viernes, 2 de diciembre de 2016

EL PROTECCIONISMO PERTENECE AL PASADO

Jorge Gómez Barata

Entre los preceptos del proteccionismo, original representado por el mercantilismo, figuró proteger el dinero, limitando las importaciones para impedir la salida de oro y la plata, y preservar a los productores locales. El proteccionismo dio lugar a las aduanas, los aranceles y otras barreras que dificultaban el desarrollo. Alrededor de 1830, antes de zollverein (unión aduanera) en lo que hoy es Alemania, existían más de 350 aduanas.

Aunque los proteccionistas tenían razón al estimar que la falta de dinero debilita la capacidad de inversión pública y privada, limita el poder adquisitivo, reduce el consumo y el ahorro, ejerciendo un efecto negativo sobre la actividad productiva y el comercio; en muchos casos las soluciones acarrearon peores consecuencias que el problema.

Mientras en Europa, cuna de la economía clásica, de un modo u otro los equilibrios entre libre cambio y proteccionismo funcionaron, Iberoamérica no tuvo esa oportunidad. La colonización europea interrumpió el desarrollo endógeno, iniciando la más vasta operación de saqueo y extracción gratuita y sin compensación alguna de cientos de toneladas de oro y plata durante cuatro siglos.

Con la llegada de europeos a América y la apertura de nuevas rutas para el comercio, se formó el mercado mundial, incluyendo la trata de esclavos. En aquellos contextos, la “libertad de los mares”, el libre comercio, el intercambio de mercancías, y las transferencias de tecnologías adquirieron extraordinaria relevancia, y en la medida en que se crearon excedentes de dinero, se sumó la exportación de capitales. Así el capitalismo comenzó a funcionar como un sistema mundial y trascendió al proteccionismo, que salvo excepciones locales, es casi completamente obsoleto.

La globalización, surgida como parte del proceso civilizatorio por imperativos de la tecnología y de intercambios masivos de mercancías, capitales, patentes, productos culturales y comunicacionales, entre los países desarrollados y los mercados emergentes, necesita del libre comercio que, en la posguerra, comenzó a ser ordenado y regulado precisamente por Estados Unidos, promotor del Acuerdo General de Aranceles y Comercio (GATT), y más tarde de la Organización Mundial de Comercio.

Sin discusión, el elemento más influyente en el diseño y la operación de la economía global son los Estados Unidos acompañados de otros países desarrollados, entre los cuales la Unión Europea, China, Japón y Australia, así como varios estados emergentes, no solo forman grandes mercados, sino que son parte de importantes tratados, alianzas, acuerdos, organizaciones y uniones, no solo comerciales sino de naturaleza política, incluso militar, que paulatinamente dan lugar a procesos de integración.

En ese orden de cosas, en las últimas décadas se han registrado avances económicos, políticos, culturales y sociales que obedecen no a caprichos o circunstancias fortuitas, sino que son parte de procesos civilizatorios que anticipan una globalización completa, integral y necesaria. 

Tratar de deshacer esa madeja de dimensiones planetarias puede conducir a la reedición de la paradoja de los bárbaros que, al conquistar a Roma, destruyeron una civilización que no fueron capaces de sustituir.

Es de sentido común comprender que la economía global, el comercio mundial, las cadenas productivas, el flujo de capitales y la circulación monetaria son incompatibles con el proteccionismo que pertenece al pasado. El tema es vasto y el espacio escaso. Luego les cuento más. Allá nos vemos.

La Habana, 01 de diciembre de 2016

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*Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente


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