domingo, 2 de octubre de 2016

PUTIN SE CONFIESA

Jorge Gómez Barata

Trascendido el período histórico en el cual las ideologías determinaban los perfiles de los movimientos políticos, cosa en la que ahora predominan los enfoques sociales y económicos, ciertos procesos se comprenden mejor al ser contados al margen de compromisos doctrinarios. Vladimir Putin, un excepcional protagonista, ha revelado su credo: “La Unión Soviética podría haberse adaptado a algunos cambios, incluso permitir un avance de la democracia, y aún estaría de pie…”

Tal vez el líder ruso Putin ha revelado la causa de todas las causas: la Unión Soviética no pudo salvarse porque su liderazgo, de Stalin que gobernó 29 años a Konstantín Chernenko quien lo hizo por once meses, a lo largo de más de medio siglo, rechazaron las reformas y al hacerlo deformaron el sistema que redujo al mínimo el papel de las instituciones, permitiendo la burocratización del liderazgo político. 

Por tratarse de un fenómeno estructural, la lógica que sobreestimó el papel del aparato del partido, menoscabó las instancias de participación, manipuló los procesos electorales y dotó a los secretarios generales de poderes extraordinarios, habilitó a Gorbachov para improvisar y conducir las reformas de  modo personal y errado, dando al traste con el más grande proyecto político de la izquierda mundial. La paradoja corta el aliento: El reformismo puedo haber salvado al socialismo.

Los déficits de democracia en la Unión Soviética, no se limitaron a la esfera política, sino que, al deformar los mecanismos de ejercicio del poder se propagaron por todas las estructuras sociales, afectando particularmente la economía, el funcionamiento de las organizaciones sociales, las decisiones de política exterior, la administración de justicia y la llamada labor ideológica que estableció los perfiles y contenidos de la cultura política.

Durante su etapa de servicio a la Unión Soviética como oficial de la KGB (1975-1989) y de militancia en el partido comunista, Vladimir Putin carecía de posibilidades para influir en el curso de los acontecimientos y en el diseño de las políticas y, al llegar al Kremlin, en 1999 como vicepresidente y luego presidente, ya nada podía hacer por la Unión Soviética, cuyo destino había sido sellado. Lo hizo entonces por Rusia a cuyo renacer contribuye decisivamente.

La Rusia de hoy que pasó del despotismo zarista al socialismo bolchevique, originalmente asociado a la dictadura del proletariado, bajo la conducción de Vladimir Putin, pudiera estar generando un sistema político que mezcla la tradición autoritaria rusa con estructuras y practicas liberales occidentales, lo cual no deja de ser un interesante experimento.

Antes de la profesión de fe que han dado lugar a estas notas, Putin había declarado: “Quien no lamente la desaparición de la Unión Soviética no tiene corazón y quien pretenda resucitarla carece de cerebro”. Cuestión de criterio de un testigo de excepción. Allá nos vemos.

La Habana, 30 de septiembre de 2016


*Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente


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