domingo, 11 de diciembre de 2016

El deterioro de la socialdemocracia europea en cinco países

La rosa socialdemócrata europea, flácida. Tomada de internet

EL PERIÓDICO / BARCELONA
SÁBADO, 10 DE DICIEMBRE DEL 2016 - 22:44 CET
Información elaborada por Rossend Domènech (Roma), Begoña Arce (Londres), Juan Ruíz Sierra (Madrid), Carles Planas Bou (Berlín) y Eva Cantón (París).

ITALIA

Si se exceptúan los movimientos y grupúsculos minoritarios extremistas sin representación parlamentaria, en Italia hay al menos tres ofertas políticas de izquierda. Sin embargo, ninguna de las tres formaciones ha conseguido interceptar el malestar social creciente desde que despuntó la globalización económica y la crisis de los últimos 10 años, con las consecuentes desigualdades y exclusión de clases sociales casi enteras.

Huérfanos del partido que tradicionalmente se ocupaba de las clases bajas y de los excluidos, los votos de estos desilusionados y a veces literalmente cabreados han sido interceptados por la antieuropea Liga del Norte -"todos los males de los italianos proceden de la UE"-  y, sobre todo, por el Movimiento 5 Estrellas (M5S) -“todos los males proceden del 'establishment'”-.

A partir de 1989, poco antes de la caída del Muro de Berlín , el Partido Comunista Italiano (PCI) se disolvió y se transformó con los años, primero en el Partido Demócrata de la Izquierda (PDS), luego en Demócratas de Izquierdas (DS), por un breve período se llamaron Los Demócratas y, finalmente, adoptaron el actual, Partido Demócrata (PD). Cada transformación constituyó un paso en la búsqueda de una nueva identidad después del marxismo, que aún no ha encontrado. La causa principal es la división de los líderes entre permanecer en una posición que sea de izquierdas, al estilo de lo que fue Izquierda Unida, o desplazarse hacia una socialdemocracia, un poco al estilo alemán. Entre unos y otros, navegan los que consideran posible permanecer anclados en una visión izquierdista con una apertura hacia la modernidad contemporánea y sin reñir con el capitalismo. Es el mayor grupo, que se identifica en el Partido Demócrata (PD), del que es secretario Matteo Renzi.

Los primeros se reúnen en el partido Sinistra e Libertà (Izquierda y Libertad), los segundos en el Partido Demócrata y los terceros constituyen una minoría colocada dentro del PD, formación que en las últimas europeas alcanzó el 40,8% del electorado.

La tentativa del joven Matteo Renzi ha representado el paso adelante más avanzado de aquella izquierda en busca de una nueva identidad: no cuestiona el sistema, ofrece formas de solidaridad pública que no son beneficencia, ha arañado débilmente las rentas financieras y, sobre todo, ha presionado a Europa no sólo para que abandone las políticas de austeridad que han aumentado las desigualdades sino también para recuperar los valores fundacionales de cohesión que tenía la Unión.

REINO UNIDO

En el Reino Unido, el Partido Laborista está en peligro de extinción. La formación tradicional de la izquierda británica no solo es incapaz de ganar unas elecciones y gobernar el país, con un líder como Jeremy Corbyn. El problema del laborismo son también sus estructuras, basadas en el poder de los sindicatos y una idea obsoleta de la clase trabajadora y la cohesión social. Sus principios del siglo XX no responden a los desafíos de la globalización, los trabajos temporales, los cada vez más numerosos trabajadores autónomos y la fragmentación política y social de una nueva era.

El laborismo resiste aún en grandes ciudades cosmopolitas como Londres, Manchester, Bristol o Leeds, pero se hunde en el sur y el este de Inglaterra y ha desaparecido prácticamente en Escocia, uno de sus feudos hasta no hace tanto. El seísmo político del reciente referéndum sobre Europa ha puesto en evidencia el peligro de que el UKIP devore al laborismo. En algunas de las localidades del norte, empobrecidas desde hace décadas por el desmantelamiento de fábricas del textil y la industria del acero, los antiguos electores laboristas han votado masivamente (64%) por el ‘brexit’. La explotación del miedo a la inmigración y condena a la mundialización, como pérdida de identidad y empleo, ha funcionado muy bien para los populistas eurófobos.

El nuevo líder del UKIP, Paul Nuttall, ha dejado claro que quiere “reemplazar al Partido Laborista y hacer del UKIP la voz patriótica de los trabajadores”. De la socialdemocracia y aquel “nuevo laborismo” de Tony Blair, no queda prácticamente nada en el Reino Unido de hoy. Esas fuerzas de centro izquierda comienzan a pensar en algún tipo de estrategia electoral y una posible alianza progresista, que incluiría a liberales, verdes y laboristas moderados.

ALEMANIA

El Partido Socialdemócrata (SPD) de Alemania ha ocupado una posición central en la política desde 1945 pero eso no ha evitado que sucumba a la decadencia de la izquierda tradicional que se está escenificando en toda Europa y que se convierta en un partido cada vez menos influyente. En el caso alemán, ese declive no se entiende sin la Agenda 2010, un paquete de reformas impulsado en 2003 por el entonces canciller Gerhard Schröder que supuso un duro golpe al sistema del bienestar germano y evidenció la claudicación roja a las políticas neoliberales. Entre sus medidas incluía recortes en las pensiones y en el sistema sanitario, el retraso de la edad de jubilación, una fuerte bajada de impuestos y la creación de los controvertidos 'minijobs', puntos inaceptables para la izquierda alternativa.

Schröder hizo el juego sucio a los conservadores y Angela Merkel le arrebató un poder central en el que aún se mantiene. El SPD se alió con la Unión Demócrata Cristiana (CDU) para seguir en el Gobierno pero la coalición, su supuesta némesis política, les pasó factura y del 2005 al 2009 pasaron de un 34,3% de los votos a un paupérrimo 23%. El partido nunca se ha recuperado electoralmente de ese golpe y, tras seguir pactando con los conservadores, la izquierda alternativa -poscomunistas (Die Linke) y verdes (Die Grünen)- se le ha comido terreno.
Ahora, su pérdida ya no se entiende solo con el eje izquierda-derecha sino dentro-fuera. El SPD es visto como un partido del 'establishment' alejado de los más vulnerables y afectados por la globalización, en el este, y en el caso alemán también se ven como perdedores de la reunificación. Eso ha llevado a que parte de sus votantes tradicionales (obreros, desempleados y pensionistas) se hayan lanzado a los brazos del populismo xenófobo de Alternativa por Alemania (AfD). “El desprecio a esos votantes es un error estratégico. El SPD corre el riesgo de convertirse en el ala izquierda de la CDU”, alerta el asesor político Franco Delle Donne.

ESPAÑA

El PSOE, entre otras cosas, es un campo de batalla. Buena parte de las bases socialistas están enfrentadas a sus dirigentes, y estos, a su vez, se dividen entre los defensores de la traumática abstención para dejar gobernar a la derecha, que son quienes ostentan el poder tras los enfrentamientos que provocaron la dimisión de Pedro Sánchez, y los partidarios de haber mantenido el voto en contra y acudir a terceras elecciones. El apoyo a los socialistas, mientras tanto, se sitúa en mínimos históricos.

Los 110 diputados que logró en el 2011 parecían el mínimo que podía conseguir el partido, muy castigado entonces por la gestión de la crisis, pero después llegaron los 90 escaños en diciembre del 2015, y más tarde los 85 de junio de este año. Lo que se interpretaba como el suelo electoral ha pasado a convertirse en el techo.

Las últimas encuestas inciden en esta tendencia, pero la gestora que pilota el partido señala que no tienen excesiva importancia. “Falta mucho para las próximas generales”, explican en la dirección provisional, que en los próximos meses renovará el proyecto (todavía no han lanzado ninguna idea novedosa) y solo después, en mayo o junio, convocará las primarias para elegir al secretario general.

Las miradas se dirigen a la andaluza Susana Díaz para ocupar ese puesto, pero no porque la mayoría de los mandos socialistas consideren que es la persona idónea para recuperar el voto joven y urbano que se ha desplazado a Podemos, sino porque, al menos de momento, no ven a nadie más capaz para este desafío.

FRANCIA

Si los sondeos aciertan, las presidenciales del 2017 podrían levantar el acta de defunción de la izquierda francesa. El Partido Socialista ha ido encajando una derrota electoral tras otra desde que llegó al Elíseo en el 2012. Ha perdido votos en las municipales, europeas, departamentales, regionales y legislativas parciales, y ha perdido la mayoría en el Senado. La hemorragia se amplía al terreno de la militancia. Según ‘Le Canard Enchaîné’, tenía 280.000 militantes en el 2006 y ahora solo cuenta con 120.000. En Solferino, la sede parisina del partido, habita el fantasma del Pasok griego, condenado a la irrelevancia por aplicar una inédita cura de austeridad.

Es cierto que François Hollande no ha llevado los recortes tan lejos (unos 40.000 millones de euros, frente a los 100.000 que ha anunciado la derecha si gana) ni ha tocado la sanidad ni la educación, pero el paro no baja, la economía no remonta y los pobres no salen del agujero. La decepción se ha apoderado de los electores progresistas, una minoría en un país cada vez más conservador.

A un contexto adverso para la socialdemocracia, se suma la persistente atracción de la izquierda por la división interna. La multiplicación de candidatos a la presidencia de la República dispersará el voto y pulverizará al PS en la primera vuelta electoral, beneficiando a la ultraderechista Marine Le Pen, que le disputará el Elíseo al católico líder de ‘Los Republicanos’, François Fillon. Si el exprimer ministro Manuel Valls logra imponer su línea reformista lo hará seguramente como miembro de la oposición.


No hay comentarios:

Publicar un comentario