miércoles, 4 de mayo de 2016

RECETAS NO, ANTECEDENTES

Jorge Gómez Barata

Es imposible encontrar países con mayores contradicciones estratégicas que Estados Unidos y China. A la vez es difícil hallar economías tan interconectadas como las de esos países. Tampoco existen antecedentes de un reencuentro tan espectacular como el de Nixon y Mao Zedong. 

No hay manera de aquilatar las diferencias en cuanto a desarrollo económico y social, nivel de vida y proyección internacional de la China de las “comunas populares” y la que ha emergido de las reformas. Sin embargo, su perfil político, sus nociones acerca de la soberanía estatal y su proyección internacional, no se han alterado. Los chinos no han renunciado a su historia ni sus tradiciones, aunque tampoco han sido rehenes de ellas.  

La capacidad del sistema socialista y del Partido Comunista Chino para sobrevivir a fenómenos de la complejidad de la ruptura con el Kuomintang, aventuras como el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural, la confrontación con Taiwán, el conflicto con la Unión Soviética y divisiones internas con las que llevaron al poder a la Banda de los Cuatro, las sucesivas purgas y la victimización de Den Xiaoping, la gran figura de las reformas, evidencia una madurez que nunca logró alcanzar el poderoso Partido Comunista de la Unión Soviética.      

Haber prevalecido a esos y otros avatares, y reformado profundamente el sistema sin alterar sus esencias políticas, indican la existencia de un permanente y profundo debate ideológico y político, que nunca existió en la Unión Soviética ni en los partidos comunistas que ejercieron el poder en Europa Oriental.

Tal vez la búsqueda de una imposible unanimidad y homogeneidad ideológica que suprimió los debates internos y una aplicación a rajatablas del centralismo democrático que anula a las bases, explica el lamentable final de aquellos partidos y la supervivencia del PCCH.

Los partidos comunistas de China y Vietnam son los únicos de todos los que gobernaron en el siglo XX y alcanzaron el XXI, en los cuales la sucesión del liderazgo se realiza de modo sistemático y sosegado, pasando de un secretario general a otro y de una generación de cuadros a la siguiente sin sobresaltos. Desde la muerte de Mao Zedong, China ha sido dirigida por cuadros de seis generaciones representadas por: Hua Guofeng (1976-1981) Hu Yaobang, (1981-1987), Zhao Ziyang (1987-1989), Jiang Zemin (1989-2002), Hu Jintao (2002-2012) y Xi Jimping 2012…Ninguno ha gobernado más de diez años ni originado la más mínima ruptura. 

Cuba, que pasó por la experiencia de una temprana ocupación norteamericana y la sobrevivió, derrocó dos dictadores en la misma generación, se alió con la Unión Soviética y trata de triunfar donde aquella fracasó, está en camino de diseñar un modelo de sociedad apropiado a sus necesidades. Para ello, la isla no precisa crear nuevas estructuras, sino a hacer las existentes funcionales a los objetivos del socialismo, lo cual significa, preservar las conquistas básicas, responder a las demandas populares y adaptarse a las exigencias de la época.

La globalización, un fenómeno civilizatorio esencialmente positivo, impone cursos de actuación política coherentes. La única alternativa es avanzar hacia una sociedad contemporánea con la época, integrada a la economía global, abierta y prospera, sostenible e inequívocamente democrática, a la vez que política y socialmente cohesionada.

Paradójicamente, lo mismo que ocurrió con China y Vietnam, Cuba no puede alcanzar esos objetivos sin avanzar razonablemente en la normalización de las relaciones con los Estados Unidos, logrando el fin del bloqueo, lo cual no significa ceder soberanía ni abandonar principios, pero tampoco atrincherarse en dogmas y prejuicios.      

El debate en torno a la conceptualización del modelo de sociedad deseable y posible, propuesto por el VII Congreso del Partido, será una oportunidad única. Allá nos vemos.

La Habana, 04 de mayo de 2016


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