domingo, 9 de octubre de 2016

PRODUCIR CON EFICIENCIA Y DISTRUBUIR CON JUSTICIA

Jorge Gómez Barata

La adopción dogmática del determinismo económico marxista introdujo en el imaginario de la izquierda la idea de que en el capitalismo se gobierna desde las empresas y los bancos, descartando a las instituciones y los liderazgos políticos. Ese pensamiento asume que estatizar la economía es avanzar en la construcción del socialismo y favorecer un sector privado nacional es lo contrario.

En Cuba esa dinámica alimenta temores acerca de si las reformas que entronizan el sector no estatal de la economía pueden conducir a la restauración del capitalismo. Al prevalecer, el economicismo obstaculiza la incorporación de profesionales al trabajo privado, el florecimiento de las cooperativas en áreas productivas y el desarrollo de las pequeñas y medianas empresas privadas nacionales y extranjeras, en actividades industriales, de tecnología avanzada y alto valor agregado. En cierto sentido, la pretendida fidelidad a la doctrina, en lugar de ser una fortaleza, se convierte en una traba.

El fenómeno es tanto más negativo porque se trata de una paradoja, según la cual una discusión irrelevante hace peligrar las reformas y paraliza el desarrollo. Lo que define el perfil y las esencias del sistema, no es la economía sino el poder, no es la producción sino la distribución. De lo que se trata es de la orientación del estado que, cuando se identifica con su función de garante del bien común, cuenta con las herramientas necesarias para imponer la justicia social, cosa que debería definir el programa de la izquierda latinoamericana.

El capitalismo no es una forma de gobierno, sino un modo de producción, ni el socialismo un régimen que se implanta voluntaristamente, sino un estado social que se alcanza cuando la participación del estado en una economía próspera, le permite una distribución racional y básicamente justa de la riqueza social. Ese estado civilizatorio se alcanza por diversas vías y formas, pero siempre mediante una combinación de capacidad para crear riquezas y solvencia para distribuirlas.

Ello requiere de un diseño del sistema político y de una proyección ideológica dialéctica que tome nota de que las grandes doctrinas humanistas –cristianismo, liberalismo y socialismo-, así como las teorías económicas, y las principales corrientes políticas contemporáneas, se interconectan, se complementan, y son más eficaces en la medida en que interactúan en diversos escenarios. Los intentos por descalificar unas para sacralizar otras, no han conducido a buenos resultados.

El liberalismo que incorporó la democracia, la soberanía popular y la participación social, se enriqueció con la doctrina económica marxista que codificó el papel determinante del factor económico, mientras que, al sumar la democracia, la separación de poderes y el estado de derecho y otros valores, el socialismo se enriquece y se hace viable. Las ideas de un sistema social químicamente puro, un pensamiento único y una ideología exclusiva están descartadas. 

Hasta hoy los países que más han avanzado lo han hecho mediante complicados y contradictorios procesos sociales, en los cuales se distinguen la capacidad de sus aparatos productivos para generar riquezas, la solvencia de los estados para distribuirlas con rangos de equidad que satisfagan a los diferentes estratos sociales, y la creación de climas políticos que aproximen la paz social, en lo cual el ambiente democrático y el estado de derecho son vitales.

No hay manera de escapar al hecho de que, sin creación de riquezas no hay prosperidad y sin equidad en su distribución no hay desarrollo posible. La Revolución Cubana que ha construido una institucionalidad centrada en el estado fuerte y legitimado por el apoyo popular, con capacidad para conducir la sociedad y trazar las políticas económicas, y administrar el capital social, puede intentar un proyecto de desarrollo que perfecciones y sume lo mejor de todas las opciones. El tema es complicado y tal vez infinito. El espacio no. Allá nos vemos.

La Habana, 07 de octubre de 2016

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*Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente


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