miércoles, 27 de julio de 2016

Fethullah Gülen ¿Halcón o Paloma?

Jorge Gómez Barata

Por segunda vez en la misma generación un clérigo musulmán exiliado es protagonista de movimientos políticos en su país de origen. El primero fue el ayatolá iraní Ruhollah Jomeini y el segundo, según el presidente de Turquía, es Fethullah Gülen.

En el primer caso se trataba de un imán chiita exiliado en Paris que capitalizó el descontento popular y con buena táctica aprovechó un movimiento de masas relativamente espontaneo y acéfalo contra el sha Reza Pahlavi y lo manipuló hasta lograr la renuncia del monarca. 

Nunca he creído que el pueblo persa, su juventud, intelectualidad, las clases trabajadoras y las mujeres de ese país que, obviamente se levantaron contra el sha, lo hicieran a favor del establecimiento de un estado teocrático. Siempre he visto con cierta reserva el concepto de “revolución islámica.

De hecho, entonces, Irán era el país más occidentalizado de todo el Oriente Medio, con estilos de vida a los cuales no se renuncia fácilmente para retroceder hacia prácticas retrogradas. En lugar de eso, puede haberse tratado de una coyuntura y un momento político hábilmente aprovechado por Jomeini y la jerarquía islámica para hacerse con el poder.
         
En el caso de Gülen, se trata del caso de un jerarca religioso turco de 75 años, sunita. Teólogo, erudito, profesor, novelista y poeta de éxito. Según la revista Foreign Policy uno de los cien intelectuales más importantes del mundo. Además, multimillonario, cuya fortuna procede de negocios financieros, universidades privadas, inmobiliarias y medios de comunicación.

Confesionalmente ecuménico, políticamente moderado, con acceso a las clases medias y sectores populares en Turquía, mantiene relaciones aceptablemente cordiales con cristianos y judíos y ha llegado a reunirse con alguno de los papas. Se mueve con soltura en los ambientes intelectuales estadounidenses e internacionales.

En Turquía se relacionó con Recep Tayyim Erdogan, con quien coincidió políticamente en la crítica y la oposición de aquello que consideraron excesos de la secularización y del laicismo y a cuyo partido asistió financieramente en los procesos electorales, gestión que le permitió entronizar a sus adeptos en la maquinaria política y estatal y aumentar su influencia.

La ruptura se produjo cuando alrededor de 2013, Gülen acusó a familiares y partidarios de Erdogan de corrupción, lo cual podía debilitar políticamente al entonces primer ministro. En tales condiciones, temiendo represalias, el clérigo viajó a Estados Unidos, fijando su residencia en Saylorsburg, Pensilvania desde donde dirige una fundación mediante la cual se vincula a la política local. Algunos estudiosos afirman que Gülen pudiera contar en Turquía con cerca de diez millones de seguidores.

 No es la primera vez que Erdogan lo acusa de atentar contra su administración y de fraguar golpes de estado y de haber construido una especie de estado paralelo del que se sirve para conspirar contra su administración. Aunque nunca lo ha hecho de modo judicialmente formal y presentando cargos concretos, el gobierno turco ha pedido Estados Unidos su extradición, cosa a la que es poco probable que ninguna administración norteamericana acceda.

El debate recién comienza y es probable que las acusaciones de Erdogan, lejos de debilitar a Fethullah Gülen, le sirvan como publicidad gratuita y aumenten su popularidad e influencia. Por Esto seguirá la historia. Luego les cuento. Allá nos vemos.

La Habana, 25 de Julio de 2016


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