sábado, 30 de julio de 2016

¿La evolución de Clinton?

Donde sus defensores ven adaptación, sus detractores identifican oportunismo y falsedad. Tras fracasar hace 8 años, la candidata demócrata logra la nominación con una línea más progresista

Clinton y su esposo (derecha), en la Convención Demócrata en Filadelfia. AFP / SAUL LOEB

EL PERIÓDICO  -  IDOYA NOAIN
FILADELFIA ENVIADA ESPECIAL
SÁBADO, 30 DE JULIO DEL 2016

«Entiendo que mucha gente no sabe qué pensar de mí». Hillary Clinton pronunció el pasado jueves en la Convención Demócrata en Filadelfia esta frase en el que por ahora es el discurso político más importante de su vida, en el que aceptó la nominación que le convierte en la primera mujer que aspira a la presidencia por uno de los dos grandes partidos de Estados Unidos. Y con esas palabras asumía uno de los mayores interrogantes que le rodean: ¿es, como creen sus defensores, una de las políticas más cualificadas de la historia del país, que ha ido aprendiendo y evolucionando o es, como denuncian sus críticos, una «oportunista» guiada solo por sus ambiciones y cálculos?

La propia Clinton usó el discurso para tratar de avanzar la primera opción. Hiló una narrativa que apuntaba a su capacitación para el cargo, desde por su compromiso vital con el trabajo a favor de mujeres y niños hasta por la experiencia que ha acumulado en sus 40 años en la vida pública y, sobre todo, en los últimos 15, cuando dejó la sombra de su esposo, el expresidente Bill Clinton, y arrancó como senadora por Nueva York su carrera política individual.

También usó esa línea argumental como la base de sus afiladas críticas a Donald Trump, al que acusó de ser «un hombre pequeño» que alienta «el miedo y la división» y para enmarcar en contraste a su rival republicano el 8 de noviembre sus propuestas políticas, las más progresistas que ha adoptado nunca.

DEL 2008 AL 2016

Es, no obstante, la adopción de esa agenda que parece sacada directamente de la campaña de Bernie Sanders (como el lenguaje que usa ahora), donde algunos ven señales de una falsedad que consideran endémica en Clinton y que explica en buena parte que dos de cada tres estadounidenses aseguren en las encuestas no confiar en ella.

Si se contrasta a la Clinton de hoy con la que fracasó en su primer asalto a la Casa Blanca en el 2008, entonces frente a Barack Obama, es innegable el cambio. Entonces era una candidata que, por ejemplo, no apoyaba el matrimonio gay, defendía políticas económicas neoliberales y la reforma del sistema penal impulsada por su esposo que superpobló las cárceles afectando desproporcionadamente a las minorías. Representaba, además, una voz halconiana en política exterior, que entre otras cosas, se negaba a sentarse a negociar con Irán. Pocas cosas le lastraron más entonces que su voto en el 2002 a favor de la guerra de Irak.

La Clinton de hoy es también distinta a la de los últimos ocho años. La exsecretaria de Estado de Obama que llegó a definir el tratado de libre comercio negociado con 11 naciones de Asia y el Pacífico como «el patrón oro» de esos acuerdos, ahora tilda de «injusto» el pacto, que es uno de los principales movilizadores políticos para los progresistas demócratas y también para Trump. Y la mujer que tras abandonar la jefatura de la diplomacia obtuvo parte de sus ingresos dando discursos generosamente retribuidos por grandes corporaciones que son también financiadoras de su campaña, ha tomado el testigo de Sanders en el discurso contra la influencia del «gran dinero» en la política de EEUU.

La propia Clinton ha pasado de presentarse como «una moderada centrista» a definirse como «progresista», aunque poniendo énfasis en su pragmatismo y su capacidad de «hacer cosas». Y demuestra su inteligencia política cuando, consciente de la necesidad de buscar el apoyo de los seguidores de Sanders, incluye en su programa propuestas del senador como la subida del salario mínimo pero sin especificar si luchará por los 15 dólares o se contentará con la subida a 12 que ella defendía.

LA CARTA DE SER MUJER

De lo que no hay duda es de que Clinton ha vivido, entre el 2008 y el 2016, una metamorfosis, se vea como evolución o como estrategia. Esta vez acepta la carta de género que representa su histórica nominación, algo de lo que huyó hace ocho años. Y se ha rendido a la importancia de realizar una campaña ordenada y con un fuerte apoyo en el análisis de datos, dos elementos que se le escaparon en el primer intento.

No puede quedarle duda de que sus giros serán explotados por la campaña de Trump. No será difícil recuperar las frases de Obama, que en 2008 dijo que ella representaba «lo peor de la política» y «diría cualquier cosa para ser elegida». Pero la candidata tiene sus armas. El antiguo rival le eligió como aliada en política exterior. Y, tras ocho años en la Casa Blanca, ahora le define como «la persona más cualificada que ha optado nunca a la presidencia».


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