domingo, 18 de septiembre de 2016

El Caballero de París, camina en bronce por La Habana

Editado por Nuria Barbosa León  -  RHC  -  18 de Septiembre de 16

Por Guadalupe Yaujar Diaz


José María Lledín era su verdadero nombre, pero para los cubanos “El Caballero de Paris”.

Se paseaba por las calles y viajaba en los ómnibus de La Habana, saludando a todo el mundo y discutiendo la filosofía de su vida, la religión, la política y los eventos del día con todo el que atravesaba su camino.

Somos muchos los habaneros que lo vimos deambular, durante años, por las capitalinas calles del Paseo del Prado, la Avenida del Puerto, en un parque cerca de la "Plaza de Armas"; cerca de la Iglesia de Paula; y en el Parque Central, donde algunas veces dormía en uno de los bancos; y solía caminar por la calle Muralla, Infanta y San Lázaro y por la esquina de 12 y 23, en el Vedado.

Mítico personaje, El Caballero de Paris, encarna uno de los peldaños más altos de esas leyendas de figuras callejeras, rodeado del folclore que forma parte de la historia capitalina de los últimos 50 años del pasado siglo.

De mediana estatura, menos de 6 pies, tenía el pelo muy largo y desaliñado, lucía barba y sus uñas eran largas y retorcidas por no haberse cortado en muchos años. Vestido siempre de negro, con una capa de igual color, incluso en el calor del verano. Siempre llevaba en las manos un cartapacio de papeles y periódicos, patrimonio de sus pertenencias, que parecía no querer desprenderse de ellos. Aunque los niños inicialmente le tenían miedo por su apariencia, pronto perdían el miedo y charlaban con él y tanto adultos como niños, le hablaban con mucho respeto.

Parte de sus delirios constituían su linaje cuando decía ser un gladiador, otras un corsario o un rey y hasta un emperador. Amable y locuaz solía contar con precisión las fechas de eventos ocurridos en pasadas épocas y disertaba de la nobleza si hubiera formado parte de ello, y tampoco eL narrar que en una ocasión compartió con su Santidad el Papa.

Muchas son las teorías que envuelven su apodo, una de ellas relata que lo obtuvo de una novela francesa, en otra ocasión dijo a su biógrafo que la gente empezó a llamarlo “El Caballero” en la Acera del Louvre, del Paseo del Prado; y quizás, en su mente, la Acera del Louvre equivalía a París. Él decía que La Habana era “…muy parisién”.

Lo cierto es que “El Caballero de Paris”, o José María Lledin, su verdadero nombre, nació en Fonsagrada, provincia de Lugo, en Galicia, España, el 30 de diciembre de 1899 y fue el único, de once hermanos que aprendió a leer y a escribir. Dicen que dedicó muchísimas horas a completar su educción, no pudo concluir sus estudios de Bachillerato, pero siempre prefirió la lectura y la buena música.

Llegó a Cuba sin haber cumplido los quince años de edad y trabajó en diferentes actividades, como suelen hacer los emigrados y se dice que trabajó como sirviente de restaurante en los hoteles Inglaterra, Telégrafo, Sevilla, Manhattan, Royal Palm, Salón A y Saratoga.

Se cuenta que perdió el equilibrio mental después de haber sufrido prisión en El Castillo del Príncipe en La Habana, de manera injusta por un delito que no cometió, tras su excarcelación y a partir de las primeras décadas del siglo XX comenzó a deambular por las calles devenido personaje popular que cambiaba de personalidad y que le acompaño hasta su muerte.

El 7 de Diciembre de 1977, cercano a sus 90 años, se le vio por las calles hasta que fue necesario internarlo en el Hospital Psiquiátrico de La Habana en las afueras de la ciudad, para tratar de mejorar su delicado estado mental. Su psiquiatra el Dr. Luis Calzadilla Fierro, último acompañante de sus días a quien llamo su fiel mosquetero dictamino que padecía de parafrenia, delirio imaginativo con confabulaciones y un deterioro no significativo de la personalidad.

La historia de vida está recogida en un libro del Dr. Luis Calzadilla Fierro, titulado Yo soy el Caballero de París publicado en el año 2000, en el que publica una copia fotográfica del certificado de nacimiento y la lista de entradas de pasajeros cuando él llegó a Cuba y una copiosa documentación hasta el reporte de su autopsia.

“El Caballero” confesó a Calzadilla que nunca se había casado, pero que tenía un hijo y una hija de una señora que era secretaria de una compañía azucarera. También le contó que su hijo vivía en Marianao y trabajaba en la radio, y que la madre e hija se habían ido de Cuba.

El 11 de julio de 1985, el caballero andante de las calles habaneras se despidió de este mundo, pero según se cree antes de partir recobró algo de lucidez.

Cuenta su doctor que, aquel día de su muerte, Lledín inició un curioso diálogo como si quisiera despedirse de él para siempre:

- Lo encuentro tranquilo, sereno, como alguien que al fin ha logrado la
paz consigo mismo. Buenas tardes, Caballero.

- Buenas tardes, Calzadilla. Te esperaba y por favor no me llames más
Caballero -contesta al saludo, en voz muy baja, casi inaudible (...).

- ¿Por qué no quiere que le llame Caballero? -preguntó curioso.

- Ya no soy el Caballero de París. Estos no son tiempos de aristócratas
ni de caballeros andantes.

- ¿Ya yo no soy tampoco, su fiel mosquetero? -preguntó.

- No, Calzadilla, desde hace años sólo eres mi fiel psiquiatra."

Estas y otras confesiones fueron registradas por el Dr. Calzadilla en su libro Yo soy el caballero de París y en cuya dedicatoria se puede leer: "A la memoria del loco más cuerdo que haya conocido jamás (...) de su psiquiatra y fiel mosquetero."

No importa su desaparición física de las calles pues quedan sus andanzas, ahora en el imaginario popular, en el recuerdo y en las leyendas de esa Habana que lo eternizó. Lo evocamos cada día los miles de transeúntes que podemos verlo o tocarlo, en una estatua de bronce, de tamaño natural, fruto del escultor José Villa Soberón, ubicada en las afueras del Convento de San Francisco de Asís, del Centro Histórico. La obra, iniciativa de Eusebio Leal Historiador de la Ciudad de La Habana lo reedita como un caminante.

No hay comentarios:

Publicar un comentario