lunes, 26 de diciembre de 2016

DILAPIDAR CAPITAL POLÍTICO

Jorge Gómez Barata

Un día como hoy, 26 de diciembre, veinticinco años atrás, mientras occidente lidiaba con la resaca de la navidad, en la gélida Moscú la Unión Soviética dejaba de existir. Se consumó así el mayor revés experimentado por la izquierda y el movimiento popular en toda la historia. No fue una derrota, fue un absurdo. 

Todo comenzó cuando en 1917, en una excepcional coyuntura histórica, los bolcheviques encabezados por Lenin tomaron el poder en Rusia, enarbolaron las banderas del comunismo, proclamaron la intención de establecer la dictadura del proletariado, construir el socialismo y favorecer la revolución mundial. En lugar del respaldo del proletariado europeo que esperaban, contra ellos se levantó la reacción internacional, que organizó una violenta contrarrevolución interna. 

El escenario, un inmenso imperio euro asiático de más de 22 000 000  km² y 125 millones de habitantes, de los cuales alrededor del 80 por ciento vivía en zonas rurales, los obreros no llegaban a tres millones, ni existían organizaciones sindicales significativas. Entonces el Partido Bolchevique contaba con unos 25 000 militantes, y era dirigido por una docena de personas.

A la pobreza, el atraso, y la represión de siglos originada por el zarismo, se sumaron las catastróficas consecuencias de la Primera Guerra Mundial, que involucró a diez millones de rusos, una cuarta parte de los cuales murieron. Con audacia inédita, Lenin fusionó ideas políticas y sociales renovadoras, y un proyecto socialista con el primitivismo político, el atraso económico, social, tecnológico y cultural, la ruina de la industria, la agricultura, el comercio y el aislamiento ruso.

Los esfuerzos para que las empobrecidas e incultas masas de un imperio antediluviano asimilaran las ideas y consignas marxistas, y para injertar las relaciones de producción socialistas en una sociedad con presencia de estructuras y composición clasista medievales, definen a Lenin como el estratega que en un momento crucial no vaciló en desviar la historia por un atajo.

A partir de 1922, cuando mediante una cruenta y ruinosa contienda civil fue derrotada la contrarrevolución, el país trató de retornar a la normalidad, pero no pudo. La guerra y la intervención extranjera obligaron al proceso a radicalizarse, empujándolo a acciones no previstas. Hubo que improvisar. A paso de carga se nacionalizó la economía, y toda la actividad social se sometió al control del estado y del partido.

No pasó mucho tiempo para que Lenin se percatara de la necesidad de introducir reformas, para lo cual concibió la Nueva Política Económica (NEP), un reajuste estratégico que asimilaba fórmulas de mercado. Las consecuencias del atentado sufrido el 30 de agosto de 1918, y los quebrantos de salud acentuados a partir del 25 de mayo de 1922, de los que nunca más se recuperaría, dieron paso a una increíblemente desaforada y violenta lucha por el poder, protagonizada por Stalin y Trotski, en la cual prevaleció el primero, y cuyo desenlace comprometió definitivamente el destino de la revolución socialista.

Para lograr sus fines y establecer un poder unipersonal, Stalin acudió a purgas y manipulaciones de los órganos dirigentes del partido y del estado. En la misma medida en que, a base de acusaciones falsas, procesos judiciales amañados, destierro en los gulags, castigos degradantes, autocríticas humillantes, cárcel y hasta la eliminación física Stalin incrementaba su poder, el socialismo se degradaba. Tales prácticas se prolongaron a lo largo de treinta años.

Derrotada la contrarrevolución armada no hubo vacilación. La revolución no se permitió reposo. Stalin canceló las reformas, puso fin a la NEP, e inició los “planes quinquenales” con un éxito inicial rotundo. El inmenso territorio se llenó de fábricas, minas y granjas colectivas, embalses, transportes y maquinaria agrícola. El trabajo y las obras de choque, y el afán de desarrollar el país y prevalecer sobre el capitalismo absorbió todas las energías.

Entre tanto por el occidente de Europa avanzaba el fascismo. Stalin trató de evitar la guerra, no lo logró. El 22 de junio de 1941 Alemania invadió la URSS. Sobre el inmenso territorio ruso se dejó caer el más grande huracán de fuego y destrucción bélica que ningún estado haya soportado nunca. El país y el partido depusieron sus conflictos y se unieron bajo el liderazgo de Stalin, para protagonizar la más colosal y probablemente insuperable batalla por la supervivencia nacional y el socialismo. En medio de infinitos sufrimientos, la Unión Soviética se comprimió como un resorte, y aunque pagando enormes costos, arrolló a los nazis. En 1944 sus ejércitos comenzaron a combatir con sus fronteras a la espalda, y en mayo de 1945 conquistaban Berlín.

Curiosamente, en esa coyuntura y ante tan inmensas tareas, aunque de ninguna manera lo excusan, el carácter enérgico de Stalin, su vocación a la vez paternalista y autoritaria, su irrespeto por leyes y formalidades, e incluso la falta de compasión que profesaba, obraron como elementos cohesionadores. En su contradictoria estampa Stalin llegó a encarnar las mejores cualidades del pueblo ruso, al que, entre tantas paradojas, no pertenecía. 

Stalin fue juzgado y condenado con severidad y justicia. Paradójicamente la denuncia emprendida en 1956 por el XX Congreso del PCUS, en lugar de conducir a una rectificación profunda, fue saldada por algunas medidas, que aunque justas fueron cosméticas, y pasado un tiempo el inmovilismo se apoderó de las instituciones. El partido dejó de ser una asociación de revolucionarios para convertirse en un aparato de poder, y sus instancias dirigentes en burocracias.

El resto de la historia es conocida, a pesar del dinamismo en la política exterior, la audacia para retar a Europa y los Estados Unidos, y emprender hazañas como la conquista del espacio, el régimen socialista fracasó porque careció de capacidad de auto reformarse, perfeccionar su sistema político, proveer de idoneidad a sus instituciones, flexibilizar los mecanismos de toma de decisiones económicas, y democratizar la sociedad.

De ese modo por setenta largos años, junto con historiadas conquistas se acumularon errores sobre errores que nunca fueron rectificados. Probablemente en 1985, cuando Mijaíl Gorbachov llegó al poder y trató de enmendar los entuertos, las deformaciones estructurales eran ya demasiado grandes y complejas, desfavorable el clima político, e insalvable la indiferencia de la sociedad. Quizás entonces la suerte estaba echada.

A todo ello es preciso añadir una cuota no pequeña aportada por la corrupción y las miserias humanas. La Unión Soviética, el proyecto político más querido y elogiado por sus propios pueblos y los desposeídos del mundo, fue mal defendida. Los líderes del partido claudicaron, las bases carecieron de capacidad de respuestas, los generales y mariscales miraron para otro lado, a los burócratas sindicales no les importó y muchos se beneficiaron con la ruina del país y del socialismo. Una guarnición sublevada o una huelga general, pudieron haber hecho la diferencia. No ocurrió.

De alguna manera la Unión Soviética y sus órganos de poder fueron víctimas, además de los problemas estructurales no resueltos, del clima creado por ellos mismos con predominio de la escasa transparencia, los métodos de ordeno y mando, y la falta de autenticidad de las organizaciones de la sociedad civil, la burocratización y la ausencia de democracia tanto en el partido como el estado y la sociedad.

El socialismo soviético que fue capaz de movilizar a las masas de aquel inmenso país, lograr su apoyo por setenta años, motivarlas hasta inspirar el heroísmo masivo, no fue eficaz para dotarse de instituciones de un sistema satisfactorio. Nunca antes una dirección política dilapidó un capital político tan valioso y enorme. Una lección de lo ocurrido hace hoy veinticinco años es que la burguesía y el capitalismo pueden sostenerse sin democracia. El socialismo no. Allá nos vemos.

La Habana, 26 de diciembre de 2016

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*Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente


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