jueves, 15 de septiembre de 2016

RIESGOS Y EXPECTATIVAS

Jorge Gómez Barata

En algunos países de América Latina la presencia del capital extranjero es un obstáculo para el desarrollo, mientras que en Cuba lo es su ausencia. Los inversionistas se alejaron de la Isla en los años sesenta, cuando las empresas extranjeras fueron nacionalizadas y Estados Unidos estableció el bloqueo, que ahora, cuando circunstancias y enfoques han cambiado, impide su retorno.

Con el capital extranjero parece ocurrir como con los virus y las bacterias, cuya presencia en los organismos vivos es necesaria en dosis apropiadas, pero cuando faltan o sobran el desequilibrio conduce a situaciones anómalas, como ocurría en la isla en los años cincuenta.

En esa década, gracias al control de alrededor del 90 por ciento de la producción minera, el 80 de los servicios públicos, 50 de los ferrocarriles, 40 de la producción azucarera, más de la mitad de las mejores tierras, y del 25 por ciento de los depósitos bancarios, los inversionistas norteamericanos eran los principales operadores de la economía cubana.

A ello se unió la subordinación de los gobiernos de turno, dictada no por la presencia de capital, sino por la desvergüenza de los gobernantes vernáculos.

En Cuba existe plena conciencia de que la inversión extranjera no es una panacea, aunque tampoco un purgante, ni necesariamente un elemento hostil a la su proyección socialista, sino una necesidad que promoverá la entrada de capitales, renovación de la tecnología, introducción de técnicas avanzadas de gerencia y acceso a mercados en condiciones ventajosas. 
 
No es posible evadir el hecho de que la naturaleza del sistema económico y político imperante en la Isla, plantea a los inversionistas extranjeros problemas estructurales con los cuales es difícil lidiar. El principal de ellos es la obligación del capital foráneo de interactuar, para todos los asuntos, con entidades gubernamentales.

No obstante, el principal obstáculo es el bloqueo norteamericano, con cuya desaparición se crearán rápidamente condiciones para revivir la banca privada extranjera, las instituciones foráneas de seguros y asistencias técnicas, las organizaciones privadas y estatales de publicidad, así como la expansión de las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones.

En un entorno de prosperidad económica y de aumento de la solvencia de los trabajadores, seguramente se expandirá y diversificará el mercado nacional, crecerá el consumo, y de alguna manera, aparecerán contrapartes nacionales, legítimas y legales.

La salud del sistema político, la eficiencia y probidad de las instituciones, la integridad de los obernantes y operadores económicos, así como la cohesión nacional en torno al proyecto socialista, no depende de empresarios nacionales o foráneos, sino de la existencia de estados fuertes y eficaces, identificados con su misión de asegurar el bien común, que es exactamente lo que no existe en la mayoría de los países de América Latina.    

Los inversionistas extranjeros que operan en China, Rusia, Japón, Alemania, Escandinavia, y en los propios Estados Unidos no son mejores ni peores de los que lo hacen en América Latina. La diferencia estriba que en aquellas latitudes no se les permiten las libertades que tienen en algunos de nuestros países. El problema no es de ellos, sino nuestro. Cuba está avisada, alerta, y preparada. Allá nos vemos.

La Habana, 13 de septiembre de 2016

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*Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente


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