martes, 8 de noviembre de 2016

HACER Y DESHACER

Jorge Gómez Barata

Respecto a Cuba, Obama hace lo que cree mejor para su país, no lo que considera peor para la Isla. Esa visión no lo hace menos imperialista ni lo convierte en un benefactor, pero lo diferencia de sus diez predecesores que actuaron a la inversa. Para ellos, lo importante era liquidar a Cuba, derrotar a la Revolución, suprimir a Fidel Castro y paralizar el movimiento progresista latinoamericano. Hechos e intenciones hacen la diferencia. No es un trabalenguas.

Como se corrobora en el Programa del Moncada, expuesto en el alegato conocido como La Historia Me Absolverá, un magnifico proyecto de país, inclusivo, sostenible e inequívocamente autóctono, la Revolución Cubana no retó a los Estados Unidos y, como prueba, su visita en abril de 1959, desde el principio, Fidel Castro se esforzó por lograr un clima de razonable entendimiento. Está probado, Cuba no tiró la primera piedra.

La agresiva y desmesurada reacción de la administración de Eisenhower y Nixon frente a la Revolución Cubana no tuvo como base los intereses de Estados Unidos, la defensa de su hegemonía, ni la solidaridad con la burguesía y la oligarquía criolla, sino una reacción visceral, asociada al anticomunismo, a factores geopolíticos, y a la idea de que la Isla era un apéndice político y geográfico de los Estados Unidos. Algo así como un Hawái caribeño. De hecho, Fidel Castro fue tratado como si fuera un separatista.

Para lograr sus propósitos Estados Unidos puso en marcha un conjunto de agresivas políticas de alcance mundial, que tuvieron como denominador común la violencia, y como ejes la demonización ideológica con base en el anticomunismo, el bloqueo económico, financiero, comercial, político y cultural, el aislamiento, y la manipulación de los flujos migratorios. Para alcanzar tales objetivos se acudió al fomento de la contrarrevolución armada, la agresión militar y el terrorismo.

Durante cincuenta larguísimos y sufridos años, afrontando penurias y privaciones que la asistencia de la Unión Soviética no pudo evitar, y viviendo cada día bajo sitio y con el riesgo inminente de una agresión militar, los cubanos encabezados por Fidel Castro resistieron, sobrevivieron, incluso a la desaparición de la Unión Soviética, y sus líderes tuvieron la lucidez y la determinación para iniciar las reformas que encabeza el presidente Raúl Castro, y que permitirán relanzar el proyecto socialista en una nueva dimensión.

Ese desempeño dio lugar a que, sorpresivamente, actuando con un realismo que respecto a Cuba estuvo ausente durante medio siglo, el presidente Barack Obama, único que ha tratado a Cuba, sus autoridades, y su pueblo con el debido respeto, reconociera fracasada la política seguida por diez predecesores y decidiera cambiarla, aun sin contar con un consenso bipartidista, y en franca confrontación con el Congreso de su país.

El resto de la breve e inconclusa historia de ese nuevo enfoque es conocido. Las mayores diferencias fueron negociadas, se puso fin a la incomunicación, se restablecieron las relaciones diplomáticas y la relación bilateral fue colocada sobre nuevas bases. Estados Unidos reconoció a las autoridades cubana, el derecho de Cuba a la independencia y la autodeterminación, y declararon que no quieren ni pueden cambiar el régimen social de la Isla.

En la política real, un territorio donde predomina lo circunstancial, existe poco espacio para los compromisos ideológicos y los sentimientos no le atañen. Con frecuencia caen altares y se levantan paradigmas efímeros. Por ello es preferible el pragmatismo, una filosofía que asocia la verdad al éxito. Por esas y otras razones, no especulo acerca de por qué, respecto a Cuba, Obama actúa del modo que lo hace. Por ahora lo importante es lo que hace y las oportunidades que ello significa.

No hace falta oráculos, Estados Unidos está confeso. El imperio quisiera arrastrar a Cuba a su órbita, el detalle es cómo quiere hacerlo. ¿Acaso será sin bloqueo ni agresiones militares, sin terrorismo y sin acusaciones falsas? ¿Será con becas, comercio e inversiones? ¿Con turistas y manifestaciones culturales? ¿Con cabildeos y artes de seducción? Para todo eso y para el diálogo sobre los asuntos pendientes, la Revolución Cubana, el Partido, la clase obrera, la juventud, las organizaciones sociales y el pueblo deben alistarse. 

Esa confrontación es más factible e interesante que la vivida durante medio siglo.  Exagerar los peligros y alimentar temores y reservas puede no ser la mejor receta. El realismo avanza por tramos. Para el largo plazo existe la herramienta. La batalla de ideas es una concepción fidelista de cómo hacer revolución en las nuevas circunstancias. Allá nos vemos.

La Habana, 05 de noviembre de 2016

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*Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente


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