domingo, 11 de diciembre de 2016

25 AÑOS DESPUÉS (I)

Jorge Gómez Barata

La más concluyente de las enseñanzas que para la izquierda dejó el colapso del socialismo real y de la Unión Soviética, es que no auspiciar los cambios políticos necesarios puede conducir a no poder evitarlos, y no introducirlos a tiempo entraña el riesgo de no poder conducirlos. Así ocurrió en una decena de países ex socialistas y en la URSS, de cuyo derrumbe se cumplen este mes 25 años.

Aunque la decadencia comenzó muchos años atrás cuando, a la muerte de Lenin, Stalin manipuló al Comité Central y desconoció el testamento del líder a fin apoderarse del poder, y luego, mediante procedimientos criminales, denunciados por el mismo partido que dirigió durante treinta años; procedió a la eliminación de la vieja guardia bolchevique, entronizando deformaciones a las cuales finalmente el socialismo no pudo sobrevivir.

No obstante los problemas estructurales endógenos, la ineficiencia productiva, las políticas económicas y sociales erróneas, la falta de idoneidad de las instituciones, el predominio de las formalidades políticas, los déficits de democracia, libertades y derechos, y la ausencia de transparencia; las conquistas del socialismo en la Unión Soviética eran tan espléndidas y sus pueblos las disfrutaban con tanta plenitud, que desde fuera ninguna potencia capitalista, ni todas juntas, eran capaces de derrotarla. El fin llegó desde dentro mediante una implosión, cuyas causas fueron generándose durante décadas.

El principio del fin comenzó en 1985, cuando en la zaga de una necrología que en tres años registró el fallecimiento de tres secretarios generales: Leonid Brezhnev (1982), Yuri Andropov (1984), y Konstantín Chernenko (1985), con los mismos procedimientos burocráticos aplicados durante sesenta años, Mijaíl Gorbachov fue ungido como Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética. Entonces nada hacía suponer que sería el último. 

En honor a la verdad, en vida de Brezhnev, en la alta dirección del Partido Comunista Soviético parece haber existido conciencia de que el sistema estaba requerido de importantes reformas. No obstante faltó la determinación y las estructuras para llevarlas a cabo.

La paradoja del proceso encabezado por Gorbachov es que la rectificación se realizó como mismo se gobernaba. Tal vez eso explica el trágico final del más grande proyecto político alternativo al capitalismo, y de un esfuerzo que pudo haber salvado al país y al socialismo. 

De modo autoritario, vertical, y con la misma falta de democracia con que allí se elegía a los líderes, se adoptaban los programas, y se diseñaban las políticas internas, se implementaron las reformas de Gorbachov, que dejó el poder sin consulta popular. En aquel contexto, por decisión personal de Boris Yeltsin fue ilegalizado un partido de 20 millones de militantes, disueltos sindicatos con 100 millones de afiliados, y mediante una conspiración, a espaldas del pueblo, la Unión Soviética fue disuelta. 

Ante la crisis la estructura estatal y política, el estamento militar, y la sociedad civil de la Unión Soviética mostraron debilidad, desconcierto e indiferencia. Nadie reclamó un referéndum ni promovió una votación en el parlamento, el Comité Central fue incapaz de reaccionar, ninguno de los miles de generales y mariscales levantó una bandera, y lejos de defender a la Unión, los comités del partido de las repúblicas apoyaron la separación.

En ningún momento las bases del partido, el movimiento obrero, ni el pueblo fueron consultados. No hubo movilización popular, nadie protestó, nadie combatió, y nadie lloró. ¿Por qué? Luego les cuento. Allá nos vemos.

La Habana, 10 de diciembre de 2016

*Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente


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