando en su lugar a Monseñor Juan de la Caridad García Rodríguez, hasta la víspera Arzobispo de Camagüey…”

―Te equivocas ‒comentó alguien con quien compartí la información‒. El obispo no es un funcionario público, como tampoco la Iglesia puede ser calificada como tal. En Cuba el estado es laico, las entidades religiosas son independiente de cualquier estructura terrenal y la fe constituye un asunto privado de los ciudadanos.

Con pocas palabras mi interlocutor invocó los argumentos mínimos para de modo genérico e impecablemente correcto, aunque reduccionista, definir a la Iglesia, su institucionalidad y su papel en la sociedad. No obstante tales términos son difícilmente aplicables a Cuba donde no hace mucho todo cambió, y hoy vuelve a modificarse. Esa dinámica no excluye a la Iglesia Católica y su papel en la vida social.

Obviamente, en Cuba, los obispos no son “funcionarios públicos”, aunque sí “servidores públicos”, condición asumida con responsabilidad, eficiencia y modestia por Monseñor Jaime Ortega, quien se involucró en asuntos nodales de la sociedad y la nación cubanas, trabajó por su solución, aportó cuotas de esfuerzo personal y con humildad, se abstuvo de celebrar como propios o de atribuir a la Iglesia éxitos que son nacionales, y ahora, a tiempo, da paso al costado y se jubila.

Bajo la guía de Ortega y el liderazgo de Fidel y Raúl Castro, la Iglesia Católica y el estado cubano, avanzaron al encuentro para, mediante el diálogo y las acciones conjuntas, solucionar las desavenencias surgidas con motivo del proceso revolucionario, las reacciones de la jerarquía eclesiástica, la entronización del ateísmo, y otros asuntos que pudieran considerarse de orden bilateral.

En ese contexto, el estado reformó la Constitución para restablecer el laicismo institucional, eliminando toda discriminación por motivos religiosos, entre otras la exclusión de los altos cargos parlamentarios o gubernamentales, incluso aceptando la pertenencia al Partido Comunista.

A su vez, la Iglesia avanzó ocupando espacios y protagonismo en la estructura de la sociedad civil cubana, trabajando por devolver a la fe religiosa el lugar que ella misma se labra, a la vez que se implicaba en la colaboración con el liderazgo político cubano para gestionar y organizar las visitas de los papas a Cuba, avanzar en la solución del problema de personas detenidas y participar en los esfuerzos para concretar la normalización de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos.

La decisión papal, aceptada con beneplácito por todas las instituciones y personalidades eclesiásticas, coloca al frente del clero católico cubano a un hombre que a los 68 años es joven para los estándares locales, según se afirma un clérigo con definida vocación misionera y un auténtico “hombre de pueblo”, de pocas palabras, alejado de las querellas políticas, abierto al dialogo, de trato afectuoso y vida sencilla. 

Ordenado en 1972 y consagrado obispo en 1997, monseñor Juan García es generacionalmente ajeno a las grandes desavenencias entre la Iglesia y el estado cubano. Según Linier Gonzáles, un activista laico: “…Con su nombramiento se cierra el ciclo histórico del viejo episcopado cubano…”

Con Ortega termina un período caracterizado por el deshielo, no solo entre la Iglesia y el estado, sino también entre Cuba y los Estados Unidos. La fórmula papal, entronizada por Juan Pablo II, durante su vista a la Isla en 1998: “Que Cuba se abra al mundo y el mundo a Cuba” está cumplida.

Ortega se jubila sin abandonar la escena pues, en calidad de cardenal, continuara siendo la máxima jerarquía del claro cubano. En cualquier caso es otro comienzo. Ojalá también sea para mejor. Allá nos vemos

La Habana, 03 de mayo de 2016


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