sábado, 15 de octubre de 2016

POR QUÉ LOS GOBIERNOS PROGRESISTAS NO SE CONSOLIDAN (I)

Jorge Gómez Barata

A diferencia de lo ocurrido en Europa donde no hubo colonias, el desarrollo económico fue gradual, y los procesos políticos endógenos crearon condiciones para el fomento de las corrientes liberales y socialistas, así como estados regidos por una noción de democracia que, aunque imperfecta, favoreció el crecimiento de las instituciones e impidió la formación de oligarquías; en América Latina predominaron las anomalías.

El socialismo, de raíz y proyección socialdemócrata, lo mismo que el liberalismo, revolucionarios y subversivos frente al orden feudal y la monarquía, son elaborados productos de la cultura política europea. Aunque en aquellos espacios esas corrientes políticas encontraron enconada oposición, progresaron como parte del sistema y no como una alternativa al mismo. No ocurrió así en América Latina, donde las ideas y la literatura liberal y socialista eran perseguidas como Torquemada acosaba a los herejes.

Al margen del deterioro sufrido en las últimas décadas, el reformismo socialdemócrata de origen marxista, también llamado socialismo y las ideas socialcristianas, avanzaron en Europa debido a que no era un elemento ajeno ni hostil al sistema, sino un resultado de su propia evolución. De aquellos procesos políticos surgieron primero los estados de derecho, y luego los de bienestar.

Al mismo tiempo y con sobrados motivos, en Rusia, donde el liberalismo no prosperó lo suficiente como para entronizar la modernidad política, prevalecieron corrientes más radicales, entre ellas el comunismo, que a las demandas obreras sumó la cuestión de la conquista del poder político, la liquidación del capitalismo, el establecimiento de la dictadura del proletariado, y la construcción de una sociedad nueva.

El radicalismo de aquella propuesta, conducida por una lúcida vanguardia, tuvo éxito en las particulares condiciones de Rusia, dominada por los zares y llevada a extremos miserables por la Primera Guerra Mundial, pero debutó en ruta de colisión además de con la burguesía y la reacción mundial, con las corrientes socialistas moderadas que, aunque nacidas de un tronco común, asumían una proyección política menos radical.

La ruptura de Lenin con la socialdemocracia europea, que tuvo su origen en diferencias políticas más que teóricas e ideológicas, y que hubiera sido otra de no haberse entronizado el estalinismo a la muerte del líder de la Revolución Bolchevique; determinó que a los escenarios latinoamericanos, caracterizados por un enorme atraso y por colosales deformaciones estructurales económicas y políticas, se trasladara la versión más radical del comunismo, que nunca tuvo oportunidades reales de realizarse y solo lo logró hacerlo como parte de un   evento  excepcional e irrepetible como la Revolución Cubana.

Tal vez estos antecedentes, a los que se suman las recientes vicisitudes de la versión soviética y del socialismo real, ofrece la oportunidad de retomar en América Latina los objetivos socialistas. Este cometido solo podría ser realizado con enfoques radicalmente renovadores, sumando nuevos actores, con otros ritmos, de modo que, en lugar de promover la liquidación del sistema capitalista, utilice sus resortes para progresar de modo gradual y sistemático.

Me hago cargo de lo polémico que en ciertos círculos políticamente aferrados a determinados dogmas tienen estos razonamientos, limitados entre otras cosas por razones de espacio y por respeto a la opinión diferente. Tal vez por los caminos que siguen Uruguay, Ecuador y probablemente Bolivia, se llegue más lejos, más rápido, de modo más indoloro, y con menos costos sociales que otros proyectos más radicales, aunque menos viables.    
   
No me parece atinado atribuir a condicionantes históricas fatalmente inevitables la reiterada dificultad de los gobiernos progresistas, socialistas o de izquierda de América Latina para consolidarse, establecer cierta continuidad y hacer irreversibles sus conquistas. Tampoco es atribuible a errores en el desempeño que puedan ser saldados con autocríticas capaces de revertir la tendencia. Urge encontrar el por qué. Luego les cuento. Allá nos vemos.

La Habana, 13 de octubre de 2016

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*Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente


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