miércoles, 7 de diciembre de 2016

FILOSOFIA Y DEMOCRACIA

Jorge Gómez Barata

El reino de la filosofía, incluida la filosofía política, es el reino de lo abstracto. Abstractos y abiertos a corrientes y opiniones deberían ser siempre los debates académicos y conceptuales en torno a la libertad, las libertades públicas, los derechos y otros asuntos. Lo mismo debiera ocurrir respecto a la democracia, el estado, y algunas categorías que comparten perfiles filosóficos y políticos.

Un desarrollo en esas esferas contribuiría al enriquecimiento, no solo de las nociones teóricas, sino de las variables prácticas y promover mejores opciones en el despliegue de las posibilidades, incluso racionalidad cuando es imprescindible fijar límites. Lo que nunca debió ocurrir es que los debates filosóficos se transformaran en ejercicios de militancia política.

Cuando de filosofía se trata, el cometido es la búsqueda de la verdad que, asociada a la condición humana, alude a las esferas sociales y tiende a la conceptualización de los procesos históricos, en cuyo caso suele ser poliédrica. En tales ámbitos, la verdad puede tener diversos significados, y no es extraño que, lejos de negarse absolutamente, se interrelacionen y complementen unos a otros.

La política más que a la búsqueda de la verdad, alude a los modos de hacer prevalecer intereses y puntos de vista, no necesariamente amparados en una atinada y respetable concepción filosófica. No obstante, tanto la filosofía como la política necesitan de enfoques integrales y plurales, así como de rigor y disposición dialéctica para cambiar cuando haya que hacerlo, y aceptar la existencia y vigencia de otros actores e ideas. La búsqueda de uniformidad en la filosofía y la política es un empeño además de erróneo, estéril.

En Cuba tales limites se perdieron cuando la cultura política, poco desarrollada debido a la prolongada presencia de la dominación colonial 1492-1898, con su secuela de represiones culturales, fue afectada por la pobreza y las pocas oportunidades educacionales, agravadas por los regímenes dictatoriales, primero de Gerardo Machado y luego de Batista que limitaron el desarrollo del pensamiento liberal y socialista.

Por una extraña paradoja, el extraordinario desarrollo cultural promovido por la Revolución no conllevó a un florecimiento equivalente del pensamiento filosófico y político, limitado por la metodología soviética que asumió, en calidad de exclusiva, la concepción filosófica llamada marxista, limitada al materialismo dialéctico e histórico, lo cual provocó un visible empobrecimiento. El defecto fue paliado por la riqueza del ideario de Fidel Castro y su constante prédica. 

En ese ámbito otro de los errores del socialismo real que dio lugar a deformaciones estructurales fue considerar la democracia como un producto ideológico de la burguesía, cuando en realidad, es parte del proceso civilizatorio. Al abandonar las nociones universales sobre la democracia, y principalmente el modo de operar de las sociedades e instituciones democráticas e improvisar otras opciones, los procesos políticos en esos países se comprometieron seriamente.

Ahora y siempre, en los ámbitos gnoseológicos, y de las ciencias sociales, no se trata de probar quién tiene la razón y quién puede haber errado. Siempre las respuestas serán relativas. Lo importante es abrir ágoras, cátedras y aulas; parlamentos y entidades de la sociedad civil para dejar entrar las innovaciones y aportes, y permitir rectificar equívocos.

El exclusivismo teórico e ideológico, no solo es erróneo, sino suicida. Para filosofar se necesita democracia. Allá nos vemos.

La Habana, 06 de diciembre de 2016

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*Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente


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