viernes, 9 de diciembre de 2016

LA MANIPULACIÓN DE LOS TERMINOS EN POLÍTICAS

Por Manuel E. Yepe

La manipulación del significado de ciertos términos en la evaluación de los procesos políticos es un elemento esencial de la propaganda imperialista estadounidense. No es algo que maneje un partido o el otro, es parte de la estrategia de propaganda que lleva a cabo la élite del poder que verdaderamente gobierna en los Estados Unidos, esa que nadie elige pero que impone modas y maneras a la información y la publicidad a escala global.

Vocablos como libertad, democracia, derechos humanos, y muchos otros se aplican con deliberada reiteración a su propio ordenamiento político y social, siempre con una fuerte carga de connotaciones laudatorias.

 Sobre algunos de estos términos asumen la posición de árbitros y custodios, reservándose la facultad de calificar, respecto a ellos, cualquier ordenamiento ajeno y así reprobar a los que difieran del modelo que conviene a su política exterior.

Acuñan términos como dictadores, terroristas y extremistas que aplican contra dirigentes políticos a quienes valora inconvenientes u hostiles a la hegemonía estadounidense.

Tan alto grado de penetración ha llegado a lograr con su abrumadora propaganda mediante la imposición de términos acuñados al efecto, que no es extraño encontrar en cualquier país de América Latina a personas sencillas que digan con convicción: “Fidel Castro habrá sido un dictador, pero yo estoy de acuerdo con todo lo que él dice y hace”.

(Una tonada colombiana que se popularizó por todo el continente en los años 60 del pasado siglo decía: “…si las cosas de Fidel son cosas de comunista, que me pongan en la lista, que estoy de acuerdo con él”).

El término democracia ha sido probablemente el más injuriado por su apócrifo uso a lo largo de la historia. En la Grecia antigua surgió como calificativo de un sistema de gobierno ejercido por el pueblo, pese a que el ordenamiento político que distinguía admitía la esclavitud y excluía de la sociedad a los esclavos.

Pero jamás en la historia otro imperio había abusado de manera tan pertinaz del uso de la palabra democracia para inyectar valores aparentes a su autoestima nacional y para proyectarse desdeñosamente sobre las demás naciones, como el gobierno estadounidense actual.

Hay términos prácticamente excluidos del lenguaje mediático que utiliza la gran prensa al referirse a las motivaciones de los movimientos populares. Sobresalen por su ausencia los que se identifican con aspiraciones nacionales como independencia, autodeterminación, patriotismo y soberanía, así como otros que reflejan aspiraciones sociales populares como lucha de clases, igualdad, revolución, rebeldía y muchas más.

En cambio, han retomado el término populismo, que se utilizó en las ciencias sociales a mediados del pasado siglo para calificar políticas "inflacionarias", "irresponsables" y "aventureras" que, para lograr el apoyo popular, incurrían en concesiones sociales incompatibles con las sutilezas de la economía y las finanzas.

Lo refieren ahora a gobernantes populares y queridos por sus pueblos como los venezolanos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, el boliviano Evo Morales y el ecuatoriano Rafael Correa o el nicaragüense Daniel Ortega. Y lo insinúan puntualmente para calificar a los demás líderes independentistas, como para llamarles al orden cuando actúan en forma que de alguna manera amenace intereses de los explotadores.

Cuando se habla de derechos humanos, limitan el término a los derechos civiles e ignoran los sociales, económicos, laborales, alimentarios, educativos y a la salud, tan humanos como aquellos. Desafían la lógica y la semántica cuando manipulan en sus lemas palabras de significado contradictorio con la orientación política de sus objetivos, como transición, cambio, y hasta revolución.

Contra Cuba, han pretendido desplegar una campaña usando el término cambio con un sentido contrarrevolucionario, obviando el hecho de que la revolución cubana ha sido y sigue siendo la fuente de inspiración de los cambios actuales en Latinoamérica.

Pretendiendo descalificar su camino socialista, acusan a Cuba de adoptar soluciones capitalistas para sus problemas económicos, como si el mercado, le fuera exclusivo al capitalismo y no hubiera existido mucho antes que éste.

Se hace el juego al imperio cuando se le concede derecho de propiedad sobre ciertos términos de los que se ha apropiado o pretende apropiarse para describir, identificar o nombrar categorías que no son exclusivos de su orden social como son sociedad civil, desarrollo humano e incluso el mercado, que puede servir, y de hecho sirve también, al socialismo.

En Occidente, los medios han connotado al término comunismo con un sentido tan peyorativo que se cuenta que, antes de 1959, cuando aún se luchaba contra la tiranía de Fulgencio Batista, un combatiente cubano declaró: “Nos acusan de ser comunistas y, en verdad, comunistas son ellos, los batistianos y los yanquis”.

La Habana, Diciembre 8 de 2016

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