lunes, 19 de septiembre de 2016

EL ESTADO ISLÁMICO, EL GATO Y EL CASCABEL

Jorge Gómez Barata

El 11 de septiembre de 2001 un ataque no convencional provocó a los Estados Unidos, que respondieron con las guerras de Afganistán e Iraq. Los talibanes fueron desplazados, y Saddam Hussein ahorcado, pero ello no significó el triunfo de la guerra contra el terrorismo, convertida en piedra angular de la política exterior de Estados Unidos que involucró a todas las potencias occidentales, la OTAN, y más recientemente a Rusia.

Pasados tres lustros cabe preguntarse ¿por qué el Estado Islámico, la más beligerante de todas las organizaciones terroristas, y que ocupa territorios en Siria e Irak, sobrevive? ¿Por qué los más poderosos ejércitos del mundo no logran derrotarlos? La respuesta es sobrecogedoramente simple. Ninguna de las grandes potencias, ni siquiera los países afectados, han hecho de su destrucción una verdadera prioridad.

IRAK

La antigua Babilonia quisiera derrotar al Estado Islámico, recuperar las ciudades y regiones en su poder, y liberar a sus poblaciones, pero no puede. EI estado nacido de la derrota de Hussein y de la ocupación estadounidense carece de coherencia política y fuerza para hacerlo. Durante años, una y otra vez sus esfuerzos en la lucha contra el Estado Islámico son socavados por la pugna confesional entre sunnitas y chiitas. Su ejército, creado desde cero por los ocupantes, se enfrenta a los restos del de Saddam Hussein, conocedores del terreno, de los teatros de operaciones locales, y con suficiente formación profesional.

SIRIA

Para el gobierno sirio, el Estado Islámico es uno más entre la miríada de organizaciones opositoras y terroristas que integran un polimorfo conglomerado de milicias insurgentes, todas financiadas desde el exterior, las cuales forman un amplio abanico de posiciones políticas e ideológicas, desde fundamentalistas cercanos a Al Qaeda, mercenarios, hasta oportunistas que desean desbancar a Bachar el Assad y apoderarse del poder. Contra ellos se libra una prolongada e intensa guerra. Las contradicciones en el bando aliado, y de ellos con el gobierno, han impedido el éxito.

RUSIA

Con el beneplácito de Damasco, Rusia se involucró en la guerra de Siria con la consigna de combatir al Estado Islámico, y pese a espectaculares acciones áreas, al parecer más mediáticas que eficaces, desde el principio sus bombardeos han alcanzado también las filas de otros opositores al gobierno del partido Baath, cuyo sostén pudiera ser el verdadero objetivo de Moscú. 

TURQUÍA

Obviamente, el Estado Islámico no es el más importante enemigo. Turquía que no solo ha pactado con los terroristas, traficado petróleo con ellos, sino que se involucra en las operaciones en el terreno para disponer de un pretexto que le permita confrontar militarmente a los kurdos, sirios, y turcos que, tanto en Siria como en Iraq, son quienes más firmemente han luchado contra el Estado Islámico.
 
Por su parte Arabia Saudita y las monarquías del Golfo, adversarios reconocidos del gobierno sirio y de Irán, y con fuertes reservas contra Irak, son los aliados menos confiables en la confrontación contra el Estado Islámico al que asisten financieramente. En la región nadie duda que el grupo terrorista cuenta con los recursos del petróleo del Golfo.

Poner fuerzas militares sobre el terreno y asumir las bajas que ello inevitablemente conllevará, es hoy una aventura inaceptable para Washington, Europa, Rusia y Ankara, lo cual choca con intereses geopolíticos inmediatos y estratégicos.

Existen razones para extrañar las viejas alianzas, la voluntad política, y la determinación de los líderes del pasado que como Roosevelt, Stalin y Churchill soslayaron diferencias, contradicciones, antipatías, incluso intereses para confrontar al fascismo, que como el Estado Islámico, aunque en otra escala, constituía una amenaza global.

Lo que ahora ocurre recuerda el dilema de ¿Quién le pone el cascabel al gato? De momento todos miran para otros lados y rehúyen responsabilidades, mientras los pueblos son masacrados por unos y otros. Allá nos vamos.

La Habana, 17 de Sept. de 16

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*Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente


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